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La era de la conspiración

En precampaña proliferan los anuncios falsos de los partidos y los medios se dedican a tergiversar al adversario

Pablo Casado, durante el homenaje a las victimas del 11-M en el parque del Retiro, en Madrid.
Pablo Casado, durante el homenaje a las victimas del 11-M en el parque del Retiro, en Madrid. GTRES

Se acaban de cumplir 15 años del 11-M, el atentado más sangriento de la historia de España. El Gobierno de Aznar intentó hacer creer que el crimen era de ETA y no islamista. Algunos medios propagaron una teoría conspirativa sobre la autoría del atentado. Si el PP de Rajoy se acabó apartando de esas especulaciones delirantes, estos días Casado parecía resucitar esa versión. Fernando Reinares ha mostrado que el atentado se planeó antes de la guerra de Irak, pero todavía hay quien piensa que fue una especie de castigo por la invasión, una interpretación factualmente falsa y moralmente repugnante. Confluyen tres componentes tradicionalmente implicados en la generación y diseminación de noticias falsas: los Gobiernos, los medios, nuestros sesgos.

Un estudio de la Universidad de Cambridge y You Gov habla del estilo paranoico en la política británica: en torno al 60% de los ciudadanos creen en alguna teoría de la conspiración (el 71% de los partidarios del Brexit, el 49% de la permanencia). El 74% desconfiaba de ministros, el 76% de los cargos en las empresas, un 77% confiaba no mucho o nada en los periodistas.

La erosión del concepto de verdad, el enfoque conspiranoico y la malinterpretación interesada que impulsan las nuevas tecnologías son problemas democráticos. La era de la posverdad, a la que ha dedicado un ensayo Matthew D’Ancona, obedece a muchos factores. La accesibilidad de la información reduce la autoridad de quienes la manejaban, como explica Martin Gurri. Una visión filosófica relativista, que en determinados contextos era casi una señal de sofisticación y decoro, ha erosionado el valor de la verdad. Ciclos informativos rápidos e incesantes permiten que no se recuerden los errores. La sensación de horizontalidad oculta una verticalidad enorme: empresas casi monopolísticas, concentraciones de capital. Otras veces tras algunas caretas se oculta un país.

En precampaña proliferan los anuncios falsos de los partidos y los medios se dedican a tergiversar al adversario. Los cambios tecnológicos han facilitado una transformación decisiva: durante mucho tiempo, las noticias falsas eran un monopolio del Gobierno y los medios. Ahora hay competición. La disputa entre medios y Gobiernos y nuevas empresas recuerda a la de los taxis y los VTC, donde las viejas empresas defienden lo que creen suyo por derecho, mientras todos olvidamos que un motivo de que circulen mentiras es que las compartimos nosotros. @gascondaniel

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