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El secreto del éxito

El nacionalismo es capaz de aglutinar a grupos sociales muy variados, de trabajadores a grandes empresarios. Pero electrocuta

El presidente del PNV, Andoni Ortuzar, durante una declaración ante los medios.
El presidente del PNV, Andoni Ortuzar, durante una declaración ante los medios. EFE

¿Cuál es el partido político más exitoso del mundo democrático? Pues, el de Bilbao, claro. Y es que es difícil encontrar en las democracias modernas formaciones que, como el PNV, hayan cosechado tantas victorias electorales y gobernado durante tantos años un mismo territorio. Algunas que han ejercido una hegemonía apabullante, como la CSU, socia bávara de la CDU de Merkel, ven ahora cómo su sólido suelo electoral se resquebraja por la irrupción de los oscuros nibelungos de la ultraderecha. Por el contrario, nada amenaza el reino del PNV en el País Vasco, que ya sobrevivió a sus faunos de ultraizquierda.

La poción mágica que explica la resistencia del PNV no es la ideología. El nacionalismo es un poderoso imán electoral, capaz de aglutinar a grupos sociales muy variados, de trabajadores a grandes empresarios. Pero electrocuta. Es difícil para una generación inicial de dirigentes pactistas y pragmáticos contener las naturales ansias radicales de las juventudes del partido. Esta tensión desgarró a Convergencia en Cataluña.

Tampoco el liderazgo explica el triunfo de un partido. Un líder carismático es tan beneficioso a corto plazo —porque atrae a votantes dispares— como perjudicial a largo —porque impide la formación de estructuras de pesos y contrapesos dentro del partido—. Y eso es lo que distingue al PNV de otros partidos: la institucionalización de mecanismos de control al amado líder.

El recientemente fallecido Xabier Arzalluz tenía una enorme popularidad y presidió el PNV 24 años. Pero no ocupó cargos públicos. Arzalluz controlaba el partido, pero el lehendakari de turno manejaba el Gobierno. A diferencia de Cataluña, en el País Vasco no surgió una figura omnipotente, que, como Pujol, dominara el discurso político con una mano y las subvenciones con la otra. En el PNV, los políticos electos no dominan el partido. Este equilibrio de fuerzas entre representantes públicos y órganos del partido impide los excesos de unos y otros. Así, cuando se desata una crisis, en el PNV es institucionalmente más fácil que se pongan los intereses del partido por encima de los de un dirigente particular.

Si otros partidos quisieran ser tan robustos como el PNV, imitarían sus dispositivos para evitar la concentración de poder en unas solas manos. Pero, en tiempos de hiperliderazgos mediáticos, es más difícil que nunca ponerle el cascabel al gato. @VictorLapuente

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