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Huir de Venezuela a Colombia con pies de plata

El frío de las montañas del Páramo de Berlín pilla desprevenidos a los centenares de migrantes que cada día atraviesan andando el noreste de Colombia. Entre ellos hay muchos niños

La venezolana Yineska Vicuña a su paso por el Páramo de Berlín, en Norte de Santander (Colombia).
La venezolana Yineska Vicuña a su paso por el Páramo de Berlín, en Norte de Santander (Colombia).
Bucaramanga / Paraguachón (Colombia)

Jairo está sucio, cubierto de polvo. Asoma la cabeza desde debajo de una manta para escudriñar las montañas que le rodean con el único ojo que le queda. Yineska Vicuña no lo suelta. Se abraza a Jairo, un oso de peluche casi más grande que ella, con las manos peladas por el frío escondidas en guantes de jardinería. Las bajas temperaturas convierten al Páramo de Berlín en uno de los tramos más duros del recorrido por Colombia para centenares de venezolanos que, como Vicuña, han huido de la crisis política, económica y social que azota al país.

“Mi familia no tenía dinero para pagar mi uniforme escolar, así que empecé a trabajar limpiando una casa. Lo acepté solo porque me daban de comer”, explica esta chica de 18 años. Salió andando de Maracaibo hace cuatro días y Jairo es una de las pocas pertenencias que lleva encima rumbo a Perú.

Camina con unos zapatos abiertos y los pies envueltos en papel de aluminio. El frío del Páramo de Berlín, una cadena montañosa de 3.500 metros de altura del Norte de Santander —en el noreste del país—, suele pillar desprevenidos a los caminantes, que han rebautizado este punto como la nevera. Por la noche el termómetro puede bajar hasta cinco grados bajo cero. La noticia no confirmada de varios casos de muerte por hipotermia circula entre los migrantes, pero no existen datos oficiales al respeto.

Más de 3,3 millones de venezolanos han cruzado las fronteras del país latinoamericano, entre ellos hay 500.000 niños que necesitan ayuda. Unicef estima que este año serán necesarios unos 60,8 millones de euros para atender a los afectados por la crisis. Al menos 2,7 millones de migrantes permanecen en la región y Colombia es el país que más recibe: acoge a casi 1,2 millones, una cifra que podría doblarse este año, calculan las autoridades migratorias. Más de 724.000 siguen su camino, principalmente hacia Ecuador y Perú, en un viaje que puede llegar a prolongarse hasta 32 días. Las restricciones de tránsito por algunos pasos fronterizos y la ruptura de relaciones diplomáticas con Colombia por parte del régimen de Maduro no han menguado el flujo, que ha incrementado el número de menores que necesitan ayuda en el país (357.000, según Unicef).

El 27% de los migrantes venezolanos en Colombia son niños y adolescentes. Algunos llegan solos —las estadísticas oficiales no recogen información sobre ellos—; otros están sin vacunar, lo que ha causado que volvieran a aparecer enfermedades que se habían erradicado como la tuberculosis, alerta Save the Children. El 60% no va a la escuela.

Hay familias que a lo largo del camino han sido forzadas a entregar sus hijos a la guerrilla, denuncia Aldeas Infantiles SOS

A ambos lados de la carretera, pequeños grupos de personas avanzan bajo el peso de las mochilas. Hay niños y mujeres embarazadas, como Fabiana Ramírez, de 24 años. Viaja con su esposo y su hija de siete años y casi no se le nota el vientre, de tres meses. El papel plata asoma del escote de su jersey.  “Llevo cuatro días caminando desde Maracaibo y esto es bastante fuerte”, lamenta. Su condición fue una de las razones que la empujaron a marcharse a Perú, donde le esperan unos familiares. En la mochila lleva unas sábanas para arroparse contra el frío y una biblia.

Nahara Brito también está embarazada, de un mes. En Caracas, trabajaba en el departamento de finanzas de una empresa. “El transporte para ir hasta allí me costaba más de lo que ganaba”, admite. “Me gasté el sueldo de un mes solo en un desodorante y una colonia”. Su hija de dos años se quedó en casa con la abuela, mientras que ella y su marido se dirigen a Bogotá en busca de un futuro mejor. Pasó la frontera entre Venezuela y Colombia de manera ilegal, cruzando un río. “Me habían contado que iba a ser duro, pero no lo imaginaba así. Está siendo peor de lo que esperaba, pero cada lucha tiene su recompensa”.

Mientras los migrantes avanzan por la montaña, en Floridablanca (Bucaramanga), a una hora y media de distancia en coche, Zaida Barbosa da vueltas con un cazo a la olla. Son las cuatro de la madrugada y el piso que la trabajadora social de Aldeas Infantiles SOS comparte con una decena de jóvenes de acogida huele a chocolate. Exactamente a cinco libras de chocolate mezcladas con seis litros de leche. Cada mañana, trabajadores de la organización —que ha facilitado la logística para la realización de este reportaje— preparan la bebida caliente y un centenar de raciones de pan que reparten entre los caminantes que atraviesan el páramo. Con su furgoneta, recogen a los más vulnerables, sobre todo mujeres y niños, para acercarles a Floridablanca. Los migrantes pasan la noche en el complejo de la organización, donde pueden asearse, comer algo, recibir atención médica, asesoría legal y apoyo psicosocial.

“Los más afectados por el tránsito son los niños, que no entienden por qué se tienen que marchar de sus casas y andar tanto”, asegura Sergio Fernando Garcés Arias, director del programa de Floridablanca de Aldeas Infantiles SOS. “En esta región hay narcotráfico y grupos paramilitares que siguen activos. Hay familias que a lo largo del camino han sido forzadas a entregar sus hijos a la guerrilla”.

Los pies envueltos en papel de plata de Vicuña.
Los pies envueltos en papel de plata de Vicuña.

Raynelis apenas tiene cinco meses y viaja con su padre y su madre para reunirse con familiares en Cali. Los tres juntos suman una edad de poco más de 30 años. La niña sobrevivió al frío de la noche con un jersey encima de otro, pero no para de llorar. La enfermera Mariluz Jiménez atiende todos los días casos como el suyo. “Llegan con gripe por el frío al que han estado expuestos, lesiones en la piel, ampollas en los pies, dolor de espalda por cargar con la mochila o infecciones vinculadas con el agua contaminada”, resume. “Algunos lamentan no haber tenido acceso a una alimentación adecuada o a los fármacos que necesitan”. En Venezuela el hambre se ha triplicado entre 2010 y 2017, según el último informe de FAO, Unicef, Programa Mundial de Alimentos y Organización Panamericana de la Salud, y afecta a 3,7 millones de personas.

Los psicólogos que trabajan en la sede de Aldeas Infantiles SOS tienen apenas una tarde disponible para abordar con los migrantes conceptos básicos de educación sexual, prevención de trata y abusos y aliviar los traumas a los que están expuestos a lo largo del viaje. “Algunos niños retroceden en el desarrollo. Por ejemplo, no quieren dormir solos cuando ya lo hacían o vuelven a orinarse encima”, explica Henry Luna, estudiante de psicología.

Del frío del páramo al clima desértico

Norte de Santander es, después de Bogotá, el departamento colombiano que concentra el mayor número de venezolanos (a finales de enero eran alrededor de 168.000, el 14,4% del total). Le sigue La Guajira (138.000, de los cuales 53.000 regulares), en el noreste del país. La llegada de migrantes ha aumentando la presión sobre los escasos recursos de la población de esta zona, que se caracteriza por la extrema pobreza. Más del 50% de los niños menores de cinco años está malnutrido, según Acción Contra el Hambre.

"No hay muchos casos de menores no acompañados en La Guajira", explica Marco Rotunno, experto encomunicación de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados en Colombia. "Pero es muy frecuente ver a núcleos familiares monoparentales, generalmente una madre con varios hijos, golpeados por la pobreza".

Los retornados

Colombia ha pasado en poco tiempo de ser un país de cuya violencia huían miles de personas a destino de migración. Se estima que alrededor de 300.000 colombianos han regresado a su lugar de origen desde Venezuela como consecuencia de la crisis.

Unas vacaciones cambiaron la vida de Humberto Riaño. Fue hace 35 años, cuando desde Colombia se fue de visita a Venezuela. Le gustó tanto que decidió quedarse allí. Hoy, a sus 59 años, está de vuelta a su país natal. “Se vivía bien, había trabajo, abundancia… Venezuela estaba en su máximo esplendor. Hoy, en cambio…”, acaba la frase con una mueca y moviendo la mano en picado hacia abajo. Riaño ha dejado una niña de nueve años allí con su madre.

El sol no da tregua en el paso fronterizo de Paraguachón. Cada día entran a Colombia desde el país vecino unas 300 personas, con picos que pueden llegar hasta los 500, menos de la mitad regresa. El vaivén es constante, entre vendedores de gasolina de contrabando que no hacen ni amago de esconderse, niños que merodean y hombres que empujan carritos con papel higiénico, neumáticos y otros bienes de primera necesidad. Idermanzo Urdaneta hace una pausa para descansar. Lleva una bolsa negra en cada mano repleta de víveres. “En Maracaibo, la harina vale unos 3.200 pesos y aquí 2.100”, dice mientras se seca el sudor de la frente a la sombra de un cartel descolorido con la imagen de Maduro y Hugo Chávez. “Me cuesta bastante llegar hasta aquí, pero lo hago por mis hijos. Con el sueldo allí si desayunas, no comes. Y si comes, no tienes para desayunar”. No obstante, por el momento no planea emigrar. Como él, hay más de dos millones de personas que viven en Venezuela y que poseen tarjetas de movilidad del Gobierno colombiano para comprar, estudiar y trabajar.

Los pasos informales que rodean el acceso oficial —algunos de los cerca de 130 de la región— son igual o incluso más concurridos. Para llegar hasta aquí los migrantes tienen que andar por la selva durante unos días. No es raro escuchar relatos de caminantes que aseguran haber presenciado todo tipo de abuso en estas fronteras, desde el robo al pago de sobornos. Algunos sostienen que se arrancan mechones enteros de pelo a las mujeres para venderlos.

Una mujer se resguarda del calor a la sombra de un árbol. Una cuerda tendida a sus pies marca una nueva frontera. El que quiera pasarla tiene que abonar 5.000 pesos, poco más de un euro. Los precios para montarse en un coche suben hasta los 20.000 pesos (5,6 euros), una pequeña fortuna para algunos migrantes. Para los que no pueden permitírselo, la cuerda se tensa.

Vicuña se agarra a su peluche para que le ayude a afrontar la dureza de la situación. “Voy sin ropa ni nada, pero no me separo de él. Es un regalo que me hizo mi madre cuando cumplí 11 años y me recuerda cómo superamos ese momento difícil en el que mi padre nos abandonó”, cuenta. “Uno se arriesga a hacer un viaje así porque hay miseria, hambre. En general, nos tratan muy bien aquí, aunque a veces nos insultan o gritan que volvamos a nuestro país. Pero seguimos, porque allí sobrevivimos, no vivimos”.

"Ganaba 4.500 bolívares por semana y el pan cuesta 5.000"

Alexander Lissir en el Páramo de Berlín.
Alexander Lissir en el Páramo de Berlín.

Alexander Lissir, 35 años, se resguarda del frío del Páramo de Berlín con una toalla envuelta alrededor del cuello. Salió de Cagua hace una semana con dos amigos y cruzó la frontera en Cúcuta, uno de los pasos más transitados entre ambos países que ha sido recientemente testigo de violentos disturbios ante el intento de fletar medicina y alimentos procedentes sobre todo de Estados Unidos al interior de Venezuela.

“Trabajaba en el turno de noche en una empresa, pero el sueldo no me alcanzaba para nada. Ganaba 4.500 [bolívares] soberanos por semana y el pan cuesta 5.000”, dice. Lissir ha dejado atrás a su mujer y tres hijos. Una de ellos, de 13 años, padece tumor cerebral y ha perdido la vista como consecuencia de la enfermedad. “No hay medicamentos en Venezuela o, si los hay, no gano lo suficiente para comprarlos”, cuenta el padre. “De momento vamos tirando con remedios caseros, pero quiero ir a Ecuador para trabajar y enviarle lo que necesita, aunque ya es demasiado tarde para que recupere los ojos”.

Huir de Venezuela a Colombia con pies de plata

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