Columna
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Repolitizar el centro

Se abre la posibilidad de un nuevo espacio alejado de los extremos: muchos ciudadanos empiezan a pedir moderación

DIEGO MIR

La lógica demoscópica hace que contemplemos los espacios de oportunidad política como esa porción electoral que las encuestas atribuyen a los partidos, como si hubiera un encaje natural entre los contendientes y los votantes en función de los porcentajes que atribuyen los sondeos. Esta idea contrasta con aquella famosa metáfora futbolística de Errejón para explicar la irrupción de Podemos: “A mí, de pequeño, me encantaba Laudrup, un jugador del Real Madrid que no es que hiciera pases en los huecos que ya existían, sino que los inventaba: daba pases fabricando espacios”. Existen políticos que adaptan pasivamente sus estrategias a los quesitos que marca la demoscopia, mientras otros disputan el terreno de juego de la contienda política. Y a eso le llamamos liderazgo.

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Los terremotos políticos de nuestra era han liberado una enorme energía contenida en forma de ira, y parece que la posición más cómoda para los partidos es situarse en los extremos de la polarización que aquella furia provoca. Ese movimiento pendular que estimula la rabia ciudadana ofrece facilones incentivos para desplazarse hacia los lindes del tablero. La pregunta es si existe la posibilidad de que el péndulo regrese al centro, pues sabemos bien que, cuando los movimientos extremos impactan contra la realidad, tienen un problema de ejecución. Trump no puede construir su muro; el Brexit no ha devuelto el control a Reino Unido; la República de Puigdemont no existe y la ira de los chalecos amarillos produce monstruos propios. Curiosamente, estos escenarios abren la posibilidad de un nuevo espacio alejado de los extremos: muchos ciudadanos empiezan a pedir moderación.

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Lo vemos en Francia con la subida de la popularidad de Macron, y en Europa, donde su grupo parlamentario será la pieza clave para el reparto de poder en Bruselas. Lo fascinante es que no es el centro del debate tecnocrático precrisis el que Macron está abriendo con fuerza: su discurso siempre ha sido políticamente enérgico, aunque lidere el espacio de la moderación. Lo que lo distingue es su capacidad para leer la crítica populista y dar una respuesta política, aprovechar el potencial del descontento para evidenciar las grietas del sistema y dar un paso que el populismo no puede hacer: reaccionar políticamente para curar esas heridas. Frente a la emoción demagógica, Macron opone una razón politizada que en ningún caso pretende volver a esquemas tecnocráticos pasados. Es, de hecho, un centro con mucho discurso. No sabemos si triunfará, pero al menos tenemos una cosa clara: hay líderes que aprovechan la polarización para explorar otros espacios políticos, y luego están los arribistas que se dejan arrastrar por la corriente.

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