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La libertad en tiempos de desinformación

Es preciso contrarrestar la información falsa y desenmascarar las fuentes de las fake news

Un logo de Facebook en un cristal roto con la bandera europea en el fondo.
Un logo de Facebook en un cristal roto con la bandera europea en el fondo.

La información es el combustible de la democracia. El conocimiento de la realidad es lo que permite a los electores formar opinión sobre la acción de los gobiernos y las alternativas. Hoy recibimos un flujo permanente de información, pero con mucha desinformación. En la era digital, la veracidad es la primera víctima. Y si el ciudadano no puede distinguir entre lo veraz y las fake news, antes llamadas bulos, la democracia se gripa.

Con la firma del nuevo Tratado de Amistad entre Francia y Alemania, el partido de Le Pen saturó las redes acusando a Alemania de “alta traición” por ceder la soberanía sobre Alsacia. Casualmente, en España también se ha acusado falsamente al Gobierno de asumir los “21 puntos de Torra”, falsedad utilizada ante la multitud congregada por la unidad de España.

El Gobierno belga cayó porque los nacionalistas flamencos, amigos de Puigdemont, se apoyaron en el fake de que el Acuerdo de Marrakech, texto no vinculante, arrebataba a los Estados su soberanía en política migratoria. Se manipularon imágenes, como las de Macron lavándose las manos tras saludar a obreros, aunque fuera por atrapar una anguila. Y se han viralizado historias del Brexit como la de los 350 millones de libras que los británicos obtendrían por semana si Bruselas no les robase, desmentida incluso tras la votación. Aquí también tenemos ejemplos de manipulación con cuentos sobre las cuentas fiscales.

Es preciso contrarrestar la información falsa y desenmascarar las fuentes de las fake news. No es tarea fácil. Según Harari, autor de Homo Sapiens, los avances tecnológicos representan “un reto mucho más profundo para el ideal básico liberal: la libertad humana” que cualquier otra amenaza pretérita.

El problema de fondo, según Harari, no es que las tecnologías de la información erosionen nuestro libre albedrío. Sino que el margen que nos queda para la libertad entre el azar y la necesidad no ha aumentado con el progreso, en palabras de Jerome Monod. Es hora de aceptar, sostiene Harari, que los seres humanos no somos individuos libres, sino “animales pirateables”. Ahí está el ejemplo de Hitler. Y la posibilidad de hackear nuestro cerebro aumenta con las redes sociales. El mensaje se adapta a cada persona gracias a la información sobre nosotros mismos que revelamos en las redes sociales.

Estas amenazas desinformativas, generadas a menudo por movimientos ultras y gobiernos autoritarios o nacional-populistas, a veces aliados entre sí, buscan minar la democracia liberal y el proyecto europeo, agudizando las divisiones en las sociedades e interfiriendo en elecciones.

Estas amenazas desinformativas buscan minar la democracia liberal y el proyecto europeo

En España, tuvimos ejemplos en el otoño de 2017 en Cataluña. Y esa tendencia no va a cesar, sobre todo ante el ciclo electoral en Europa. Crece el temor a que la intoxicación con noticias falsas enturbie los próximos comicios europeos del 26 de mayo, y quién sabe si las generales del 28 de abril. El Consejo Europeo ha aprobado un Plan de Acción para combatir las campañas de desinformación dentro y fuera de la UE. Se ha creado un Sistema de Alerta Rápida que agilizará la reacción ante ataques cibernéticos de desinformación. En Francia, se ha aprobado una Ley anti fake news y se plantea el fact cheking, sistema que verifique la información como existe en iniciativas privadas. De esta forma, una de las mayores amenazas a la democracia ha emergido de la sociedad de la información.

La paradoja es que la libertad expresión constituye el mayor amparo para los artífices de noticias falsas. El artículo 20 de nuestra Constitución defiende que la libre difusión de ideas y opiniones tiene como límite el respeto a los Derechos Fundamentales, pero también recoge como derecho que dicha información sea veraz. No es aceptable que se permita la difusión de hechos falsos sin consecuencias, del mismo modo que no se aceptaría suministrar “libremente” carne podrida en supermercados.

Es imprescindible la alianza de gobiernos, instituciones, empresas de comunicación y sociedad civil, que de forma admirable se organiza para luchar contra falsedades. Ante la desinformación, no podemos caer en la inacción; de ello depende la salud de nuestra democracia. Como advirtió Walter Lippmann en Liberty and the news: “No puede haber libertad para una comunidad que carezca de los medios para detectar las mentiras”.

Josep Borrell es ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación de España.

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