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AGENDA PÚBLICA ANÁLISIS i

Celebrity politics

En tiempos de retóricas populistas, los famosos se adaptan al electorado menos politizado

El exseleccionador de baloncesto Pepu Hernández, durante su intervención en un acto del PSOE celebrado en el Teatro de La Latina de Madrid.
El exseleccionador de baloncesto Pepu Hernández, durante su intervención en un acto del PSOE celebrado en el Teatro de La Latina de Madrid. EFE

Siempre ha habido un lugar para los famosos en la política. La única diferencia quizá haya sido el camino a la fama de cada época. En la vieja Roma de las legiones, el ejército proporcionó celebridades para dirigir el Imperio. En nuestras democracias de audiencia, los famosos provienen de los entornos mediáticos, especialmente de aquellos vinculados con el entretenimiento: deporte, cine, artes, ¿tertulias? Reagan, Eastwood, Schwarzenegger o el astronauta John Glenn (quien, tras una larga carrera como senador, regresó al espacio con 77 años) son algunos ejemplos de una larga lista de celebridades que decidieron liderar partidos para alcanzar el poder.

Como apunta Mark Wheeler en su reciente Celebrity politics, el uso de actores, deportistas o comunicadores como candidatos está experimentando un auge sin precedentes. Es el resultado del debilitamiento de los partidos, que han perdido eficacia como escuelas de entrenamiento para profesionales de la política, formados a lo largo del tiempo en el manejo de los asuntos públicos y en la gestión de las organizaciones y de los equipos personales como instrumentos de representación de los ciudadanos. Por eso, la presencia de famosos en política ha ido en paralelo al declive de los partidos como trampolines para el poder.

En el trasfondo de todo ello, el auge de la denominada celebrity politics refleja una creciente insatisfacción de los ciudadanos con la política profesional y la consecuente pérdida de credibilidad en aquellos líderes que se identifican a sí mismo como políticos. En los nuevos tiempos de retóricas populistas y lógicas plebiscitarias, los famosos proporcionan al combate político un relato mejor adaptado al electorado menos politizado: son populares y conocidos, poseen atractivo, y muchos suelen haber acumulado épica y éxito. A menudo, también afluencia económica. Es cierto que esto último puede ser un serio inconveniente en países donde la riqueza no está premiada socialmente, y el dinero se ha habituado a sortear la legislación sobre impuestos diseñada con dudosas aspiraciones escandinavas.

Las celebridades deben estar preparados para que salga a relucir su pasado menos noble

¿Qué consecuencias para la democracia conlleva el auge de los famosos en política? A pesar de quienes ven la celebrity politics como un signo de declive político, su popularidad y credibilidad puede contribuir a reforzar el deteriorado vínculo representativo entre gobernantes y ciudadanos. Un estudio de David Jackson y Thomas Darrow demuestra que el apoyo de famosos a políticas impopulares o controvertidas las hace más aceptables para el electorado joven. No obstante, eso conlleva un riesgo si los famosos utilizan su capital de popularidad para impulsar causas poco democráticas y reforzar el cesarismo carismático. Aun así, como apunta el politólogo neozelandés Paul t’Heart, al entrar en política, los famosos también aceptan perder la posibilidad del perdón público que existe en otros ámbitos mediáticos. Esta es la primera lección que deben aprender las celebridades que entran en política: también saldrá a relucir su pasado menos noble, y deberán estar preparados para ello. No hay ningún reality show con la capacidad trituradora y de escrutinio que posee la política competitiva y su inherente tendencia a la renovación del personal político.

Juan Rodríguez Teruel es profesor de Ciencia Política de la Universidad de Valencia.
Este artículo ha sido elaborado por Agenda Pública, para EL PAÍS.

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