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Del glamuroso Mónaco de la princesa Grace al Principado venido a menos de Carolina

La primogénita de Raniero de Mónaco cumple 62 años mientras su país sigue buscando un heredero que le devuelva la presencia internacional que le consiguió la exactriz de Hollywood

Monaco
Baile de la Rosa de 2016. De izquierda a derecha Beatrice Borromeo,Pierre Casiraghi, Alejandra de Hanover, el príncipe Alberto, su hermana Carolina y su hija Carlota, Tatiana Santo Domingo ,Andrea Casiraghi y el diseñador Karl Lagerfeld. Getty Images

En las 202 hectáreas de superficie del Principado de Mónaco cabrían 404 campos de fútbol según las medidas reglamentarias, pero también hubo un tiempo en el que se concentró todo el glamur capaz de bailar sin dar pasos en falso en esa pista exclusiva que se conoce con el nombre de alta sociedad, ya fuera de origen noble, financiero o cinematográfico. La abeja reina de aquel panal, que tenía su día grande en el Baile de la Rosa, era Grace Kelly, esa actriz de Hollywood de porte elegante y seductor al mismo tiempo que terminó convertida en princesa Grace de Mónaco por matrimonio, y en ama de casa y representante máxima de su país de opereta por renuncia propia al prometedor futuro como estrella del rutilante Hollywood de los años sesenta.

Cumplió todas las expectativas de su familia de la alta burguesía estadounidense el día que recibió un Oscar en 1955 por su papel en La angustia de vivir, y supero cualquiera de sus expectativas cuando el 19 de abril del año siguiente dio el sí quiero al príncipe Raniero de Mónaco y se convirtió –al menos de cara al exterior– en la perfecta princesa, esposa y madre y en la mejor embajadora de un país diminuto que podría haber acabado en pueblecito francés o italiano de no haber sido por las carambolas de la Historia.

El pasado hollywoodiense de la princesa, sus contactos y los amigos que acudían sin pensarlo a las fiestas que convocaba cada año en su país de cuento, fueran para celebrar la primavera, recaudar fondos para la Cruz Roja o celebrar la fiesta del circo, otorgaron esplendor y presencia a Mónaco en la esfera internacional. Y su belleza, la elegancia que caracterizaba su manera de estar y vestir se extendió a sus hijos: Carolina, Alberto y Estefanía, que pronto se unieron a su madre como el mejor reclamo para ocupar las revistas del corazón o promocionar eventos patrios que continuaban agrandando la leyenda glamurosa del principado.

Este miércoles su primogénita, la princesa Carolina, cumple 62 años y muchas cosas han cambiado desde aquellos tiempos de vino y rosas en el país que hoy regenta su hermano Alberto acompañado por otra princesa, su esposa Charlène, que trata de emular a su suegra –fallecida en un accidente de tráfico en 1982– pero que no consigue ni sonreír ni enamorar a la cámara como ella lo hizo.

Grace Kelly con Bing Crosby (izquierda) y Frank Sinatra durante la promoción de la película 'Alta sociedad'.
Grace Kelly con Bing Crosby (izquierda) y Frank Sinatra durante la promoción de la película 'Alta sociedad'. Getty

El Baile de la Rosa continúa celebrándose cada año para oficiar la primavera, pero ya ni las revistas especializadas del corazón le dedican el despliegue de antaño. Aunque la antorcha del glamour la recogió precisamente Carolina de Mónaco y ella sigue siendo la estrella del evento, han pasado demasiadas cosas en estos años y las celebridades de ahora no llegan ni a la suela de los zapatos a la lista de invitados de los años de reinado de su madre.

En los más de 36 años que han pasado desde la muerte de la añorada princesa, su hija Carolina se casó demasiado joven con Philippe Junot, un play boy al que su madre tomó la medida desde el primer minuto. Se divorció dos años después con gran escándalo para los estándares de la época y volvió a contraer discreto matrimonio con Stéfano Casiraghi estando ya embarazada. Con él tuvo tres hijos –Andrea, Carlota y Pierre– y enviudó con solo 43 años. Volvió a casarse con un príncipe de raigambre, Ernesto de Hannover, pero con tendencia a excederse con la bebida. Ni siquiera la hija que tuvieron en común, Alejandra de Hanóver, evitó una separación en toda regla que no ha llegado a divorcio oficial por conveniencia nobiliaria.

Su hermano Alberto se convirtió en la cabeza del Estado después de la muerte de su padre en 2005, pero le acompaña un historial amoroso que no ha colaborado a forjar una imagen de gobernante a la altura de sus progenitores. Los rumores sobre sus inclinaciones sexuales le persiguieron durante años porque a pesar del porte que le había reservado su herencia genética no se decidía por mujer alguna. Se casó con Charlène, una nadadora de élite sudafricana, cuando tenía ya 53 años y, según la rumorología, la novia no se dio a la fuga días antes de la ceremonia porque se llegó a un pacto casi de Estado para evitarlo. Entre los motivos, los hijos extramatrimoniales reconocidos del contrayente: Jazmín Grace y Alexandre Coste, frutos de sus relaciones con la californiana Tamara Rotolo y la azafata togolesa Nicole Coste. La pareja tuvo mellizos, Gabriella y Jacques, en diciembre de 2014, pero su madre sigue sin sonreír demasiado en presencia de su marido y evita todo lo que puede los actos con su familia política.

La familia Grimaldi en sus tiempos felices: Grace y Raniero con sus tres hijos, Estefanía, Carolina (centro) y Alberto.
La familia Grimaldi en sus tiempos felices: Grace y Raniero con sus tres hijos, Estefanía, Carolina (centro) y Alberto.

A la pequeña de los Grimaldi tampoco la vida le ha ido como para forjar un halo de glamur alrededor de su figura. Acompañaba a su madre cuando ocurrió el accidente que acabó con su vida y ese momento no se ha borrado de su memoria. Vivió una juventud rebelde y cambió de novio famoso con demasiada frecuencia para lo que se esperaba de una princesa de la época. Después pareció sentar cabeza con Daniel Ducruet, que había sido su guardaespaldas, pero él mostró su pasión por otra mujer y su infidelidad en unas imágenes captadas en una piscina que dieron la vuelta al mundo entero. La pareja tenía dos hijos, Paulina y Luis, y el divorcio fue inevitable a pesar de lo que había costado que se autorizara un matrimonio que duró un año escaso. Otro guardaespaldas, Jean Raymond Gottlieb, es el padre de su otra hija, Camille. Nunca se casaron, aunque la princesa volvió a intentarlo con el domador de circo Adans Lopez Perez. El intento duró solo otro año, y la princesa Estefanía volvió a la soledad de su hogar con sus tres hijos y a seguir siendo la hermana favorita de su hermano Alberto y un miembro de la familia ‘real’ de Mónaco que quería estar lo más alejada posible de esa corte con pretensiones que cada día interesaba a menos gente.

El estilo de Carolina a sus 62 años aún despierta la curiosidad por el Principado y parecía que sus hijos podrían ser los herederos de ese brillo que necesita un territorio tan pequeño para figurar –al menos en la prensa rosa– por algo más que por ser el paraíso fiscal de muchos famosos y millonarios. Andrea se casó con una rica heredera de origen colombiano, Tatiana Santo Domingo. Pierre se dedica a los negocios y contrajo matrimonio con la periodista y aristócrata italiana Beatrice Borromeo. Y Carlota heredó la belleza y el estilo de su madre, se confiesa apasionada de la filosofía y ha tenido sonoras relaciones sentimentales que no terminan de cuajar, incluidas las que la unieron al actor Gad Elmaleh, padre de su hijo Raphael, y al productor cinematográfico Dimitri Rassam con quien el pasado 23 de octubre tuvo a su segundo hijo, Balthazar. De momento su boda con Rassam se ha cancelado sin mayores explicaciones que un desmentido de ruptura y muchos rumores sobre la viabilidad de la pareja. Alejandra, la benjamina de esta rama familiar, tiene 19 años y de momento su vida es de lo más discreta.

Los hijos de Estefanía cubren su cuota de representación en los actos imprescindibles pero siempre has sido tratados como los segundones del Principado. En los próximos meses, la boda de Louis Ducruet con Marie Chevallier, a quien conoció en la universidad, volverá a poner los focos sobre el escenario de Mónaco. Pero ya hace más de tres décadas que la herencia que dejó Grace Kelly se va apagando sin remedio en el Mónaco que ella consiguió convertir en un país digno de alfombra roja.

 

 

 

 

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