Columna
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Conversaciones presentes y ausentes

No pretendo hacer de futuróloga, pero me resulta interesante intuir de qué hablaremos, para ver de qué podríamos hablar

El Congreso de los Diputados, el pasado junio.
El Congreso de los Diputados, el pasado junio. ULY MARTÍN

Entidades dedicadas al uso del lenguaje y analistas de distintos ámbitos celebran el fin de año seleccionando los términos que mejor califican el periodo que termina. Es una fantástica costumbre si tenemos en cuenta que el lenguaje configura el pensamiento. Estudiar cómo nos expresamos ha sido siempre una suerte de indagación en las sociedades poniéndonos ante el espejo que supone lo que decimos y cómo lo decimos.

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Hoy ya estamos en un año nuevo y resulta sugerente empezar a vislumbrar por qué raíles discurrirá la conversación pública en España en ese ciclo que traspasa el calendario arrastrando lo que dejó el anterior. No pretendo hacer de futuróloga, pero me resulta interesante intuir de qué hablaremos, para ver de qué podríamos hablar. Inventariar las conversaciones previsibles para identificar las que pueden quedarse al margen.

Sabemos que hablaremos de elecciones: Municipales en todo el país, autonómicas en buena parte, europeas trascendentales y quién sabe si generales. Sin embargo, es posible que hablemos poco de política. Es decir, de ese ejercicio que supone acordar con los otros, con los diferentes, para identificar objetivos comunes. Es mucho más fácil lo primero y hace falta mucha inteligencia para lo segundo, así que será posible que nos quedemos en la espuma electoral sin descender a las profundidades de las posibilidades reales de transformación. Lo estamos viendo ya en muchos discursos que buscan estrechar la Constitución solo a una interpretación cerrada e inerte de la misma en lugar de vislumbrar los márgenes que permitan encontrar formas de renovarla de manera que quepamos todos en ella.

También es casi seguro que mencionaremos muchas veces la palabra polarización. La realidad publicada y la que alimentamos cada día en las redes sociales generan una imagen de confrontación permanente que los partidos incorporarán a sus estrategias electorales. Posiblemente dedicaremos menos tiempo a analizar los indicadores que nos muestran que la sociedad percibe más esta polarización en los partidos que en sí misma. Y quizá no demos la relevancia que merecen los datos demoscópicos que nos advierten que, en relación con el conflicto catalán, van en aumento aquellos votantes que optan, tanto desde el independentismo como fuera de él, por opciones más tendentes a explorar los acuerdos que a seguir explotando una confrontación sin salida razonable.

Por supuesto, populismo seguirá siendo otra palabra estrella. Acompañada de otras como iliberalismo o los márgenes del sistema, serán muchas las páginas que llenaremos asombrándonos de hasta dónde pueden resquebrajarse los cimientos que creíamos sólidos. No serán tantas, me temo, las dedicadas a entender las causas del cuestionamiento de las reglas del juego en las que se basa nuestra convivencia.

Estos son solo unos ejemplos de lo que —quizás— hablemos y de lo que ojalá podamos incorporar a la conversación. El año no ha hecho más que empezar.

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