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Feliz Año Nuevo

Bienvenido 2019, el año en el que todo está por elegir y en el que ya no cabe llamarse a engaño

El reloj de la Puerta del Sol da las campanadas de fin de año, frente a la mirada de miles de personas.
El reloj de la Puerta del Sol da las campanadas de fin de año, frente a la mirada de miles de personas. EFE

Una señora desquiciada amenaza a gritos con quitar la nacionalidad a un español a quien no vemos y a quien la vociferante desprecia suponemos que por su aspecto o el color de su piel. La imagen se viraliza rápidamente, circula por todas las redes sociales, salta incluso a los medios de comunicación, a la prensa, y se exhibe como la prueba irrefutable que confirma que el mal ya está entre nosotros. No sabemos cuánto desequilibrio, cuánta patología se esconde tras esa agresividad racista individual. Pero esa escena tan despreciable, potente y difundida permite olvidar un poco más el racismo real y cotidiano que denuncian las organizaciones de derechos humanos en nuestro país. Y además consigue que la conversación pública discurra dentro del marco que al populismo xenófobo le interesa y en el que para criticarlo, indignarnos o aplaudirlo hemos acabado chapoteando todos en el año recién terminado. ¿Habremos aprendido?

Adiós 2018, el año en el que perdimos todas las inocencias, vimos todas las contorsiones políticas posibles, a derecha e izquierda, en el extremo centro y en los nacionalismos periféricos y central, enterramos la expresión pacto de perdedores (¿hasta siempre? ¿O hasta que le haga falta de nuevo a sus inventores?), la extrema derecha se hizo carne otra vez entre nosotros y el mundo descubrió que las mujeres se habían cansado de esperar la igualdad.

Bienvenido 2019, el año en el que todo está por elegir —alcaldías, presidencias autonómicas, Parlamento Europeo y quizás Gobierno de España— y en el que ya no cabe llamarse a engaño. Las elecciones en Andalucía y el pacto PP-Ciudadanos-Vox para elegir la Mesa del Parlamento han puesto la guinda a la tendencia general de decir una cosa y hacer otra. El pacto es legítimo, reclamar a sus autores claridad y asumir el coste de sus acciones es legítimo también. El periodismo declarativo ha resultado siempre empobrecedor, pero el proceso catalán primero y el pacto andaluz después, han acabado por convertirlo en una mascarada cuando de forma tan evidente se declara lo contrario de lo que se hace. Deberes para una profesión, la de periodista, a la que todos los populismos seguirán desprestigiando para colar sus mensajes sin someterlos al principio de contradicción.

Cuando todos nos anuncian el apocalipsis para el año que comienza, conviene recordar hoy, entre felicitación y felicitación, que nada está escrito.

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