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¿Fascista? No, pero...

La nueva derecha radical refleja el malestar y la inseguridad de la sociedad, como en los años treinta solo que con mayor bienestar

Manifestación convocada por la Fundación para la Defensa de la Nación Española en la Plaza de Colón en diciembre de 2018.  rn
Manifestación convocada por la Fundación para la Defensa de la Nación Española en la Plaza de Colón en diciembre de 2018. Efe

El nombre de las cosas importa, y acertar con él es fundamental para entender las situaciones y para actuar. Aunque tengan elementos del fascismo, los actuales movimientos de derecha radical o extrema en Europa y en las Américas no son fascistas, lo que no los hace menos peligrosos. Pero abusar del término puede acabar siendo contraproducente. Más aún cuando una de las características del momento es que, el fenómeno Trump ha contribuido a ello, se ha perdido la vergüenza de votar, y decir que se vota, por este tipo de partidos.

Para acotar qué es, partiremos de un artículo que Umberto Eco escribiera en 1995 sobre el Ur-Facismo, el fascismo primordial (tesis publicada en España en forma de libro). Señalaba el semiólogo italiano que el fascismo carecía de quintaesencia, y que el término se ha usado como sinécdoque, es decir, palabra que se puede aplicar a distintos movimientos totalitarios. Era, para Eco, un collage de diversas ideas y filosofías, totalitarias y a menudo contradictorias.

Eco esbozó una lista de características de este fascismo primordial: el culto a la tradición; el rechazo de lo moderno (la Ilustración como inicio de la depravación moderna) y de la crítica analítica (el desacuerdo como traición); el irracionalismo; el culto a la acción por la acción; la negación de la diversidad y el miedo a la diferencia; el llamamiento a una clase media frustrada por la crisis económica; la obsesión por las conjuras (especialmente de los judíos); la vida como guerra pues no hay que pactar con el enemigo; la educación para convertirse en héroes (¡viva la muerte!); el machismo; un elitismo popular; un populismo selectivo, cualitativo, contra los regímenes parlamentaristas; y (entre otras) una “nuevalengua” ("newspeak", de Orwell en 1984).

Eco señaló que se podían eliminar o cambiar algunas de estas características y que, pese a ello, un movimiento o régimen seguiría siendo reconocido como fascismo. Algunas de ellas están en las nuevas extremas derechas, pero no las suficientes, mientras que hay otras nuevas.

He aquí, sin ánimo de exhaustividad, algunas: hipernacionalismo (el interés nacional sin compromiso, we first, nosotros lo primero); antiinmigración racista (esencialmente antimusulmana), nativismo y supremacismo blanco; antifeminismo y homofobia; negacionismo sobre el cambio climático como consecuencia del hacer humano; liderazgo fuerte (admiración por Putin, que responde también a muchas de estas categorías) y culto al líder que busca una relación directa con “el pueblo”; autoritarismo; no tanto rechazo a las elecciones sino al pluralismo y a la división de poderes, en particular a un poder judicial independiente; crítica a los medios críticos y a la libertad de prensa y desinformación y provocación a través de las redes sociales (no es su monopolio, sin embargo; iliberalismo; religionismo y afirmación religiosa, habitualmente, cristiana (católicos fundamentalistas, evangélicos radicales, ortodoxos en el caso ruso); pro derecha israelí; antiglobalismo y proteccionismo; en Europa (y a veces desde fuera), antieuropeísmo, al menos de la Unión actual, para pasar a otra UE renacionalizada; soberanistas nostálgicos; centralistas. También antiélites (aunque sus dirigentes sean o acaben siendo parte de la élite). Muy a menudo, nostalgia (incluso de situaciones que no han existido). Aplican la política del miedo.

La nueva derecha radical refleja el malestar y la inseguridad de la sociedad, como en los años treinta solo que con mayor bienestar. Y a menudo, como pasa con Vox, el electorado está menos a la derecha que el partido en cuestión. No todos comparten todas estas características, pero sí muchas. Entre ellas, hay “relaciones ocultas”, que forman sistemas —paquetes de posiciones que a menudo poco tienen que ver entre sí— que hibernaban en las sociedades y han despertado. La suma de estos elementos, o de algunos de ellos, es un cóctel explosivo para el conjunto de la sociedad.

La coincidencia entre estos movimientos en la dimensión política y cultural es mucho mayor que en la económica y social, a la que no otorgan demasiada importancia en sus programas, quizás porque los perfiles de los electorados varían. Se encuentran desde propuestas neoliberales (Vox) a partidarios del Estado de Bienestar (salvo para los inmigrantes, claro), como el Partido Popular en Dinamarca. La extrema derecha puede venir con posiciones de izquierda en economía. Pero lo que más pesa es la actitud cultural, entendida en un sentido amplio.

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