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Un cuento de Navidad

Dickens ofrece la posibilidad de mirar la propia vida desde fuera y actuar en consecuencia

El sueño de Dickens, de Robert Williams Buss.
El sueño de Dickens, de Robert Williams Buss.

Pocos escritores han tenido una influencia tan grande sobre los tiempos en los que les tocó vivir y han alcanzado una fama tan universal como Charles Dickens. A sus lecturas públicas acudían multitudes, mientras que sus novelas por entregas disparaban las tiradas de las publicaciones periódicas en las que aparecían. El narrador británico fue un intelectual comprometido, que denunció las injusticias de la Revolución Industrial. Recordamos los principios de sus libros —“Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos”— y seguimos utilizando a sus personajes para describir nuestra realidad. Dickens cobra además una especial importancia por estas fechas porque, tal y como se tituló una película estrenada el año pasado, fue el hombre que inventó la Navidad.

Una de las herencias que había dejado el puritanismo en la sociedad anglosajona era una celebración bastante tibia de estas fiestas. Cuento de Navidad, que Dickens escribió en el otoño de 1843, cambió las cosas. La historia del avaro Ebenezer Scrooge visitado por tres fantasmas durante la Nochebuena, que le hacen salir de la miseria moral en la que vivía, se convirtió en un best seller nada más editarse. Su biógrafo Peter Ackroyd sostiene en Dickens (Edhasa) que es exagerado afirmar que inventó la Navidad, pero reconoce que le dio un tono mucho más festivo e impulsó costumbres como el pavo o las tarjetas de felicitación. “Lo que Dickens hizo fue aderezar aquel día al gusto de sus aspiraciones, querencias y temores”, escribe.

La universalidad de su relato se basa en la idea de ofrecer a alguien la posibilidad de mirar su vida desde fuera y actuar en consecuencia, un tema que retoma Frank Capra en su clásico navideño ¡Qué bello es vivir!, que ha homenajeado Saturday Night Live en un maravilloso sketch en el que un ángel muestra a Trump cómo sería el mundo si no hubiese alcanzado la presidencia. Pero, por encima de todo, para los Scrooge y los pequeños Tim, para los creyentes y los paganos que todavía celebran las Saturnales, para los que se quedan en casa gruñendo y los que congregan multitudes en torno a una mesa, si algo demuestra la historia de Dickens y la Navidad es el poder que la imaginación humana ejerce sobre la realidad y también que la generosidad, la empatía y la solidaridad pueden cambiar la propia vida y, de paso, la de todos.

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