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Próximo destino: el pasado

La política se ha convertido en una superestructura cargada de ruido y rabia sin incidencia real después sobre la infraestructura

Theresa May en Bruselas durante la cumbre europea celebrada esta semana.
Theresa May en Bruselas durante la cumbre europea celebrada esta semana. AFP

Comentando la locura de esta fase final del Brexit, un periodista inglés señalaba el otro día que nunca había asistido a tanto hiperactivismo político para no llegar a ninguna parte. Esto no es exclusivo de los británicos. El sino de la política democrática contemporánea parece reducirse a este continuo tejer y destejer. Todo se mueve, el cambio acelerado es ya el nuevo atributo de la democracia. Pero se trata de un cambio virtual, se queda en el limbo de la información, no repercute después sobre la realidad. Sobre la única realidad que importa, la vida cotidiana de las personas. Dicho en términos antiguos, la política se ha convertido en una superestructura cargada de ruido y rabia sin incidencia real después sobre la infraestructura.

La razón principal estriba en que en todas partes se ha debilitado la gobernabilidad. Sin claras mayorías para nada, el resultado, a pesar de tanto hiperactivismo, es que todo sigue más o menos igual. Y cuando esas mayorías se consiguen, como en la Italia de Salvini, otros poderes menos hiperbólicos pero no menos eficaces, como la UE, se encargan de realizar el ajuste. Lo verdaderamente nuevo de aquello a lo que estamos asistiendo, y esta sería mi tesis, es que lo que se propone como novedoso es viejo.

En la Italia populista, se manifiesta en el retorno a una ya imposible sociedad blanca, libre de las “impurezas” culturales provocadas en ella por las migraciones. Aquí lo vemos en el independentismo catalán, que añora, al menos en la retórica de Waterloo, un modelo de divorcio del Estado inspirado en Yugoslavia. Podría hacerlo recurriendo al de Noruega cuando en su día se escindió de Suecia, pero ¿qué tiene que ver Cataluña con el pequeño país nórdico de 1905? No niego que algún día Cataluña podría alcanzar la independencia, pero para que fuera factible tendría que ser algo radicalmente distinto a lo que ya conocemos de otros experimentos anteriores. Y ahora aparece Vox, que aspira a sumergirnos en un neofranquismo de claros contornos centralistas y retornando a la moral católica. ¿Creen de verdad que algo así es realizable en la España del s. XXI?

Hemos creado, pues, un imaginario político anacrónico. ¿De verdad tenemos tan poca imaginación como para hacer frente a los desafíos del futuro con recetas del pasado? Lo alucinante es que funciona, que la gente se lo traga. A pesar de lo que vemos en el Brexit o en la lunática corte de Trump. Y lo cierto es que los politólogos ya no podemos entenderlo sin recurrir a la ayuda de los psicólogos. Alguien tiene que explicarnos esta psicopatología política del ciudadano europeo. Ouelebeck lo intentó: “Es triste el naufragio de una civilización, (..) empiezas a sentirte un poco incómodo en tu vida y acabas por aspirar al establecimiento de una república islámica”. O una Eslovenia catalana, o una España neofranquista, o un Reino Unido neoimperial. Esperemos que quede en eso, en meros delirios coyunturales. ¿Pero cuánto pueden durar los bloqueos sistémicos?

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