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Mariah Carey, la diva autoparódica que consiguió reír la última (y reír mejor)

La cantante con más números uno de la historia recala hoy en Madrid con un espectáculo a su altura: un torrente de cursilería que oculta un talento que el mundo nunca ha valorado

Mariah Carey
Mariah Carey en una fiesta posterior a los Globos de Oro de 2018. Getty Images

Una de las imágenes más extrañas que se pueden encontrar en Internet muestra una valla publicitaria colorista, pastel y ochentera anunciando Glitter, el disco que Mariah Carey publicó en 2001 como banda sonora a su debut en el cine; detrás del gigante cartel, las Torres Gemelas en llamas. Era 11 de septiembre de 2001. Ese día el mundo cambió para siempre. Y, en cierto modo, Mariah Carey (Nueva York, 1969) también: Glitter, un fracaso estrepitoso de crítica y público que encima tuvo la mala suerte de llegar a cines y tiendas de discos en ese día negro, marcó un antes y un después en su carrera. La imagen también es simbólica: frente a los horrores del mundo real, Mariah aparece como un torbellino de artificio azucarado y colorista en un cartel. Desde aquella muerte profesional de la que resucitó en 2005, Mariah nunca ha dejado de ser eso.

La imagen del cartel de 'Glitter' en pleno atentado, explica este tuit, viene de uno de los muchos vídeos que se recolectaron para la investigación del 11 de septiembre en Nueva York.

La cantante recala hoy en Madrid dentro de su gira navideña por Europa. Es la segunda vez que actúa en nuestro país. La primera fue con la gira de Rainbow, en el año 2000. Mariah estaba entonces en lo más alto. No por sus cifras de ventas (que eran excelentes, pero habían sido mejores), sino por el giro que su carrera había dado tras el divorcio de su primer marido (y mentor en la industria, presidente de la multinacional Sony), Tommy Mottola. De repente Mariah ya no era la baladista melosa, sino una artista que colaboraba con Jay-Z, Missy Elliott, Snoop Dogg, Usher, Eve o Lil’ Kim e interesaba a un sector de la crítica que hasta entonces la había despreciado. Después de que Mottola intentase hacer de ella una baladista que gustase a los blancos, ella quiso recordar al mundo (y a sí misma) que era negra.

Cuando su perro Jack (un Jack Russell) fue considerado demasiado grande para volar en su propio asiento de primera clase en las aerolíneas comerciales que cubren las dos casas de Mariah entre Los Ángeles y Nueva York, Carey hizo que un chófer lo llevase en un Mercedes

Ese golpe en la mesa fue el primer intento de Mariah por demostrar que ella era algo más que un producto melódico perfecto y la esposa sumisa y guapa de Mottola, durante cinco años capo de Sony Music y que, según la propia Mariah, fue un marido controlador que no le permitía salirse del guion que él tenía preparado para ella. Lo que ocurrió entre aquella Mariah y la que conocemos hoy fue una transfiguración brutal que ha hecho que muchos se la tomen a risa, pero que muchos otros respeten como la última de una estirpe en peligro de extinción: la diva pop excesiva y absoluta.

En una era en la que las redes sociales dan una falsa idea de cercanía a nuestros ídolos y que nos ha obligado a apreciar la naturalidad y la cercanía (nótese la cursiva), Mariah sigue jugando a otra cosa. Algunos ejemplos: Mariah nunca lleva zapato plano, afirma que incluso sus pantuflas de andar por casa tienen tacón. Mariah no ejecuta coreografías con sus bailarines: espera más bien a que estos la guíen y levanten mientras ella canta. Mariah nunca sujeta una botella de agua o una copa durante sus actuaciones o cuando está en el backstage: hay una persona contratada únicamente para acercarle su bebida con pajita a la boca. Mariah ha desmentido que se bañe solo en agua mineral francesa, pero ha admitido que a menudo lo hace con leche. Cuando su perro Jack (un Jack Russell) fue considerado demasiado grande para volar en su propio asiento de primera clase en las aerolíneas comerciales que cubren las dos casas de Mariah entre Los Ángeles y Nueva York, Carey hizo que un chófer lo llevase (al perro, sí) en un Mercedes. 

Una imagen promocional de Mariah Carey en 1992, cuando su carrera ya acababa de despegar hacia el estrellato.
Una imagen promocional de Mariah Carey en 1992, cuando su carrera ya acababa de despegar hacia el estrellato. Getty Images

Aquellos que la han entrevistado y la han visto de cerca (todo lo cerca que se permite: en esta entrevista en The Guardian su autor cuenta que durante la conversación su silla está a tres metros de la silla de Mariah Carey) explican que la cantante es igual en persona que en sus fotos, que el maquillaje, el vestuario y su lenguaje corporal crean algo en ella que parece un Photoshop llevado a la vida real.

Pero en los últimos años Mariah ha creado un añadido a su comportamiento de diva a la vieja usanza: un sentido del humor finísimo y autoparódico. ¿O no tiene nada de parodia y Mariah va completamente en serio? En 2008 durante una actuación en directo de Touch my body (por ahora, su último número uno en EE. UU.), se giró hacia una de sus coristas y, manteniendo la melodía de la canción, le dedicó estas palabras: “Deja de cantar mi parte ahora mismo, cariño”. Se puede ver en el minuto 3:00 del siguiente vídeo:

Una vez más: ¿va Mariah Carey en serio? Los nombres de sus discos han ido del puro cursi (Emociones, Ensueño, Mariposa, Arco Iris y Brillo) al delirio ultracalórico con aires de novela rosa de gasolinera (La emancipación de Mimi, Memorias de un ángel imperfecto y Yo soy Mariah, la cantante escurridiza). Hasta los nombres de sus hijos son superlativos: Moroccan y Monroe (nacidos en 2011 durante su matrimonio con el humorista Nick Cannon, con el que estuvo casada de 2008 al 2016; hoy mantiene una relación con el bailarín Bryan Tanaka). En 2014 acudió a una entrevista y llevó su propio equipo de iluminación, que resultó en una estampa asombrosa: todo el panel de colaboradores tenía una luz y ella tenía otra, casi angelical. Algo que podría no resultar chocante del todo para una cantante si no fuese porque era una entrevista… de radio.

En 2013 un reportero le preguntó si era cierto que le habían pagado diez millones de dólares (8,7 millones de euros) por hacer de juez durante una temporada en el programa de talentos American Idol. Ella lo corrigió: le habían pagado 16 (unos 14 millones de euros). En febrero de 2016, el mundo asistió asombrado a esta escena: unos admiradores perseguían a Mariah por un pasillo mientras esta firmaba autógrafos. Pero Mariah no caminaba: sus asistentes la empujaban en una silla con ruedas.

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De algún modo, Mariah estaba desactivando todas las posibles críticas a su comportamiento de diva al convertirlo casi en un chiste privado. A la vez, Carey es alguien que (al contrario que Taylor Swift, Madonna o Beyoncé) no está continuamente presumiendo de sus logros artísticos y personales. No se ha valorado en Mariah Carey que ella sea co-autora de todos sus números uno (excepto de uno que era una versión de los Jackson 5, I’ll be there).

En los noventa se pensó en Mariah como una esposa callada que disfrutaba de una vida de lujo extremo gracias a estar casada con el millonario Mottola, pero ella no contó hasta 2009 que insistió en pagar la mitad de la inmensa mansión que compraron. “Le dije: si vamos a mudarnos a una casa quiero pagar yo la mitad. Nunca me había sentido propietaria de nada hasta entonces y no quería que alguien pudiese echarme de ella”.

Si Mariah tiene una actitud de diva es paradójicamente una diva humilde: se diría que prefiere que el chiste oculte lo mejor de sí misma, que el mundo solo vea el colorín y no el trabajo que hay detrás.

Hoy, en Madrid, desplegará todo su repertorio de divismo sobre el escenario. Seguramente lucirá trajes excesivos, seguramente soltará alguna frase demoledora entre canción y canción y seguramente sacará su legendaria lista de exigencias para el camerino. Pero es bueno recordar que ese hito contemporáneo llamado All I want for christmas is you con el que cierra el show fue escrito por Mariah (y por el compositor Walter Afanasieff) en quince minutos. Para hacerlo, por cierto, Mariah decoró toda su casa de Navidad en pleno verano. Lo dicho: una de cal y otra de arena. La diva es excesiva, pero tiene talento de verdad.

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