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La receta fallida de Macron

Como en la cocina, en política son cruciales los ingredientes, los tiempos y la temperatura

El presidente francés, Emmanuel Macron, en los Campos Elíseos, el pasado 2 de diciembre.
El presidente francés, Emmanuel Macron, en los Campos Elíseos, el pasado 2 de diciembre. EFE

Como en la cocina, en política son cruciales los ingredientes, los tiempos y la temperatura. A Emmanuel Macron, cuyo plato favorito confeso es el escalope (casi un pecado en el país del culto a la gastronomía), le han fallado las tres cosas. Para empezar, ha mostrado poco conocimiento de los ingredientes. Francia es un país heterogéneo, lleno de elementos que el presidente parece no entender. Se ha guiado por un recetario incompleto, que apuntaba la división del centro y la periferia, y que no le ha servido para diagnosticar lo que ocurre.

El drama que hoy vive Francia empezó hace tres semanas como una protesta de la clase media empobrecida, de pueblos y ciudades pequeñas, por el anuncio de que iban a subir los combustibles. Se les fueron sumando centenares de personas con aspiraciones rotas y un poder adquisitivo menguante. El chaleco amarillo es lo único que les une: son un totum revolutum de estudiantes, camioneros, agricultores, autónomos, de izquierdas, de derechas, desafectados, pacíficos, violentos… Y la rabia de estos últimos, nunca vista desde el 68, ha puesto al Gobierno contra la pared.

Macron ha ido, además, a rebufo, subestimando las protestas primero, y negándose a claudicar hasta que se ha visto obligado hacerlo. Ya no subirá los precios de los carburantes. Tampoco el gas ni la electricidad. Pero para los manifestantes eso ya no basta. Sienten que sus primeras reclamaciones se han quedado cortas. No quieren “migas” ni “cacahuetes”, han dicho. Notan que su presidente, que se cree habitualmente en posesión de la razón y a quien siempre le han reprochado cierta desconexión con la ciudadanía, está asustado y pedaleando hacia atrás.

Por último, el jefe del Estado francés pensaba que estaba revolucionando la política y que la revolución se detendría ahí. Al gobernar con mayoría absoluta, no sentía la fiebre fuera del Elíseo. Ahora, la oposición que no tiene en el Parlamento le ha salido en la calle, pero no tiene una sola voz con la que dialogar, sino un sentimiento inconexo de rechazo y revancha, y con eso no se puede negociar. De momento, el miedo a más incidentes le ha hecho renunciar a su estrategia. Ha aplazado el trago duro de explicarle a los franceses el precio de una transición ecológica con la que se han comprometido como país. Pero él ha hecho del reformismo su marca personal. ¿Cómo va a meterse en temas mollares como las pensiones o el seguro de paro?

Mientras, la UE mira con inquietud a una Francia a la defensiva, insegura, inestable. Un río donde quiere pescar la extrema derecha.

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