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Franco en Finlandia

Los finlandeses acabaron su guerra civil con una Constitución pluralista y con una amnistía para los rojos encarcelados

El dictador, Francisco Franco, en 1952
El dictador, Francisco Franco, en 1952

Por lo que usted sabe o puede recordar, ¿con cuál de los dos bandos de la Guerra Civil simpatizaba más su familia? ¿Con los nacionales o con los republicanos?”. Cuando el CIS hizo esta pregunta a las personas mayores de 65 años, nacidas durante la guerra o en la inmediata posguerra, nos acercó lo más posible —hace una década— a la división de la sociedad a través de la memoria, a la primera impresión del negativo. El 23% con los nacionales, el 25% con los republicanos, el 10% de las familias estaban divididas, el 17% “con ninguno de los dos” y el resto no lo sabía o no quiso responder. Somos una sociedad que —biológicamente— desciende por igual de los dos bandos, aunque puede que aún más de quienes no lo tuvieron.

En sucesivas estampas, la memoria de la afiliación nacional se ha ido desdibujando en cada grupo de edad. Hace dos años se repitió la pregunta y solo el 11% de los más jóvenes recordaban que sus familias hubieran sido partidarias del bando nacional; el 23%, de la causa republicana. Más de la mitad no lo sabían. Se empieza por olvidar lo que más se rechaza. Menos del 5% de los españoles consideran que una dictadura sea un régimen aceptable, bajo cualquier circunstancia; las opiniones sobre Franco no son uniformes en algunos asuntos, pero nadie duda de que fuera un dictador.

Las guerras civiles tienen tendencia a ser negadas. Los ganadores han preferido palabras como guerra de liberación (Finlandia y España), contrarrevolución (Rusia) o insurgencia comunista (Grecia). Hoy son frecuentes entre nosotros las metonimias “golpe de Estado” o “rebelión militar”. Enaltecer la imaginada unidad frente a unos pocos “rebeldes”, “bandidos”, “extranjeros” u “opresores” es una figura retórica que no tiene partido fijo. No es común poder templarla con datos individuales como estos. (Se los debemos a Paloma Aguilar, estudiosa de la memoria colectiva que impulsó la primera encuesta).

De las dictaduras se hereda el problema de cómo recordar u olvidar el consentimiento de la gente, con la ventaja de que el silencio puede reinterpretarse; de las guerras, sin ese beneficio, el de la reconciliación. En los gestos se puede o no creer. Porque no tiene dogmas, la reconciliación que vale es la democracia.

La guerra civil se pareció poco a lo que enfrentaba a un soldado de un prisionero en un lager alemán, en la extravagante imagen de Iglesias. Para encontrar una ferocidad parecida en la contienda entre el terror blanco (o azul) y el terror rojo hay que ir a otras guerras civiles. En Finlandia, en menos de cuatro meses de 1918, pudo morir el 1,2% de la población. En España, y a falta de identificar y sepultar a muchos desaparecidos en la retaguardia nacional, las víctimas pudieron ser entre el 1,3% y más del 2% de sus habitantes, incluyendo la primera posguerra. En ambos casos hubo asesinatos de no beligerantes, masacres y participación de civiles en acciones descentralizadas.

La diferencia entre ambos países, la superioridad, moral o de cualquier tipo, es la democracia. El dictador no se ganó esa indulgencia

En ambos casos, los blancos mataron más, pero tuvieron más tiempo y medios para hacerlo, sobre todo en España. Mal se sostiene la superioridad moral sobre el hecho de que el terror nacional fuera 1,5 o 2,5 veces más violento que el terror en la retaguardia republicana. Sin ser iguales, los dos siguieron algunas pautas semejantes y pueden explicarse por parecidos motivos de competición política y revancha, como muestra el estudio de Laia Balcells, publicado por la Universidad de Cambridge (Rivalidad y venganza). En una guerra civil hay historias individuales que pueden ser edificantes; la historia colectiva solo lo es si nos mentimos.

¿Cómo acabaron los finlandeses su guerra? Con una Constitución pluralista, aunque se impusiera de momento el consenso anticomunista de los vencedores; unas elecciones en las que el caudillo militar blanco (Mannerheim) quedó segundo y se retiró de la política; una amnistía para los rojos encarcelados, decretada por un presidente conservador que creía en la reconciliación; y el compromiso de la socialdemocracia, que se convirtió en el partido más votado, de repudiar las vías ilegales. 10 años después de la guerra el líder socialdemócrata, ejerciendo como primer ministro, “aceptó el saludo” de la Guardia Civil, cuerpo de los principales perpetradores de fusilamientos de sus camaradas; 20 años después, algunos socialdemócratas se alistaban en la Guardia Civil para resistir a los soviéticos.

Tras el levantamiento de las leyes anticomunistas, Finlandia se convirtió en el país de la Europa democrática donde más tiempo ha participado la izquierda radical en el Gobierno: la Liga Popular (comunistas) hasta los años ochenta y después la Alianza de izquierdas. Pero blancos y rojos erigieron sus propios monumentos, y se tardó más de medio siglo en equilibrar la memoria simbólica, dominada por los blancos. A Mannerheim se le recuerda en un museo y en estatuas ecuestres; de vez en cuando alguien escribe “asesino” en el pedestal.

La diferencia, la superioridad, moral o de cualquier tipo, es la democracia. Franco no se ganó esa indulgencia.

Alberto Penadés es profesor de Sociología en la Universidad de Salamanca

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