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Cicatrices invisibles, legado de una infancia bajo el ISIS

Proclamada la era post-ISIS, miles de víctimas menores de edad se enfrentan a las secuelas de abusos físicos, sexuales y psicológicos conforme los niños soldado cumplen pena

Hasan (de rojo) y sus amigos pasan junto a un coche destrozado en la ciudad siria de Al-Tabqa, en mayo de 2017. Hasan y su familia han tenido que cambiar de ciudad dos veces debido a la violencia, lo que le obligó a dejar la escuela en el grado 3.
Hasan (de rojo) y sus amigos pasan junto a un coche destrozado en la ciudad siria de Al-Tabqa, en mayo de 2017. Hasan y su familia han tenido que cambiar de ciudad dos veces debido a la violencia, lo que le obligó a dejar la escuela en el grado 3. Unicef

Siete de cada 10 niños en Siria sufren estrés postraumático, reza un informe de la ONG Save The Children. En lo que queda del núcleo familiar de Ramzía, las estadísticas fallan. Sus cuatro hermanos manifiestan severos síntomas de trauma, legado de su pasaje por el califato del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés). Ramzía tenía cinco años cuando fue secuestrada junto a sus hermanos y padres por el ISIS. Se la llevaron de noche y por sorpresa aquel fatídico 3 de agosto de 2014. Derribaron la puerta de su casa en el poblado de Guerzele, de la región iraquí de Sinyar.

Degollaron a su padre y hermano mayor ante sus ojos y a las mujeres se las llevaron como esclavas sexuales. Al igual que asesinaron a otros entre 2.000 y 5.500 vecinos también miembros de la minoría religiosa yazidí. Sin tiempo para duelos, comenzó un calvario que habría de alargarse durante 16 meses. Ramzía y los suyos fueron comprados y vendidos hasta en tres ocasiones. Desde Sinjar a Mosul y de ahí a Raqa, en Siria, y la entonces capital del hoy defenestrado califato. Para los secuaces del ISIS, los yazidíes son paganos, ganado que vender en el mercado y esclavizar en casa. Su último dueño fue Abu Shuyaa. Pagó 10.000 dólares —8.841 y 14 céntimos de euro— por la libertad de la pequeña y de cada menor. El doble por su madre.

“Abu Shuyaa era un comerciante iraquí que hacía tiempo recorría el trayecto entre Mosul y Raqa, así que tenía relaciones con gente del ISIS por lo que las familias recurrían a él para comprar a los parientes que lograban localizar”, explica en una video llamada de Whatsapp Audi Aris Suleimán, director del orfanato Ain Sifini, sito en la provincia iraquí de Mosul. Las ultrajantes vivencias de Ramzia no son únicas en este centro donde otros 40 huérfanos de 2 a 18 años asisten a clase y reciben un techo, alimentos y ropa. La ONU estima que unos 6.000 yazidíes fueron secuestrados. Centenares de esas mujeres y niños siguen en paradero desconocido.

Ramzía lleva el pelo recogido en una trenza. Su tímida sonrisa no logra disimular las profundas ojeras sobre las que reposan unos esquivos ojos. “¡No me acuerdo!”, grita la pequeña en cuanto el director comienza el relato de la fatídica noche. Dejando caer el móvil, sale disparada en dirección a lo que parecen unos columpios. A pesar de que el orfanato asegura contar con la asistencia de psicólogos, las heridas de estos niños son muy profundas y en su entorno inmediato el umbral de tolerancia hacia los relatos de violencia se antoja demasiado elevado.

Centenares de mujeres y niños yazidíes siguen en paradero desconocido

En la guerra siria, como en todas las guerras, los niños siguen siendo el eslabón más débil. Los defensores de los derechos humanos hablan de "la generación perdida" que no ha pisado un aula en ocho años. O de la generación apátrida, por ese medio millón de recién nacidos, refugiados de facto, en los países limítrofes. En los informes se denuncia la normalización del matrimonio infantil para ellas, o del abuso de los menores forzados a trabajar o mendigar, para ellos. Luego están los que vivieron el califato bajo un ejército de 150.000 radicales en un territorio de 100.000 kilómetros cuadrados a horcajadas entre Siria e Irak. Según los datos que maneja la Coalición internacional liderada por EEUU, el ISIS reinó sobre una población de 7,7 millones de personas, la mitad de ellos menores.

“Ramzía fue diariamente apaleada y sospechamos que fue abusada sexualmente como sus hermanas y madre”, continúa impertérrito Suleimán. “Otras fueron separadas de sus padres y no sabemos qué ha sido de ellas”, apostilla. “Cada niño externaliza el dolor de una forma distinta”, precisa la siria Whifa Shellaby, psicóloga en un puñado de asentamientos informales del Valle de la Bekaa, en Líbano donde el ISIS instauró un mini califato durante tres años. “Algunos niños tienen incontinencia y se orinan encima al oír un estruendo, otros se vuelven agresivos”, agrega.

Basta pasar una noche en un campo de desplazados en Siria o de refugiados en Líbano, Jordania o Turquía para percatarse de que lo peor que les ha ocurrido a estos niños es precisamente lo que no dicen, lo que no recuerdan. Durante el día los caminos de los campos son un continuo trajín de risas y carreras. Por las noches, los inconsolables llantos destierran el silencio y, con él, el descanso hasta que los sollozos ponen fin a reincidentes pesadillas. Los relatos de las madres sirias se repiten de Líbano a Turquía con hijos que perdieron el habla “de repente” tras un bombardeo en Raqa o al ver la cabeza de un hombre rodar por el suelo. O aquellos niños que lucen un mechón de pelo canoso en la parte delantera del cráneo “por el miedo”.

De víctimas a verdugos

A Fawaz, hermano mayor de Ramzía, lo decapitaron en su casa. A muchos otros jóvenes de su edad se los llevaron para engrosar las filas del ejército negro. Convertidos en verdugos por el ISIS, cerca de un centenar de niños soldado cumplen penas en el correccional Hori de la región kurda de Qamishli, en el noreste sirio. “Tienen entre 12 y 17 años y han sido condenados a entre tres y siete años de cárcel”, cuenta al teléfono y desde Qamishli Nuyan, del centro mediático del centro. Lo gestionan las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS, un compendio de milicias lideradas por los kurdos y principales aliados de Washington en suelo sirio). En las instalaciones no hay ningún ciudadano español, asegura la portavoz, pero por sus literas han pasado “europeos, rusos y paquistaníes”.

Es en las aulas donde los psicólogos aseguran que los menores tienen mayores oportunidades para cerrar las heridas infligidas por el ISIS

Algunos adolescentes del centro son hijos de muyahidines extranjeros. Otros, son simplemente víctimas de la pobreza o de la geografía, ora secuestrados, ora entregados por sus progenitores a cambio de sueldos mensuales de 80 a 200 euros. “Las cortes locales [vinculadas a las FDS] solo juzgan a los muyahidines árabes [por sirios e iraquíes]”, añade para después explicar que no existe un procedimiento claro para el resto de menores occidentales que lucharon con el ISIS. No logramos hablar con uno de los jóvenes que ha de cumplir 18, como estaba previsto, debido a las “nuevas órdenes de arriba que prohíben dar entrevistas a la prensa extranjera”. Los que cumplen la mayoría de edad son trasladados a cárceles.

“Todo comienza en la escuela”, se lee en la página 33 del número 12 de la Revista Dabiq, el instrumento de propaganda del califato. En las siguientes líneas llama a sus seguidores a retirar a sus hijos de las escuelas kufar (paganas) para insertarlos en las del ISIS. Para Ramzía todo parece terminar en la escuela, allí donde las clases de dibujo y los juegos en los columpios se convierten en válvula de escape para digerir el pasado a tan corta edad. 'A problemas globales, respuestas locales' parece ser la filosofía que siguen los kurdos en Siria, y los yazidíes en Irak. A los niños soldados en el correccional sirio les quedan los ensayos de obras de teatro y las clases de algún oficio como el de barbero. Es en las aulas donde los psicólogos aseguran que los menores tienen mayores oportunidades para cerrar las heridas infligidas por el ISIS.

Los cachorros del ISIS crecen entre rejas

Dibujo de un niño anónimo residente en un campo de desplazados internos en territorio sirio, en 2016
Dibujo de un niño anónimo residente en un campo de desplazados internos en territorio sirio, en 2016 Unicef

N. S.

Al menos 1.500 menores extranjeros de entre 9 y 15 años han sido formateados en los campos de entrenamiento del califato, bautizados como "los cachorros del ISIS" y se les ha robado no solo la infancia sino hasta el derecho de ser víctimas de guerra. Los Gobiernos occidentales temen que el retorno de las familias de sus yihadistas se convierta en un caballo de Troya del terrorismo en suelo europeo o norteamericano. Y, sin embargo, los sociólogos coinciden en que la ‘exclusión social’ ha sido el factor detonante para que decenas de menores europeos se sumaran a las filas del ISIS.

Los más afortunados del correccional Hori en la norteña ciudad kurda de Qamisli, reciben una visita semanal. “Algunas de sus familias están en el campo”, puntualiza la portavoz del centro. Por “campo” hace referencia a los tres centros edificados en el norte de Siria donde las FDS mantienen recluidas a las familias de los yihadistas extranjeros a la espera de instrucciones.

La agencia de noticias AFP eleva a 150 el número de menores de nacionalidad francesa (la mayoría por debajo de los seis años de edad) que permanecen recluidos en los campos de Siria. París asegura que los menores podrán ser repatriados, pero que sus madres habrán de ser juzgadas en Siria e Irak. El que las autoridades europeas dejen en manos de entidades no reconocidas como Estados, como las milicias de las FDS, o de países como Irak, donde está en vigor la pena de muerte, ha desatado las críticas de organizaciones defensoras de los derechos humanos.

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