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“Mamá, no me dejes morir. Díselo a Dios, por favor”

Thiago, Wanderson y el chico sin nombre

Paren de matarnos. San Pablo, octubre de 2018.
Paren de matarnos. San Pablo, octubre de 2018. REUTERS
Río de Janeiro

Vidas desperdiciadas en el país de la violencia. Brasil, una de las naciones con mayores índices de homicidios y de muertes violentas del mundo, pretende resolver el problema con más armas y más impunidad.

Todos los días es así. Siempre lo fue: unos contra otros. Unos y otros contra todos. La policía y los traficantes intercambiando tiros, disputando el territorio, trabando su guerra sin fin. Inventando un futuro de muerte y dolor. Disparando hacia cualquier lado, sin otra dirección que los cuerpos frágiles de quienes habitan esas barriadas repletas de niñas y niños descalzos. Arrojando balas por doquier, municiones fulminantes que rasgan vidas, que destrozan ilusiones, que tiñen de sangre la tierra seca de las favelas. Allí, donde vive la gente buena, las trabajadoras, los trabajadores y sus familias. Familias iguales a la tuya, a la mía, a la de casi todos, gente como tú o como yo, pero muy pobres. Eso: pobres. Por eso: pobres. Aquellos a los que, cuando se aproxima una elección, les prometen un futuro de felicidad y redención.

Siempre fue así: malos contra malos. Robando todo lo que se interpone en su camino. Especialmente, vidas.

Un libro y una plaza, símbolos de la vida y de la libertad. Un niño y un libro, en la plaza de una favela igual a tantas otras, pero que alguien cruelmente fundó con el nombre de Ciudad de Dios.

Todos los días. Todos los santos días. Y así fue el viernes pasado, cuando Thiago estaba en una plaza y su espalda fue desgarrada por una bala que esta sociedad indiferente a la muerte, llama “perdida”. Miles y miles de balas perdidas, que deambulan errantes por el cielo sin vida de Río de Janeiro, de San Pablo o de Recife, de Belo Horizonte o de Salvador. Balas que se encuentran cuando se pierden vidas como la de Thiago, un chico de 14 años que leía un libro en una plaza. Un libro y una plaza, símbolos de la vida y de la libertad. Un niño y un libro, en la plaza de una favela igual a tantas otras, pero que alguien cruelmente fundó con el nombre de Ciudad de Dios.

Y así fue también el sábado, cuando Wanderson se despertó en medio de la noche por el intercambio de tiros. Asustado, trató de cerrar la ventana y otra bala perdida encontró lo que buscaba: una muerte más, una vida menos. A Wanderson no se sabe quién lo mató. O sí: lo sabemos todos, porque a Wanderson lo mataron también por la espalda, sin que se diera cuenta. Las balas perdidas son así: cobardes, traicioneras. A los pobres siempre los matan por detrás, sin que hayan hecho otra cosa que comenzar a soñar. O ni siquiera eso. Wanderson tenía 15 años y vivía en el Morro de la Fe. Esa maldita costumbre que tiene este país de ponerle nombres sagrados a lugares que parecen el infierno.

Siempre fue así. Como el domingo pasado, cuando un muchacho que parecía tener 17 años pasaba con su bicicleta por una calle de la favela de Manguinhos, y comenzaron los tiros. Su cuerpo se desparramó deshilachado por el asfalto desgastado, su cuerpo destrozado, el cuerpo sin nombre de una vida lacerada. Fueron los policías, dijeron algunos silenciosamente. Fueron los traficantes, dijeron otros sigilosamente. Fueron ambos. Como siempre: ambos, unidos contra la vida de los que no pueden vivir porque aquí se traba una guerra sin otra ley que la impunidad. A este joven de 17 años, cuyo nombre aún no sabemos, lo mataron por delante y por detrás. Estorbaba en el tiroteo. O quizás no. Quizás era la razón que daba sentido a esa ignominiosa y ensordecedora balacera de odio y dolor. Ninguno quería errarle. Lo único que queda cuando se tirotean policías y traficantes es gente inocente muerta, familias destrozadas, vidas transformadas en despojos.

Siempre fue así y así fue el viernes, el sábado y el domingo. Así fue ayer y así será hoy. Así será mañana.

A Thiago, a Wanderson y a ese chico sin nombre los mataron en Río de Janeiro, cuyo nuevo gobernador acaba de anunciar que la solución a este desastre humanitario será: “apuntar a la cabeza y disparar”. Vivían en un país donde se cometen 60 mil homicidios cada año, casi todos de jóvenes como ellos: negros, pobres, favelados, con nombre, innominados.

Lo único que queda cuando se tirotean policías y traficantes es gente inocente muerta, familias destrozadas, vidas transformadas en despojos.

A Thiago y a Wanderson lo lloraron desconsoladamente sus madres, abrazando sus fotos, la camisa que más les gustaba, el libro que leían, el futuro que añoraban. Al chico sin nombre lo llorará su madre cuando sepa que se lo mataron por delante y por detrás.

Ni la familia de Thiago ni la de Wanderson tenían dinero para enterrarlos. La del chico sin nombre tampoco lo tendrá. Siempre fue así. Los pobres se ayudan entre ellos, hasta para enterrar sus muertos.

Thiago tenía 14 años y murió en los brazos de su madre. Le suplicó que no dejara que eso ocurriera, que, “por favor, mami”, se lo pidiera a Dios. Y ella se lo pidió. Pero Dios no la escuchó. Quizás, porque estaba siendo convencido por Bolsonaro de que la mejor forma de acabar con esta violencia infame será llenando el país de armas.

Thiago, que murió en los brazos de su madre, sin saber por qué.
Thiago, que murió en los brazos de su madre, sin saber por qué.

 

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