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La cándida Europa

Fuerzas antieuropeas utilizan sin escrúpulos recursos comunitarios para llevar a cabo su particular sabotaje a la UE

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en Estrasburgo, este martes.
El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en Estrasburgo, este martes. REUTERS

En las últimas semanas, diferentes analistas han alertado del peligro real que corre la democracia en Europa. Por citar solo algunos, Mark Leonard firmó una tribuna global titulada Presentes en la destrucción, el francés Dominique Moïsi publicó su Estrategia para los liberales, Anne Applebaum lanzó “un aviso desde Europa”, y en estas mismas páginas José María Lasalle defendía “un liberalismo crítico”. Todos ellos van más allá de la constatación de la subida de las fuerzas antieuropeas y antidemocráticas, y apelan a librar batalla. La pregunta en los próximos meses será determinar el “cómo”

En la clásica escena del garaje en Todos los hombres del presidente, Garganta Profunda aconseja a los periodistas de The Washington Post seguir el rastro del dinero. Salvando las (astronómicas) distancias, la frase parece ilustrar de forma bastante atinada una de las mejores armas de las que dispone la UE para responder al desafío planteado. Basta esta vez con seguir el propio dinero europeo para desenmascarar una práctica extendida durante años que ha consistido en dejar que las fuerzas antieuropeas utilicen sin ningún escrúpulo los recursos comunitarios para llevar a cabo su particular agenda de sabotaje.

El mejor ejemplo de esta práctica ha sido Marine Le Pen. Hace apenas dos años la justicia europea acabó por condenarla en firme a devolver 300.000 euros después de que hubiera desviado para sus apaños franceses los fondos a los que tenía acceso como eurodiputada desde 2004. Aunque oficialmente el motivo fuese un empleo ficticio, es de suponer que alguien debió cansarse de oírla decir que la Eurocámara era una abominación destinada al desagüe, mientras ella, su padre y su pareja utilizaban —los tres como miembros del Parlamento Europeo— los recursos y la tribuna mediática que de otro modo no habían conseguido en las contiendas electorales estatales (a Nigel Farage le sonará un tanto).

Esta condena parece haber abierto los ojos a las instituciones comunitarias. ¿Hay que replantearse según qué políticas de ayuda financiera sin una clara rendición de cuentas —ya no solo en materia de política pública o de evaluación de impacto, sino también en materia de valores—? En los últimos 12 meses, la UE ha recortado 70 millones de ayuda para Turquía por la deriva autoritaria de Erdogan, ha estrenado ofensiva financiera y judicial contra la deriva autoritaria en Hungría y Polonia, y acaba de restringir por primera vez las ayudas a dos partidos de extrema derecha. Lo curioso es que en todos estos casos la UE se ha preocupado siempre de defender su posición desde un punto de vista normativo, como si fuera tabú hablar de valores.

¿Quién defiende Europa desde dentro? ¿Cómo debemos encarar el próximo ciclo europeo? ¿Hay esperanza para el ideal de integración?

Y es esta precaución la que ilustra el delicado equilibrio que mantiene la UE a la hora de proteger sus intereses. Aunque Europa sea la presa predilecta de todas las críticas, la UE sufre un trauma que podríamos llamar infantil, puesto que va ligado a su naturaleza. Por su carácter fluctuante, por la falta de un momento fundacional que legitimara de una sola vez y mediante un artificio como el we, the people la existencia de algo llamado Europa, el proyecto comunitario sufre un cierto pánico a paliar la autoagresión. En Bruselas no se devuelven las bofetadas de los Estados ya que inconscientemente se sigue pensando que el proyecto de integración sigue dependiendo de ellos, y es, incluso, reversible.

Hay una razón más que explica el conflicto interno a la hora de castigar nuestras propias derivas (excepto si la deriva es de corte económico, entonces esto del castigo parece estar bastante más asumido): nuestro apego a la libertad de expresión, a la pluralidad y al razonamiento crítico. El caso francés es revelador del peligro de abonarse también al relativismo. Brice Teinturier, en su último libro, FRAP attitude, explica cómo la sociedad francesa ha llegado a promover tanto la duda cartesiana como método de pensamiento político que hemos acabado dudando hasta de los valores fundacionales de la République. Alain Duhamel lo explicaba también muy bien en su libro reciente Les pathologies politiques françaises. El deporte nacional francés (¿y el europeo?) hoy en día es la autodenigración y la pasión por el declinismo. Hay una fatiga del optimismo desde hace tiempo y los valores son hoy carne de cañón.

En resumidas cuentas, nuestra propia cultura política provoca un cierto bloqueo a la hora de hablar de una Europa que tenga una agenda proactiva y ofensiva en materia de valores. Es probable que en otros periodos históricos este titubeo fuese un mal menor —o que la presencia de un bloque externo propiciara la comunión—, pero en la época de Trump o del Brexit, la pregunta no es retórica: ¿Quién defiende Europa desde dentro? ¿Cómo debemos encarar el próximo ciclo europeo? ¿Hay esperanza para el ideal de integración? Mientras, cómodamente, algunos dudamos cartesianamente sobre todas estas cuestiones, ojalá la UE siga cerrando el grifo de los euros. Por algo se empieza, ¿no?

Dídac Gutiérrez-Peris es consultor en opinión pública comparada y da clases de Asuntos Europeos en Sciences Po Paris @didacgp

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