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¿Cuándo dejamos de pasarlo bien?

Ciertas felicidades, como ciertos amores, se sabe que lo han sido con tanto retraso que uno se pasa la vida maldiciendo haber estado, no estar

Björn Borg y Mariana Simionescu, 1983, Monaco.
Björn Borg y Mariana Simionescu, 1983, Monaco. Getty Images

Hay varios momentos impresionantes en la película Borg/McEnroe sobre la mítica final de 1980 en Wimbledon, pero en el más impresionante de todos no sale ni Björn Borg ni John McEnroe. Ocurre poco después de que Borg despida a su entrenador en Londres y éste, que lo modeló desde niño (“prométeme una cosa: no dejes mostrar un puto sentimiento nunca más”), se encuentra a la prometida de Borg, la tenista Mariana Simionescu, en el pasillo. Los dos entran en la habitación y recuerdan los primeros tiempos, cuando Borg conoció a su chica en Roland Garros (“me llamó por teléfono a mi habitación, parecía estar leyendo un guión”). Ella y Bergelin hablan mientras beben y fuman. Repasan todo: los viajes, las victorias, las fiestas. Entonces Simionescu pregunta: “¿Cuándo dejamos de pasarlo bien?”.

La frase emparenta con aquella antológica de Michi Panero después de contar cómo bajaron a su padre muerto por las escaleras de la casa de Astorga, con tan mala suerte que una mano de su padre se descolgó de la camilla y fue chocando con cada escalón produciendo los primeros ruidos de un muerto en el otro mundo. Panero dice que salió a la calle gritando: “¡Éramos tan felices!”, que es una de mis frases favoritas de todos los tiempos porque siempre tengo la sensación de haber sido feliz, nunca de serlo. Y a veces pienso que ciertas felicidades, como ciertos amores, se sabe que lo han sido con tanto retraso que uno se pasa la vida maldiciendo haber estado, no estar. A la manera perversa en que Cicerón anunció la ejecución sin juicio de unos conspiradores: Vixere. O sea, han vivido.

En Simionescu la frase encerraba un sentido terrible, porque efectivamente siempre hay un momento de la misión en que todos lo dejan de pasar bien, y eso se produce además porque la misión está teniendo éxito. La cima helada de Borg, a las puertas de su quinto Wimbledon, es un calvario diario y una tiranía psicológica. La literatura ama a los perdedores y se obsesiona con su épica, pero ganar puede acabar siendo un trastorno mucho mayor. A esa victoria tiene que seguirle otra y otra. La presión lo destruye todo. El propio Borg se lo dice a su entrenador antes de empezar Wimbledon: “Nadie recordará que gané cuatro veces aquí: me recordarán por haber perdido la quinta”.

En ese juego de apariencias tiene un sentido magnífico la disección que Borg hace de McEnroe cuando él y Simionescu lo ven en rondas preliminares tirando la raqueta, insultando al público y al árbitro. “Está descontrolado”, dice ella. “No, al contrario”, dice él: “Mira”. Y McEnroe, después de una retahíla de insultos, termina haciendo un ace. Mientras, Borg, el tenista sin emociones al que nada afecta, vive dentro de una exigencia militar llena de pequeñas rutinas y obsesiones supersticiosas. “No es humano”, dice McEnroe. “Al contrario, es un volcán”, le responde su amigo.

Después de siete meses de matrimonio, Michi Panero se divorció de su primera mujer, Paula Molina, en una de las separaciones más poéticas del mundo. “Volvería a casarme con él”, dijo ella al salir del juzgado. “La quiero. Es algo contra lo que no puedo luchar”, dijo él.

Björn Borg y Mariana Simionescu se separaron en 1984. Él se arruinó, se enganchó a las drogas, quiso subastar sus trofeos de Wimbledon y revivió en algún momento. Simionescu no volvió a formalizar ninguna relación sentimental. En 2017, 23 años después de su divorcio, dijo que seguía enamorada de Borg. “Yo no sé si fui el amor verdadero de Björn. Él lo es para mí. Estaba tan enamorada que no recordaba ni mi nombre”, dijo. Lo cual responde a su pregunta: “¿Cuándo dejamos de pasarlo bien?” Siempre y nunca.

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