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La mujer que da la cara por Melania Trump

Stephanie Grisham es la directora de comunicación de la primera dama y a ella se atribuyen las salidas airosas de controversias que podían haber dañado irremediablemente su imagen

La directora de Comunicación de Melania Trump, Stephanie Grishamn, en la Casa Blanca, el pasado 24 de agosto.
La directora de Comunicación de Melania Trump, Stephanie Grishamn, en la Casa Blanca, el pasado 24 de agosto.

Cuando Melania Trump se mudó definitivamente a la Casa Blanca en junio de 2017 llegó a creer que su vida podía seguir siendo despreocupada. Solo unas horas después de instalarse capturó las impresionantes vistas que tenía desde su ventana del monumento a Washington y tuiteó la imagen acompaña de un inocente texto: “Esperamos los recuerdos que haremos en nuestro nuevo hogar”.

No tardó en comprender que cada uno de sus movimientos sería diseccionado al milímetro.
Han pasado 15 meses desde ese día y la primera dama estadounidense sigue siendo, según reflejan los medios de comunicación del país, una mujer que continúa adaptándose a su nueva vida.

Melania Trump y su directora de Comunicación, Stephanie Grishamn, en Malawi el pasado 4 de octubre. ampliar foto
Melania Trump y su directora de Comunicación, Stephanie Grishamn, en Malawi el pasado 4 de octubre.

The New York Times afirmaba en un artículo publicado el pasado agosto, que no tiene muchos amigos en Washington y que al menos una vez al mes vuela a su casa de Nueva York donde se reúne con su hermana, su estilista y asiste a reuniones y eventos. Ocuparse de su hijo Barron, de 12 años y atender a sus actividades públicas, que siguen recibiendo el calificativo de moderadas si se comparan con la de anteriores inquilinas de la Casa Blanca, llenan el resto de su tiempo.

Pero sigue vigilada y no se puede negar que en los últimos meses se ha tenido que enfrentar a una sucesión de tsunamis de gran repercusión mediática. En este proceso ha tenido una aliada incuestionable que ha mirado por su prestigio y ha dado la cara por ella. Se trata de Stephanie Grisham, su directora de comunicación, una persona de quien se conocen pocos datos personales más allá de que tiene 40 años, es madre soltera de dos hijos Kurtis, de 18 años, y Jake de 10 y que pensó que aceptar este puesto le permitiría tener algo más de tiempo para cuidar de su hijo menor. No era difícil imaginarlo porque venía de dieciséis meses trabajando en el servicio de prensa de Donald Trump, labor a la que dedicaba una media de 15 horas diarias.

Además en los mentideros próximos a la Casa Blanca, Melania Trump se retrata como una primera dama aislada conscientemente del caos y las filtraciones del Ala Oeste —la destinada al presidente— y parapetada en el Ala Este —la suya— rodeada de un equipo reducido de 10 personas si se compara con las más de 25 que trabajaron para Michelle Obama o Laura Bush.

En este escenario desembarcó Grisham, una ferviente republicana que cayó rendida ante el candidato Donald Trump cuando se cruzó con él en las primarias. Grisham ya había trabajado para la campaña a la presidencia de Mitt Romney en 2012 y no dudó en declararse públicamente “devastada por la reelección de Barack Obama”. En enero de 2015 pasó a ocupar la secretaría de prensa de la Cámara de Representantes de Arizona hasta que su fascinación por Trump la inclinó a pedir un permiso no remunerado para unirse a su campaña a tiempo completo en mayo de 2016. Una época que ha calificado como “un pequeño sacrificio para mejorar el futuro".

Desde que está al servicio de Melania Trump sigue una máxima: “Ayudar a la primera dama a comunicar su mensaje unificador y de empoderamiento”. Sea lo que sea lo que signifique esa grandilocuente frase nadie duda de que se ha empleado a fondo. En cierta manera se atribuye a Grisham que Melania haya salido medio airosa de episodios que podrían haber socavado aún más su imagen.

A ella le otorgan el mérito de que el escándalo de Stormy Daniels –la actriz porno que ha detallado su relación sexual con el presidente– no haya enviado a Melania al foso eterno de la humillación y se haya logrado reconvertir en una imagen positiva de la primera dama, digna y estoica en su posición. O que algunas de sus controvertidas elecciones estilísticas para actos oficiales hayan revertido en un discurso feminista: “Mejor que se concentren en lo que hago, no en lo que me pongo”, publicó The Washington Post que dijo Melania Trump ante las críticas que desató la elección de un sombrero salacot, de connotaciones colonialistas, para pasearse por Nairobi (Kenia) en su primer viaje oficial en solitario.

Antes la primera dama ya tuvo que aprender la lección de que no se deben elegir unos stilettos para visitar Texas tras las inundaciones causadas por el huracán Harvey. O que debe leer las frases escritas en la espalda de sus chaquetas si no quiere ser dilapidada o utilizada. Ocurrió cuando eligió una chaqueta de Zara de color caqui que llevaba impresa la frase 'Realmente no me importa, ¿Y a ti?'. Unas palabras totalmente inadecuadas para visitar un centro de niños migrantes en la frontera con Texas muchos de ellos separados de sus padres por las políticas racistas de su marido.

Entonces él trató de justificarlo como un mensaje que su mujer lanzaba contra los medios y las fake news: “Melania ha aprendido lo deshonestas que son, ¡y realmente ya no le importa!”, escribía en su Twitter.  Su directora de comunicación no dudó en posicionarse en favor de su representada e incluso a riesgo de llevar la contraria a su admirado Trump, afirmar que no había mensaje oculto en la controvertida chaqueta. Alguien debe cubrir las espaldas a la primera dama. 

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