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Columna
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Casado no es Salvini

Cada uno tendrá que escoger qué prefiere perder: votantes, mensaje o principios

Pablo Casado durante su visita ayer al puerto de Algeciras.
Pablo Casado durante su visita ayer al puerto de Algeciras.JORGE GUERRERO (AFP)

No, Pablo Casado no es el Salvini ni el Le Pen español. No lo es porque no lidera un partido nacido al calor del discurso antiestablishment, sino que preside precisamente al que mejor representa la idea de élite atada al poder. Corresponsable, entre otras cosas, de la política migratoria y de integración europea que ha seguido España en las últimas décadas. ¿Ha sopesado esto Casado detenidamente, antes de lanzarse al ruedo de la inmigración, de las críticas a la UE?

Probablemente, sí. Como también lo hicieron los partidos homólogos del PP en Francia, en Italia, en Holanda o en Hungría. Esperando recoger así los beneficios de los que parece disfrutar la nueva extrema derecha europea. Soñando, quizás, que mimetizando parte de su discurso podrían cortar su avance.

Pero cuando un partido conservador tradicional adquiere mensajes propios de la derecha antiestablishment corre el riesgo de legitimarlos para que luego el votante interesado escoja al original antes que la copia. Sobre todo porque resulta difícil desligar el carácter anti de la posición en el asunto concreto. Y claro, una formación con pasado establecido no puede venderse de manera creíble como cambio radical.

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Lo cual le plantea un dilema aparentemente irresoluble al conservadurismo europeo: si no alzamos la voz contra la inmigración, llegará un emprendedor político que lo haga por nosotros. Si lo hacemos, seremos nosotros quienes le estemos abriendo la puerta. Uno del que también participa la socialdemocracia, por cierto: no son pocos los antiguos votantes de centro-izquierda que ahora exploran otros horizontes políticos.

¿Qué hacer, pues? ¿Callar o quejarse? La tercera opción, colocarse en el extremo opuesto a la nueva derecha y abogar por sociedades abiertas, con criterios de justicia social, encaminadas a superar la idea de nación como sujeto único de interés y toma de decisiones, se entiende como una renuncia a ciertos segmentos del electorado que solo están dispuestos a aceptar posiciones de corte nacionalista. Así que cada uno tendrá que escoger qué prefiere perder: votantes, mensaje o principios. @jorgegalindo

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Sobre la firma

Jorge Galindo

Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

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