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Master and Commander

La victoria de Casado condena el marianismo y consolida el modelo liberal, católico, patriótico

Pablo Casado celebra su victoria en compañía de Mariano Rajoy / En vídeo, Soraya y Pablo dan su último mitin antes de la votación (ATLAS)

Los decibielios fueron una premonición. Casado enfervorizaba a los compromisarios frente al oleaje burocrático de Soraya Sáenz de Santamaría. Y conseguía ponerlos de pie cada vez que invocaba las palabras mágicas: Dios, patria, familia, España, seguridad, vida.

No será el discurso para ganar las elecciones generales, pero sí se trataba del más idóneo para ganar el Congreso. No sólo demoliendo en añicos el poder de su rival, sino enterrando el marianismo sólo unas horas después de haberlo defendido el propio Mariano Rajoy.

El escarmiento depaupera al ex presidente del Gobierno. Lo convierte en víctima de una segunda moción de censura, como decía Carlos Alsina hace unos días. Pedro Sánchez lo evacuó del Congreso de los Diputados. Y ahora lo han exterminado sus compañeros del Congreso del PP, malogrando la campaña de su lugarteniente y la premonición con que Soraya pretendió reservar el asiento cuando puso el bolso en el asiento vacante de Mariano Rajoy.

Han sido incendiados en la misma pira Rajoy y Soraya. Y de las llamas emana el humo catártico de Casado con el regreso a las esencias. Un partido liberal, patriótico, católico. Y un timonel que vira el PP hacia estribor en la yuxtaposición de Master and Commander. Porque la polémica del máster ha sido inocua. Y porque el rango de commander se lo han concedido sus compañeros, tripulación de una nave que se recrea en el hálito conservador del azanarismo y que facilita aparentemente las cosas a Pedro Sánchez.

Le hubiera sido más difícil al líder del PSOE bregar con la ambigüedad política e ideológica de Soraya SS o con el victimismo el género. Y estaría más disputado el caladero del centro, pero la agonía del marianismo ha perjudicado a la heredera. La han abandonado sus propios compañeros, restregándole la gestión de la crisis catalana, sus dossieres del CNI, la soberbia que ha ejercido, el desapego al partido y su perfil continuista.

El Congreso de la renovación no podía ganarlo el ama de llaves de Rajoy. Casado ha sido mucho más consciente no sólo del mensaje, de la oratoria, de la mímesis macroniana -en las formas-, sino del cuerpo electoral al que se dirigía. Primero, los militantes. Y luego, los compromisarios, una vuelta de tuerca a la doctrina pepera que ha sabido abastecer en el mérito de una campaña a contracorriente. No cabe mayor antagonismo político con Sánchez. Ni más parecido en la “sorpresa” del desenlace. Las primarias, en ambos casos, han invertido las inercias naturales del sistema y de la sucesión.

Parecía  Casado la comparsa, el golden boy extemporáneo. Anunció su candidatura antes incluso de conocerse la “espantá” de Feijóo. Y era Casado el correveidile en el duelo de Cospedal y Soraya. Le ha beneficiado el fraticidio. También lo ha hecho el despecho de la propia Cospedal, aunque las interioridades sanguinarias de la trama no contradicen su mérito político y personal. Casado ha sido clarísimo e inequívoco en su estrategia. Su victoria se antoja más una regresión que una renovación, pero aloja un relevo generacional y predispone un escenario político apasionante. Primero, porque Casado es un antídoto absoluto a Albert Rivera. Y en segundo lugar porque el viaje a la derecha que requería la victoria de este Congreso cederá probablemente a una moderación cuyas ambiciones aspiran a complicarle las cosas a Sánchez, sobre todo en los asuntos derivados de la crisis catalana, de la unidad nacional, de las cargas impositivas, de las cesiones al nacionalismo, del acercamiento de presos, de las tablas de la ley constitucionales. 

Ha vencido Casado, pero también han ganado Aznar, Cospedal y puede que Sánchez, del mismo modo que han perdido -más allá de Rivera-  Soraya y Rajoy en un golpe sarcástico del santoral: de Santamaría a Santa Pola. Amén. 

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