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ANÁLISIS

¿Y qué hacemos con tantos niños solos?

Han migrado, no tienen familia, vagan por nuestras calles, algunos consiguen asistencia socioeducativa... Y en tal caso, con un menor extranjero no acompañado (MENA) lo primero, fundamental y nada fácil es construir vínculos

¿Y qué hacemos con tantos niños solos?
Unsplash

La llegada de menores extranjeros no acompañados (MENA) a la península continua su dinámica tras bajar considerablemente el número de llegados durante el invierno. Ahora, con el buen tiempo, muchos de los que viven en las calles de las ciudades costeras africanas se animan a cruzar El Estrecho vía embarcaciones marítimas o camuflados y escondidos en vehículos. Volvemos al punto de inflexión en el que nos encontrábamos hace pocos meses, y en el que estamos sumergidos desde hace décadas. ¿Cómo trabajar con este perfil de menores migrantes cuando llegan?

Pese a ser menores, es decir niños, han sufrido una dura emancipación que los ha convertido en adultos antes de tiempo, algunos se han saltado las etapas de la adolescencia y de la juventud. Para sobrevivir en las calles días, semanas y meses necesitan un espíritu de supervivencia impropio de su edad. El proceso migratorio ha marcado a la mayoría y les ha llevado a desconfiar de todo el mundo, a comparar realidades que favorezcan su desarrollo personal, a instrumentalizar a las personas y cosas que se encuentren para conseguir sus objetivos… En definitiva, los ha convertido en supervivientes.

¿Cómo separarlos de esa parte de su bagaje migratorio? Para poder llevarlo a cabo es necesaria una intervención socioeducativa que cree un vínculo entre los profesionales, la comunidad en general y el menor. Su aplicación, desgraciadamente, no es posible en los centros de acogida, que se encuentran sobreocupados. Tampoco se puede cuando tenemos una ratio de seis chavales por educador en centros que suelen superar la veintena de tutelados. No se puede aplicar una teoría educativa con un grupo numeroso porque toda intervención requiere un proceso individualizador para conseguir resultados buenos y duraderos.

Lo primero que hay que trabajar con un MENA es la construcción de tal vínculo entre el profesional y el menor. Al contrario de lo que algunos expertos piensan, lograrlo va más allá de la profesión. Se basa en la humanización del trato hacia el niño y en los gestos. Estos son los signos de puntuación de las relaciones interpersonales. El menor crea vínculos con aquellas personas que son antes humanas que profesionales. No hay que olvidar que estamos trabajando con chicos y chicas que serán futuros ciudadanos, vecinos en nuestras calles, amigos de nuestros hijos e incluso podrán formar parte de nuestras familias, creando lazos sentimentales.

Muchas veces se nos olvida utilizar prismáticos educativos que nos permitan ver desde dentro y desde fuera, desde cerca y desde lejos, la intervención que llevamos a cabo con ellos. Por eso la pregunta clave es la siguiente: "¿A nuestros hijos los educaríamos así?". Quizás esté exagerando la nomenclatura de la intervención pero, si no nos tomamos en serio nuestra labor ¿cómo pretendemos crear vínculos y formar personas?

Una vez creado el hilo que une al profesional con el menor empieza el proceso de su (re)conocimiento. En esta etapa tendremos la oportunidad de conocer a fondo al joven y, a partir de aquí, reflexionar sobre las necesidades que presenta para buscar respuestas y subrayar sus aptitudes para potenciarlas. Aquí nos encontramos con varios problemas: situaciones familiares de precariedad económica, familias desestructuradas, problemas con sustancias tóxicas, falta de construcción del yo o de la personalidad, y un largo etcétera. Toda la información que recopilemos nos debe orientar para buscarle la mejor ayuda posible.

Todos tenemos un cometido y cierta obligación en educar a estos menores para que se conviertan en futuros ciudadanos ejemplares

En esta etapa es muy importante contar con un equipo técnico y educativo competente porque si no estaríamos echando tierra en saco roto. En la mayoría de centros especializados en MENA no suele aparecer ninguna figura especializada en este colectivo; normalmente estas labores caen en manos de educadores sociales, pedagogos, trabajadores sociales y psicólogos en los mejores casos; integradores o técnicos en cualquier campo en los peores. Es cierto que en el ámbito del trabajo y educación social importa más el saber hacer de los profesionales que el título académico que tengan, pero unas nociones mínimas de conocimientos académicos es siempre recomendable.

Cuando antes mencionaba figuras especializadas en este colectivo me refería a técnicos o expertos en migraciones o en el trabajo con menores con necesidades especiales. También se hace imprescindible contar con mediadores interculturales o intérpretes que faciliten la comunicación por una parte y la convivencia por otra.

Por último y no menos importante, quería tocar ligeramente un aspecto que crea tensión y violencia en muchos centros que acogen a estos menores: la autoridad. Para muchos chicos, llegar a un centro de protección y disfrutar de los servicios que se prestan en él es su estado de bienestar particular del que despilfarran a su gusto y medida. Los profesionales (sociales, comunitarios e instituciones) tenemos el deber de concienciarles sobre su realidad y hacer un uso responsable de los recursos para no maleducarlos. La educación es el pilar más básico dentro de la protección. La responsabilidad es un pilar trasversal a la emancipación. Esta labor no es solo competencia de los profesionales que trabajan dentro del recinto residencial sino de toda la comunidad. Todos tenemos un cometido y cierta obligación en educar a estos menores para que se conviertan en futuros ciudadanos ejemplares. Llenémosles ese vacío de vinculo, protección, autoridad, modelo y afecto que la falta del entorno familiar les ha creado.