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Los otros

La profunda crisis europea se revela en esa visión de la inmigración como una suerte de quinta columna con capacidad de subvertir los rasgos básicos de Occidente

Una mujer hondureña llora mientras abraza a su hijo en el puente que hace de frontera en la ciudad texana de Brownsville, tras ser rechazados por los agentes de inmigración.

Ha sido una semana de escalofríos. Quizá el más desolador fue el de esos niños separados de sus padres en la frontera estadounidense, pero hubo otros. Con la misma expresión burocrática de la crueldad —esa ausencia de mirada ética que ha acabado por penetrar en nuestros espíritus nacionales—, Salvini propuso crear un censo para gitanos mientras en Alemania el ministro de Interior amenazaba a su canciller con cerrar la frontera. El último acto de esta tragedia lo protagonizaba de nuevo Trump, justificando sus medidas migratorias con una supuesta deriva europea: la transformación de nuestra cultura, la pérdida de nuestras viejas esencias.

Lejos de ser simples anécdotas, son síntomas del expansivo absurdo político en el que estamos, esa quiebra de consensos que parecían sustentar nuestro mundo, la sensación de vivir una situación límite para eso a lo que llamamos Occidente. Porque hace tiempo que decidimos dejar de pensar el conflicto político en términos ideológicos y nos lanzamos con paso marcial a la guerra entre culturas. Hace tiempo que Huntington venció a Fukuyama. La pérdida de nuestra posición hegemónica nos aboca a un esfuerzo inane: reforzar el sentimiento de una cultura occidental que creemos disuelta desde un “nosotros” esencialista y reaccionario.

No hace mucho nos refugiábamos en los grandes valores que supuestamente conformaban nuestra identidad, esos que solo tienen sentido si se aplican a la humanidad en su conjunto. Ahora optamos por la defensa de lo propio desde la afirmación de identidades culturales o nacionales. La profunda crisis europea se revela en esa visión de la inmigración como una suerte de quinta columna con capacidad de subvertir los rasgos básicos de Occidente. Pero la sola idea de volver a reducir lo plural a la unidad, lo distinto a la uniformidad, el conflicto a la armonía, la apelación a un dispositivo de orden superior (la raza o la nación) produce escalofríos porque ya lo vivimos. Aprendimos entonces que banalizar lo que ocurre en un país concreto estuvo a punto de derrumbar el sentido y la supervivencia de aquello que nos pertenece a todos: nuestra perenne permeabilidad, la “habilidad para vivir con los otros”, esta vez sí, nuestra verdadera identidad. @MariamMartinezB

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