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Después de Rajoy, ¿qué?

¿Cómo los dos iconos más genuinos del rajoyismo, escoltas permanentes del presidente, pueden, de pronto, simbolizar la renovación del partido?

Mariano Rajoy durante la Junta Directiva Nacional del PP.

Rajoy ha hecho coincidir su retorno al ejercicio profesional como registrador de la propiedad con el cierre de la presentación de candidaturas para sucederle al frente del PP. Ha querido dejar claro que su carrera política ha terminado y que el futuro del partido es tarea de otros. Su paso de presidente a ciudadano ha sido tan fulminante como la moción de censura que lo tumbó. Y quien ocupe su puesto no sentirá la insidiosa presión de su antecesor que él tuvo que soportar. Quien llegue no le deberá el cargo ni deberá matar al padre, porque Rajoy, incontestada autoridad del partido hasta el día 31 de mayo, no ha señalado sucesor. Algunos se lo reprochan. El PP no está acostumbrado a que las querellas de familia se diriman en el espacio público. Pero quizás Rajoy intuía lo que el repentino cambio de clima generado por la aparición del nuevo Ejecutivo ha confirmado: que el PP se había convertido en un nubarrón asfixiante hasta el punto que su salida del Gobierno produjo un espejismo: escampó y volvió el sol.

Los partidos son estructuras muy cerradas y desde dentro cuesta prevenir los naufragios y sobre todo entender que nadie es imprescindible. Al PP le han tumbado la corrupción y la cuestión catalana. Si algo ha quedado claro es que necesita una renovación a fondo: por la carga de responsabilidades no asumidas por parte de quienes han estado al frente estos años; por el oscurantismo organizativo; por el miedo a la política; por la pérdida de perfil ideológico a partir de un liderazgo encadenado al sentido común y la previsibilidad; por el hermetismo y por el autoritarismo que transmite. Por eso es decepcionante que Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría hayan saltado a la arena para competir por la presidencia poniendo sobre el escenario una lucha soterrada entre ellas que debería pertenecer al pasado.

¿Cómo los dos iconos más genuinos del rajoyismo, escoltas permanentes del presidente, pueden, de pronto, simbolizar la renovación del partido? Con ellas, Rajoy aplicó la lección primera del poder: dar toda la confianza a dos personas, a sabiendas de los recelos que generaba, para que ninguna de los dos creyera que todo el poder era suyo. ¿Piensan realmente que lo que el PP necesita es una prolongación del rajoyismo? La militancia del PP es un misterio porque no hay hábito de consultarla. Pero mirando a otros partidos aquí y fuera de aquí, últimamente las bases y los aparatos de partido han entrado en manifiesta disonancia. El alejamiento de Rajoy parecía una oportunidad para el PP de tomarse la renovación en serio, pero, después de tantos años de sumisión, donde debería vislumbrarse un relevo atrevido predominan los tics del pasado y la confusión. Probablemente es la cultura de un partido montado sobre la verticalidad jerárquica y la servidumbre voluntaria.

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