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La fuerza del ejemplo

Se ha evitado la visión icónica y dantesca de un barco a la deriva, el humillante mensaje de que hay vidas de segunda

Viajan a bordo del 'Aquarius' 60 menores no acompañados que proceden de 10 países diferentes.
Viajan a bordo del 'Aquarius' 60 menores no acompañados que proceden de 10 países diferentes. Europa Press

Cuenta la mitología griega, en una de sus versiones, que Aquarius fue quizá el hijo de Prometeo, aquel titán que robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. Como su padre, también él se ofreció a la humanidad para salvarla, construyendo un barco que la resguardase del diluvio. De nuevo, la cultura helénica nos recuerda que es posible representar problemas universales fuera de los anclajes locales. Lejos de enaltecer a un pueblo, nos muestra un mundo donde identificamos experiencias que nos afectan a todos, un mundo del que aprender que lo aparentemente enraizado en nuestro terruño puede acabar reivindicando lo común.

El gesto de acoger a los migrantes del Aquarius no resuelve el problema estructural de Europa, pues seguimos necesitando un sistema de asilo y gestión de la inmigración que sea efectivamente comunitario y que nos responsabilice a todos. Su mayor importancia reside, sin embargo, en la fuerza del ejemplo, en que a veces, solo a veces, las cosas son como deben ser. Esta unión entre un hecho concreto (acoger un barco) y el valor universal que representa (la fraternidad) tiene el enorme potencial de cambiar el mundo, precisamente porque es ejemplar. El defecto del templo democrático, nos dice Alessandro Ferrara, es que ha erigido un lugar central para ciudadanos libres e iguales, olvidándose de añadir la fraternidad.

El mensaje que emitimos al socorrer al barco es evidente: los problemas del Mediterráneo no son de Italia, Grecia o España sino de todos. Porque solo reconociendo una responsabilidad libre del albur discrecional de los Estados evitaremos la proliferación de “Salvinis”, demagogos profesionales que anulan esforzadamente esa identidad que predicamos justamente como común. Y es que no hay nada más contrario al espíritu ilustrado que afirmar que la fraternidad es superflua y que unas vidas, por supuesto las nuestras, valen mucho más que otras. Ha sido con el ejemplo como se ha evitado la visión icónica y dantesca de un barco a la deriva, el humillante mensaje de que hay vidas de segunda: vidas que no merecen siquiera ser lloradas. @MariamMartinezB

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