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Fariseísmos universitarios

Hay que dar al mercado señales de que uno es algo más. Para eso sirve el máster

Clase de la Facultad de Odontología de la Universidad Complutense de Madrid.
Clase de la Facultad de Odontología de la Universidad Complutense de Madrid.

Nos lo enseñó Ferlosio: el fariseo agradece el escándalo. Le permite exhibir su superioridad moral, decir: “Te doy gracias, Señor, porque no soy como los otros hombres”. Algo que gusta mucho entre intelectuales y académicos. En ese sentido resultaron muy ilustrativas las reacciones antes el máster de Cifuentes: los títulos como mercancías, “las discípulas” a la orden del cátedro, etétera. Como en Casablanca, saltaron muchos académicos: “¡Qué escándalo, aquí se roba!”. Algunos de buena fe. Otros agradecidos, como el fariseo.

Cuidado con los moralistas. Buena parte de la patología era atribuibles a una omnipresente perversa dinámica institucional. Un máster opera como un bien posicional. Como una casa solitaria en la playa, vale mientras otros no tienen casa en la playa. Cuando cualquiera tiene un título universitario de poco sirve un título universitario. Hay que dar al mercado señales de que uno es algo más. Para eso sirve el máster. La señal diferencial no siempre es de esfuerzo o talento. La mayor parte de ellos exige menos afanes que suscribirse a una hoja parroquial. Lo imprescindible es la barrera que establece estatus. El precio sirve. La combinación de “figuras públicas que lo tienen y altos precios” ofrece una ilusión de prestigio. Ilusión que, paradójicamente, puede acabar como autoconfirmación de calidad. Hay cursos que funcionan porque son caros, no es que sean caros porque funcionan: “Dado el pastón tengo que estudiar”.

Otras veces, cierto, la exigencia opera como filtro y marca. Muchos de los responsables de tales estudios aparecieron recordando que ellos estaban en otras ligas, en las que rigen las publicaciones, los congresos, etcétera, los conocidos protocolos diseñados para evitar que alguien pueda hablar sin rubor de “sus discípulas”. “Nosotros no somos como los casposos”, nos venían a decir. Se proclamaban libres de indecencias.

Eso decían muchos. Pero no todos podían decirlo con verdad. Entre ellos, los que en esos días invocaban su excelencia académica para defender en manifiestos (“como economistas”) a prófugos de la justicia que nos dejaron en las puertas del enfrentamiento civil. La superioridad que permitía descalificar a los casposos se ponía al servicio de golpistas. Nada muy digno. También aquí había incentivos perversos y “discípulos” en deuda, pendientes de contrato o promoción. En el fondo, los mismos protocolos de la URJC: “Mejor no discrepar con el entorno que nunca se sabe”. En corto: “para qué me voy a complicar la vida”. En fino y doctrinal: las funciones de utilidad, la baja propensión al riesgo y el juego de coordinación.

Sin duda, nadie está obligado a ser un héroe. Eso sí, cuando el amor al bien y la verdad no apuntan en la misma dirección que los intereses, mejor no ponerse estupendo. Todos participamos de sesgos, pero incluso entre los sesgos hay grados de decencia. El moralismo al calor de la tribu es poco elegante. Después de todo, el afán de verdad es un afán moral.

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