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Impaciencia

Los conductores impacientes que se saltan las normas de velocidad y no guardan las distancias de seguridad nos ponen a todos en peligro

Impaciencia
© Getty

¿Quién no ha notado alguna vez la impaciencia de otro conductor en el espejo retrovisor? Esa agresividad gratuita de un conductor desconocido que de pronto nos pisa los talones, y nos hace dudar de las señales que indican la velocidad de la vía. Nosotros estamos cumpliendo con las normas y límites de velocidad máxima, pero tenemos al impaciente de turno dispuesto a embestirnos o hacer una maniobra espeluznante para adelantarnos en prohibido. El placentero viaje por unas carreteras secundarias llenas de curvas y sugerentes paisajes de las costas españolas se transforma en una pesadilla, y uno termina parando en uno de los miradores, para que el imbécil de turno que quiere jugarse la vida nos adelante. Sabemos que está infringiendo las normas con alevosía, y vemos con indignación como se aleja a toda velocidad.

¿Qué clase de neuronas se activan en la cabeza de aquellas personas que sistemáticamente se saltan las señales de velocidad máxima y transforman su viaje en una especie de rally? A veces me pregunto si soy yo la equivocada y me he colado en la carretera de alguna competición de coches de carreras. Pero son simplemente conductores inconscientes que sufren enajenación mental transitoria al volante. Cuando se meten en su coche tal vez piensan que están en un simulador de videojuego o proyectan su ansiedad cotidiana pisando el acelerador.

Este perfil de correcaminos impaciente se da en todas las geografías que conozco. Es un fenómeno transnacional de estupidez inconsciente. He visto, en las llanuras del Medio Oeste americano, conductores adelantando sin visibilidad en plena nevada y con placas de hielo. También los he visto pasar casi rozando a los pobres ciclistas. ¿Se han olvidado del metro y medio? ¿Por qué se enfadan tanto con los ciclistas o los amish en sus coches de caballos? Las carreteras secundarias están llenas de la vida y las gentes de los pueblos que los habitan. Habrá tractores, ciclistas, rebaños y carromatos. Autobuses escolares que se detienen. Peatones que cruzan. Esos caminos son de todos, y tienen sus tiempos y sus velocidades. Los conductores impacientes que se saltan las normas de velocidad y no guardan las distancias de seguridad nos ponen a todos en peligro.

El debate de los coches autónomos me interesa. Aunque en realidad tal vez sólo necesitamos una tecnología que ajuste los aceleradores e impida a los conductores alcanzar velocidades desmesuradas. Que cuando se estén pasando les llegue por un micrófono interno la voz de los otros conductores gritándoles “¡quita el pie del pedal!”.

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