Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Mejor no venga

Este ya no es el país de Bob Dylan, es el país de Donald Trump

Control en el Aeropuerto Internacional de Miami.
Control en el Aeropuerto Internacional de Miami. Getty Images

Llevo cuatro años viajando a Estados Unidos con regularidad. Me gustan los americanos, porque en general son buena gente. Sin embargo, cada vez que aterrizo en Estados Unidos, me someten a una pequeña tortura que solo busca la exhibición del poder y de la fuerza. Tras salir del avión, llego al control de inmigración y un policía me examina el pasaporte, examina mis papeles, mis huellas digitales, el iris de mis ojos, me hace preguntas, contesto las preguntas, me vuelve a hacer más preguntas, vuelvo a contestarle. Llega el momento en que le digo al policía que escribo libros. Me sonríe. Acto seguido, mete mi pasaporte en una bolsa de plástico algo usada y me dice “sígame”. Me saca de la fila, me conduce por medio aeropuerto sin que medie ninguna explicación y me deja un sitio sin nombre. Yo le llamo “el cuartelillo”. Antonio Muñoz Molina le llama “la oficina”. En fin, todos los que lo hemos sufrido hemos intentado ponerle nombre. Lo gracioso es que ese sitio no tiene ni nombre.

La primera y la segunda y la tercera vez que sufrí este apartamiento inexplicado pensé que seguramente habría una razón y me exigí paciencia. Ahora sé que no la hay. Como mucho, se limitan a decir que tu apellido coincide con el de un “bad man”, y eso es todo. En ese segundo control de pasaporte gratuito el policía no lleva a cabo ninguna comprobación que no haya hecho ya el primer policía. Es una forma triste de entrar en un país. Da igual el país. A veces coincido en el cuartelillo con otras personas. Hace poco, con una pareja española de recién casados. Los dos estaban asustados. Como experto en la situación, les calmé, les dije que con suerte en media hora ya les dejaban entrar. Nadie sabe cuánto tiempo pueden retenerte allí. Algunas veces me da por sobreponerme a la tristeza y cobrar un poco de aliento y de valor y pedir algún tipo de explicación. Dígame en calidad de qué he sido apartado de la cola, pues tengo toda mi documentación en regla. ¿Estoy detenido por algún delito? ¿Cómo se llama este sitio en el que estoy? La policía espera que reacciones así. Entonces, por preguntar, te conviertes en un subversivo, y ya acarician las esposas con pasión. Un policía me dijo el otro día que con ese apellido me iban a retener siempre. Pensé en mi apellido y pensé en mi padre, que me lo legó. De sopetón un policía enorme, de unos 150 kilos, me dijo en español “mejor no venga”.

El rostro de los países, de todos los países, ya es el rostro de su policía de inmigración. La impunidad con que me dijo “no venga” me causó pánico, no por mí, sino por otros más desgraciados que yo. Este ya no es el país de Bob Dylan, es el país de Donald Trump, me dije. Metí mi libro en el bolso, pues se me ocurrió enseñarle un libro mío para que viera que era escritor y no un enemigo del pueblo americano, y esperé a que hiciera conmigo lo que le apeteciese. Me selló el pasaporte. Y entré en el país, con una sensación de asco para la que ya no tengo edad.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.