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EP Aventura BLOGS Por JOSÉ MIGUEL VIÑAS y ROSA M. TRISTÁN

Ríos de hielo fluctuantes

En las cercanías de la base antártica Juan Carlos I hay dos glaciares que estudian desde hace tiempo nuestros científicos. Pierden hielo, aunque con importantes fluctuaciones de unos años a otros

Salida al mar del glaciar Johnsons, en isla Livingston (Antártida).
Salida al mar del glaciar Johnsons, en isla Livingston (Antártida).

La isla Livingston, donde se localiza la Base Antártica Española (BAE) Juan Carlos I, está cubierta en su mayor parte por nieve y hielo. Los glaciares dominan la mayor parte de este territorio insular, al igual que ocurre en el resto de islas que forman el archipiélago de las Shetland del Sur y en muchos otros enclaves próximos de la Península Antártica. En esta región periférica del gran continente blanco se viene detectando en las últimas décadas (de los años 60 del siglo pasado) una pérdida neta de hielo de estos glaciares, lo que está en consonancia con el destacado ascenso que ha experimentado la temperatura en la zona. A pesar de ello, la dinámica de los glaciares es compleja y está sometida a fluctuaciones de distinto signo, que los científicos tratan de comprender.

Mapa de situación de los dos glaciares próximos a la BAE Juan Carlos I, y sus cuatro lóbulos (salidas naturales al mar): el BAE, Argentina, Las Palmas y Sally Rocks.
Mapa de situación de los dos glaciares próximos a la BAE Juan Carlos I, y sus cuatro lóbulos (salidas naturales al mar): el BAE, Argentina, Las Palmas y Sally Rocks.

En las proximidades de la BAE Juan Carlos I, ocupando la mayor parte de la península Hurd, hay dos glaciares —el Hurd y el Johnsons— que desde la campaña 1999-2000 están siendo monitorizados por un equipo de glaciólogos dirigidos por el profesor Francisco José Navarro —el IP o Investigador Principal del proyecto, en el argot empleado en las campañas antárticas—, de la ETSI Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) y miembros del Grupo de Simulación Numérica en Ciencias e Ingeniería de la citada universidad. La principal misión de este grupo de científicos consiste en caracterizar de la forma más precisa posible la dinámica de este par de glaciares, para conocer cuáles son sus balances de masas (el hielo que ganan o que pierden) y conseguir una modelización matemática lo más realista posible de ambos. Desde el año 2002, las medidas de campo que toman cada año de los glaciares se incorporan a una base de datos mundial (la del WGMS, sigla de World Glacier Monitoring Service), lo que permite llevar a cabo estudios a nivel global y regional de estos indicadores naturales del cambio climático.

La mejor forma de entender cómo se comporta un glaciar como el Hurd o el Johnsons es verlos como si fueran ríos en los que en lugar de fluir agua líquida fluye hielo, una enorme cantidad del mismo. La fuerza de la gravedad los hace desplazarse desde las zonas elevadas del interior de la isla hacia las salidas al mar, ayudados por la enorme presión que ejercen sobre la propia superficie rocosa, lo que licua el agua bajo ellos y facilita su desplazamiento. En esa dinámica arrastran grandes cantidades de materiales del terreno, convirtiéndose en el mayor agente erosivo de la naturaleza.

El glaciólogo Ricardo Rodríguez taladrando la nieve en el lóbulo BAE para introducir una estaca en el glaciar, el pasado 24 de febrero.
El glaciólogo Ricardo Rodríguez taladrando la nieve en el lóbulo BAE para introducir una estaca en el glaciar, el pasado 24 de febrero.

Para monitorizar los glaciares se emplean varias técnicas. Una de ellas son las medidas de georradar, que llevan años realizándose y que tratan de efectuarse sobre un medio terrestre (moto de nieve) o aéreo (dron, helicóptero) que permita cubrir una vasta extensión de la superficie glaciar. Sobre el terreno, se colocan también unas estacas de madera en una serie de puntos distribuidos por ambos glaciares, lo que permite conocer tanto las velocidades de desplazamiento de las diferentes zonas como la acumulación y ablación de nieve y hielo. Cada campaña se visitan todos los emplazamientos donde hay estacas (varias decenas), se miden sus nuevas coordenadas con GPS, y se sustituyen algunas que, o bien se deterioraron o quedaron cubiertas total o parcialmente de nieve.

El sábado 24 de febrero acompañé al glaciólogo Ricardo Rodríguez al lóbulo BAE, junto a tres de los guías de montaña de la base —Arkaitz, Mikel y Curro—. Lo que para ellos fue una actividad rutinaria, para mí fue una experiencia única, pues nunca antes había caminado sobre el hielo de un glaciar con crampones. Al llegar a la primera estaca el viento soplaba algo intenso, pero luego se calmó y nos vimos envueltos en la niebla, perdiéndose cualquier referencia a nuestro alrededor. Es lo que se conoce como white-out. Un blanco uniforme nos rodeaba, mirásemos a donde mirásemos. Gracias al GPS y a los tracks que llevan los guías grabados en sus dispositivos, no hubo posibilidad de perdernos.

Si bien los glaciares de esta zona de la Antártida han ido perdiendo hielo desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad, esa disminución no ha sido lineal, habiéndose dado fases en las que se han mantenido estabilizados, incluso detectándose crecimientos en algunos de ellos o en algunas de sus zonas.

Colocación de banderas para georreferenciar la parte baja del lóbulo BAE.
Colocación de banderas para georreferenciar la parte baja del lóbulo BAE.

Del estudio de los dos glaciares que hay en las proximidades de la BAE Juan Carlos I pueden extraerse varias conclusiones. Una de ellas es que cada glaciar es único, sujeto a factores tanto externos (climáticos) como internos (orografía), lo que da como resultado una dinámica particular y distinta en cada caso, con zonas de avance de hielo a distintas velocidades (de hasta más de 20 m/año en algunos enclaves como la salida al mar del glaciar Johnsons). Si bien la tendencia a largo plazo apunta a que seguirá el retroceso y la pérdida neta de hielo, eso no impide que durante determinados períodos —de varios años de duración— pueda observase un comportamiento contrario, tal y como ha podido constatar el equipo del profesor Navarro. La compleja dinámica de estos ríos de hielo antártico tan fluctuantes exige que se sigan monitorizando en campañas venideras.

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