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Vivir sin tarjeta del banco, sin número de teléfono y ahora sin 'likes' en Facebook

Vivir al margen de las normas establecidas trae problemas, pero también te deja más tiempo para dormir y puedes comer más despacio

No sé si por llevar la contraria, pero progresivamente he ido convirtiéndome en un neardental digital. Vivo sin teléfono, sin tarjetas ni cuenta bancaria y ahora me he esfumado de Internet. No quiero convencer a nadie para que siga mi camino. Nuestras abuelas llevan años diciendo que tanto teléfono, tanta conexión, tanto like y tanta modernidad no son buenos y nadie hace caso, así que supongo que a mí tampoco me lo harán.

No me di cuenta de lo raro que puede parecer todo esto hasta que el otro día fui de papeleos y burocracias. Hablando con la secretaria ella me preguntó por mi cuenta bancaria. Y le dije que no tenía. Lo siguiente fue pedirme un móvil de contacto. Y le dije que tampoco tenía. No sé qué instinto le entró a la chica al oír eso, pero me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Tranquilo… todo va a ir bien”.

Tras ese momento de incómoda intimidad con una desconocida pensé: "¿Qué es lo que no podría irme bien?". No sé, supongo que encontrarse en 2018 con un tío tan desactualizado hace suponer que acabo de salir de algo problemático, de un Delorean o de pintar bisontes en una cueva. Tendría que haber rellenado los papeles poniendo la dirección de Altamira para continuar la broma.

Os voy a contar como he llegado a dar pena y lástima a los desconocidos, cómo acabe pareciendo rupestre. Hace seis o siete años tenía banco y tarjetas, para poder permitirme caprichos. Hasta que me di cuenta que el capricho en sí era mantener la propia cuenta y las tarjetas. Así que fui al banco y lo anulé todo. Irónicamente, cuando vas al banco a cerrar una cuenta por falta de dinero tienes que… pagar más dinero. Al caer la cuenta del banco cayó también la cuenta de teléfono. Me quedé sin número y durante una temporada fui un yonqui del wifi, buscando redes ajenas para conectar mi teléfono fuera de casa y seguir contestando, pendiente de mensajes, notificaciones…

Salir a la calle y estar desconectado me creaba una especie de ansiedad: “Me estarán escribiendo o llamando, puede ser una llamada para un trabajo o alguna emergencia…”. Ya con el tiempo puedo decir que si me perdí algún trabajo me alegro por el siguiente en la lista y si me perdí alguna emergencia pues que descanse en paz, haber llamado al 112 que es mas útil; seguramente malas elecciones como llamarme a mí te han llevado a esa emergencia. Parecerá una estupidez pero el “¿y si me llaman de un trabajo?” y el “¿y si me llaman para una emergencia?” son las razones que me suele dar la gente para seguir enganchada al teléfono. No pido a nadie explicaciones, pero al ver cómo vivo yo me las suelen dar. En serio no necesito excusas, me da igual.

Después de una temporada siendo un tío con móvil -fijo, porque no lo puede usar fuera de casa-, cerré también WhatsApp y, al poco tiempo, apagué definitivamente el teléfono. Solo cumplo una “norma” familiar de llevar un teléfono antiguo, no es ni 3G ni 2G (no sé si tiene alguna G), cuando me alejo más de 80 kilometros de casa para llamar por si me pasa algo, al 112 claro. Casi nadie sabe ese número, así que tampoco se me puede llamar, pero la gente está más tranquila. Así es la vida moderna.

El último paso que he dado ha sido hace unos meses: cerré Facebook, donde siempre he sido muy activo. Era mi único de contacto con el mundo exterior, pero mantengo un Instagram desde hace unos tres meses donde me podéis mirar si queréis, aunque yo no os voy a ver a vosotros. Me he quitado la parte social, básicamente he dejado de hacer más kilómetros al día haciendo scroll con el dedo que andando, para centrarme en estudiar. No volveré a entrar o al menos no de la misma manera.

Es curioso cómo Internet antes era el sitio donde ser lo que en la vida real te podía avergonzar y ahora es el sitio que puede hacer que te avergüences de lo que eres. Nos hemos acostumbrado a ver vidas idealizadas y tener que idealizar la nuestra, hay que salir guapo en fotos, en sitios guay con gente guapa y tener muchos éxitos. No digo que Internet no sea real, pero tras filtros, poses, muecas y gestos repetidos, la realidad es menos real.

Subir algo a una red social es como una de esas escenas típicas de películas donde la fea va con las guapas a probarse ropa, sale con unos cuantos modelos fallidos hasta que encuentra el bueno, con el que consigue la aprobación de las guapas. Aquí buscamos aprobación de nuestras caras, comidas, gustos y opiniones en forma de like. Esa sensación de angustia que dura unos segundos hasta que llega el primer like ¿Y si nadie reacciona? ¿Decir esto está mal? Esas micro angustias me las he quitado.

Otra cosa que noto es que ha bajado mi apetito sexual… Es lógico, en Internet parece que vivimos en una interminable sexiaventura, hay que colocar el cuerpo en las fotos para salir apetecible y, si se puede, enseñarlo. El día empieza con los sexibuenosdias, que a veces te hacen preguntarte cómo la gente puede dormir sin pijama y hacerse esas fotos semidesnudos entre sabanas y con buena cara, en pleno diciembre. En internet siempre es verano.

Luego llega la sexi hora de la comida, la sexi hora del gimnasio y las sexi horas de ir al baño, esas fotos sexis, enseñando la parte trasera del vestido… en fin. Todo es sexi, desde fotos leyendo un libro que te parece sexi, con tu grupo de gente que también posa sexi… es guay pensar que dentro de unos años tendré que explicar a mis hijos cuando vean las fotos por qué leer, comer o levantarme de la cama me parecía tan sexi… No tengo problemas con la desnudez y la sensualidad, de hecho me parece muy bonito estar contento con tu físico y tu cuerpo, pero se nos ha ido un poco de las manos.

El tiempo pasa de otra manera cuando no esperas likes. He estado comiendo a horas normales y siempre a la misma hora, la comida se puede hacer más rápido porque no tiene que ser bonita para una foto, sirve para comer. No te acuestas cuando sabes que es hora de dormir porque ya nadie da likes, sino cuando estás cansado y puedes levantarse horroroso y legañoso porque no se lo tienes que enseñar a nadie. En general todo es larguísimo. Las películas y series duran muchísimo más cuando no estás mirando de qué te suena tal actor, quién compuso tal canción, si la película tiene premios y qué premios y qué opinión de mierda tiene otras personas sobre lo que estas viendo.

Porque esa es otra cosa muy importante: las opiniones. ¿A quién le importa tu opinión si no la cuentas en ningún sitio? De repente no eres un filósofo de Facebook ni experto en política, no tienes la solución al mundo ni de los problemas de los demás... Así que extrañamente estás más tranquilo, el mundo no depende de tu opinión para ser salvado. Años dando soluciones online a todo y no te dan ni un mísero titulo.

En fin, aquí tenéis mi opinión sobre el mundo y las conexiones. Escrita, irónicamente, en Internet. Y, si, reactivaré Facebook unos días para publicar esto y ver vuestras opiniones al respecto.

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