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Un siglo buscando alienígenas sin éxito

Desde que se inventó la radio, se planteó utilizarla para buscar inteligencia extraterrestre. La búsqueda ha recibido un importante impulso económico recientemente

El radiotelescopio Big Ear, en Ohio (EE UU), detectó una extraña señal en 1977. En vídeo, ¿dónde están los extraterrestres?

Contactar con extraterrestres fue uno de los usos propuestos por los creadores de los primeros sistemas inalámbricos para enviar información a distancia. A principios del siglo XX, Guglielmo Marconi, uno de los creadores de la radio, creía que esa tecnología se podía emplear para comunicarse con los habitantes de Marte y recibir sus señales. En agosto de 1924, el Gobierno de EE UU declaró un día nacional de silencio radiofónico para buscar este tipo de señales y pidió a los ciudadanos que durante 36 horas apagasen cinco minutos cada hora sus aparatos de radio. Se trataba así de evitar interferencias que ocultasen posibles mensajes marcianos que nunca llegaron.

Desde aquellos primeros intentos de búsqueda de inteligencia extraterrestre, nuestra visión del espacio se ha transformado. Las sondas que han fotografiado Marte desde su órbita y han aterrizado sobre su superficie muestran un desierto gélido sin rastro de civilización. Expediciones similares por todo el Sistema Solar y décadas de detección de todo tipo de señales electromagnéticas sugieren que, salvo que sean extremadamente discretos, no hay alienígenas con sistemas de telecomunicaciones en nuestro vecindario.

Una señal que se planteó como producida por una inteligencia extraterrestre acabó siendo un descubrimiento de Nobel

La exploración científica también ha desvelado que las posibilidades de mundos habitados son casi ilimitadas. Se estima que solo en nuestra galaxia hay alrededor de 200.000 millones de estrellas y que en todo el universo hay un número similar de galaxias. Son muchas oportunidades para que, en un cosmos con las mismas reglas físicas, surja la inteligencia como lo hizo en la Tierra. Sin embargo, esa misma exploración ha mostrado que el universo es inmenso y que está, fundamentalmente, vacío. La astrofísica Amina Helmi recordaba hace poco en EL PAÍS que si dos galaxias, con sus decenas de miles de sistemas planetarios, se cruzaban, seguramente no se produjese ninguna colisión. Incluso a la velocidad de la luz, a la misma que viajan nuestras ondas de radio, llegar al planeta extrasolar más cercano que se conoce requiere 4 años. Atravesar tanto vacío para encontrar a seres parecidos a nosotros, incluso aunque existan en nuestra galaxia, puede requerir siglos.

Pese a la inmensidad de estos retos, los humanos siguen buscando inteligencias extraterrestres, a veces sin poner límites a la imaginación. En octubre de 2015, se supo que el telescopio Kepler había detectado un oscurecimiento peculiar en el brillo de la estrella KIC 8462852. Aquel sol, que se encuentra a 1.480 años luz, pero forma parte de la Vía Láctea, parecía tener a su alrededor algún objeto extraño, distinto de los planetas extrasolares que busca Kepler. El entorno de la estrella parecía un batiburrillo de objetos de distintos tamaños, que viajaban a distintas velocidades y no lo hacían en un plano más o menos fijo como en los sistemas planetarios comunes. Entonces, Jason Wright, un astrónomo de la Universidad Penn State (EE UU), planteó que aquellas observaciones podían tener su explicación en una megainfraestructura creada por una civilización más avanzada que la humana para aprovechar la energía de la estrella. Un análisis realizado por 200 astrónomos y publicado recientemente descarta este tipo de construcción y considera más plausible que las distorsiones hayan sido causadas por el choque de dos cometas o por algún tipo de convulsión interna del astro.

No es la primera vez que se introduce a los alienígenas en la explicación de una observación científica peculiar. Una de las más famosas es la que rodeó la detección de unas extrañas señales en el verano de 1967. Jocelyn Bell, una estudiante de doctorado en la Universidad de Cambridge (Reino Unido), llevaba semanas observando el cielo con un gran radiotelescopio. Un día de agosto, Bell observó algo que no coincidía con las fuentes de señales de radio conocidas en el universo. Y tampoco parecía una interferencia. Tras semanas de estudio, identificó su origen en una región particular del cielo y comprobó que aquella fuente vibraba con una velocidad más propia de una señal artificial que de un objeto natural conocido. Durante un tiempo, aunque no fue la primera hipótesis, no se descartó del todo que aquellos pulsos fuesen la primera evidencia de inteligencia extraterrestre. Al final, se comprobó que la señal provenía de una estrella de neutrones, un objeto desconocido hasta la fecha. Bell Burnell no contactó con extraterrestres, pero su descubrimiento valió un Nobel. Aunque no para ella.

Pocos años después de aquella historia de hombrecillos verdes, el radiotelescopio Big Ear, en Ohio recibió una intensa señal de radio de 72 segundos que provenía de la constelación de Sagitario. Sus características coincidían con lo que se esperaba de una señal fruto de algún tipo de tecnología de telecomunicación, pero no se pudo detectar de nuevo. Aquella señal, bautizada como Wow por la expresión que escribió su descubridor sobre el papel en el que quedó registrada, es aún lo más parecido a un mensaje extraterrestre que se ha recibido en la Tierra.

Un siglo después de los primeros intentos de contactar con otros seres vivos inteligentes, la búsqueda continúa y ha recibido un gran empujón. Financiado por el magnate ruso Yuri Milner, el proyecto Breakthrough Listen, que el año pasado presentó sus primeros resultados, proporcionará 100 millones de dólares y miles de horas de uso de telescopios para escuchar a los alienígenas. Aunque no la encuentren, como nos recuerdan las estrellas de neutrones, la búsqueda puede dar frutos inesperados.

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