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Todos y todas

Los que se aferran a la economía del lenguaje argumentan que TODOS, sin excepción, no debemos sentirnos discriminados en ese TODOS

Estos días se debate en Colombia si el lenguaje incluyente es una pérdida de tiempo o una causa necesaria. Al alcalde de Bogotá le han obligado, por orden de un juez, a cambiar el lema de su ciudad. Cuando vuelva a imprimir carteles tendrá que incluir que “Bogotá es mejor para todos y todas”. Excusa suficiente para que haya comenzado el griterío en redes.

Los que se aferran a la economía del lenguaje argumentan que TODOS, sin excepción, no debemos sentirnos discriminados en ese TODOS. Los que opinan que lo que no se nombra, no existe, les contestan que en TODAS también podemos encontrarnos TODOS.

Hace ya 10 años, en una clase de redacción periodística, el maestro Bastenier me enseñó una lección que aplico en mi trabajo y, por extensión, en mi vida: el lenguaje cristaliza. Baste te sacaba los colores a través de las palabras para que la próxima vez meditaras cada elección antes de teclear. Él lo hacía en cumplimiento de una tarea: ofrecer un servicio de calidad al lector. Esa misión se puede extender a otras rutinas.

No sirve de nada imaginar qué lenguaje usaríamos los hispanohablantes si nos hubiéramos criado en sociedades laicas, igualitarias, sin colonialismos ni esclavitud. Se podría hacer un ejercicio para el futuro: llenar las aulas y las casas de palabras en femenino y masculino. Sin distinciones. Sin cargas peyorativas. Cristalizar el lenguaje. A lo mejor, TODOS y TODAS serían intercambiables. Y la RAE no tendría que corregir, en 2017, la acepción de sexo débil: grupo de mujeres. Actualización: se usa con intención despectiva o discriminatoria.