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La música viaja sin visado

El encuentro de profesionales ‘Visa for Music’ celebra su cuarta edición en Rabat fortalecido con presencia intercontinental

La cantante senegalesa Marema durante su interpretación en el Visa For Music de Rabat.
La cantante senegalesa Marema durante su interpretación en el Visa For Music de Rabat. WISEMAN SHOOTING

Visa es una palabra que en cualquier país africano suena a su acepción primera, a permiso para entrar, y no a tarjeta de crédito. La visa reconoce a quien porta su sello el derecho a circular libremente por un territorio y es un bien escaso entre los ciudadanos de la mayoría de países de este continente primigenio del que venimos todos. Visa for music es el nombre de un encuentro rabatí que va consolidándose como cita ineludible de los artistas del hemisferio sur –no solo africanos– y del Medio Oriente, e incluye a músicos, gestores culturales y programadores de festivales europeos y americanos que miran un poco más allá de sus fronteras y se impregnan de sur

El evento reúne a músicos, gestores culturales y programadores de festivales europeos y americanos

Visa for music-Africa Middle East Music Meeting, que acaba de celebrar su cuarta edición, es un mercado de músicas del mundo a la vez que una plataforma interprofesional con sede en Marruecos. Cada otoño, hay una semana en que bullen las calles de Rabat de gente de todas las geografías, mañana, tarde y noche, porque durante el día se celebran la feria con stands de sellos discográficos, delegaciones nacionales y artistas, además de conferencias y talleres de formación sobre gestión cultural, nuevas tecnologías y otros aspectos relacionados con las industrias de la creación. Al caer la tarde, en la jaima situada en los jardines del Teatro Nacional Mohammed V se hace música hassaní en torno a la mesa del té, como en el desierto, y la luna se alza con varios escenarios dispuestos para las músicas tradicionales, los folklores, el rock, el hip hop, las fusiones electrónicas, el jazz y el pop sin marca registrada.

Esta edición ha estado menos poblada de Latinoamérica y más de Medio Oriente, quién sabe si como una decisión editorial ante lo sangrante de la situación en Palestina, Siria y el Líbano. La estrella ineludible a mencionar es el libanés Nader Mansur (o la sensualidad en escena), que llegó con su grupo The Wanton bishop: el rockero árabe, que ha colaborado con Lana del Rey y sonado en festivales indie como Glastonbury, está presentando su último disco. Desde Palestina, Tootard: potentísimos sonaron los chicos originarios de Altos del Golán con su rock-reggae montañés. Y como representante de la solidez artística persa, cabe destacar especialmente a Ali Asghar Rahimi, virtuoso maestro iraní del laúd y el tambor, cultor de la música mística de su región y capaz de improvisar un set de belleza indescriptible con una cantante burkinesa que apenas conoció en Rabat.

Este también ha sido un año de mujeres sobre el escenario, entre ellas, la joven cantante senegalesa Marema, un nuevo talento surgido de la banlieue de Dakar, que abrió el Festival y precedió a Queen Koumb, de Gabón, con la vasta experiencia de ser una cantante que debutó a los 11 años, en la iglesia, de la mano de su abuela. Luego vendrían, entre otras emocionantes damas, Eusebia, de Madagascar, con una amplísima experiencia desde la infancia, también; la caboverdiana Elida Almeida, a puro blues isleño; la marroquí Jihane Bougrine –soul de corte intimista pero rescatando los ritmos tan particulares del Magreb– y la DJ tunecina Missy Ness, protagonista de uno de los after y responsable de hacer bailar a los insomnes en el barco anclado en el río Bouregreg.

Desde el continente asiático se acercaron, también, los Jgah, una formación coreana que interpretó algunas canciones con un grupo amazigh marroquí, en un ensamble de paisajes inimaginables, y los megabailables indios E3UK. Y desde el norte, entre otros, desembarcaron la francesa Siska y los españoles Doctor Prats, haciendo dubstep y un ska catalán que hizo saltar a los jóvenes magrebíes que pasaban la tarde en la céntrica sala del cine Renaissance. De Europa llegan, sobre todo, programadores de grandes festivales, que confiesan que cada año se llevan a tocar a casa al menos dos shows del Visa for Music. También los músicos que han pasado por aquí agradecen los lazos que se tejen y los nuevos horizontes que les abre este particular ‘visado’.

Ha sido una edición con más presencia de mujeres y de músicos de Oriente Medio

África estuvo, por supuesto, muy bien representada por la música potente y conmovedora de Mokoomba, de Zimbabue; el egipcio multicultural Hishan Kharma; por los Humanity Starz, un grupo de Gambia formado por chicos que se conocieron haciendo tarea social voluntaria para la Cruz Roja de su país, y por el misterio electro-ghanés del DJ Afrotronix, que se presenta en escena camuflado como los Daft Punk.

Por supuesto, hubo gnawa marroquí, puro y mezclado en grupos de rock, de pop, de la mano de los tradicionalistas o las estrellas de la tele, como Farid Ghannam, finalista del programa The voice (La voz) en su versión árabe. Pero, sin duda, lo más destacable de la escena norafricana fue la decisión nada menor de cerrar con raï, de Argelia, una música bien setentera y protestona que nació en Orán, y que se llevó la vida de algunos de sus cultores, a manos del extremismo islamista. Los legendarios Raïna Rai (la formación actual, heredera de aquella que nació en París, en 1980) cerraron el Encuentro, con algunos de sus miembros originales aún sobre el escenario, en honor a los fundadores Tarik Naïmi Chikhi, Kaddour Bouchentouf, Lotfi Attar y Hachemi Djellouli. Y ahí, en medio de la fiesta magrebí, es cuando se borran las sombras de los 40 años de frontera cerrada a cal y canto con la vecina Argelia.


 

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