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No es Sánchez, estúpidos… sino ¡Andalucía!

Tras fracasar en las primarias, a Susana Díaz le aterra ser quien pierda el gran feudo del PSOE

Susana Díaz interviene en el acto conmemorativo del 40 aniversario del 4-D en Torremolinos.
Susana Díaz interviene en el acto conmemorativo del 40 aniversario del 4-D en Torremolinos. EFE

Solo la afición de los cenáculos capitalinos a las confabulaciones puede explicar que se haya interpretado el puñetazo en la mesa de la financiación de Susana Díaz como su retorno al escenario nacional. Nada de eso. Mal que le pese a quienes ven el tablero político como el mapa de Juego de Tronos, y por tanto a Khaleesi Susana, Daenerys de la Tormenta, la Reina de los Andaloses y los Primeros Hombres del Partido, Señora de las 8 Provincias, La que no Arde en las Urnas, Rompedora del Comité Federal… en ruta a Desembarco de Ferraz para hacer correr otra vez la sangre. Ficciones.

Claro que también algunos pedristas han contribuido a sembrar dudas sobre la Reina del Sur. Hay mucho pedrista inquieto por la falta de consistencia de Sánchez, así que les va bien desviar los focos y más contra Su Susanísima, la némesis de las primarias triunfales. No hay fundamento. La cosa parece más simple: tras el primer arreón en las encuestas, el liderazgo de Sánchez no despega, y esa debilidad es precisamente la que da margen a hacer literatura sobre la tentación de Susana de contragolpear pocos meses después de su amarga derrota.

El problema de Sánchez, sin embargo, no es Susana Díaz sino Sánchez, como siempre. El regreso triunfal del Dr Noesno al frente de una rebelión de las bases contra la nomenclatura –una táctica populista en toda regla– se ha venido abajo con efecto souflé . No ha sido capaz de mantener el tipo, y más tras pactar el cupo o el 155 con Rajoy a cambio de una reforma constitucional que éste ya ha ninguneado. La imagen del líder del noesnoísmo ahora en el siessiísmo táctico ha quedado bastante desairada.

Y el problema de Susana Díaz, por su parte, es Andalucía. De hecho su puñetazo en la mesa de esta semana tiene clave andaluza: de entrada, porque la comunidad arrastra un gravísimo déficit de financiación de más de 5.000 millones, y es duro ver cómo el PSOE se une al PP para anteponer a la próspera Euskadi; pero además, en vísperas del 4-D, fecha clave en la memoria sentimental del andalucismo cuyo legado moral en el cuadragésimo aniversario le disputan hoy los podemiutas –aquí la alianza de Podemos e IU suma mucho– le urge recuperar un discurso reividicativo ya herrumbroso en el socialismo institucional. De ahí los decibelios andalucistas de esta semana, envuelta en la bandera. Ella ya advirtió Sánchez que no la obligara a elegir entre el PSOE y Andalucía.

Sin duda Andalucía es la obsesión de la Reina del Sur. Tras fracasar en las primarias, le aterra ser además quien pierda el gran feudo. Y eso pasa por un Sánchez fuerte. Susana Díaz, tras su victoria solvente, vio entre 2015 y 2016 cómo la marca PSOE perdía potencia. Y si la marca no suma, Andalucía está en riesgo porque la ventaja es estrecha. Eso aumenta su indignación al ver la concesión al cupo con apoyo de Sánchez (“para aprobar el cupo vasco no se puede abandonar al resto de los españoles”) y ahora los guiños sanchistas hacia los planes de privilegios catalanes de Iceta, con quien siempre parece dispuesto a bailar, y además, como Sergio Dalma, a bailar pegado. Tampoco es de agradecer que la lugarteniente de Sánchez llame falangistas a sus socios de Ciudadanos.

En definitiva, Sánchez es el problema, sí. Pero ahora la guerra de Susana Díaz no es Ferraz, sino Andalucía.

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