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Demasiado dinero para un cuadro que vale más

El Salvator Mundi de Leonardo ha sido vendido en una cantidad disparatada que, sin embargo, no llega a su auténtico valor

'Salvator Mundi' del artista Leonardo da Vinci.
'Salvator Mundi' del artista Leonardo da Vinci. EFE

En el a veces —o demasiadas veces— disparatado mundo en el que vivimos, suceden cosas que tienen su miga. Una tabla con la imagen de Jesucristo se ha convertido en la pintura más cara de la historia con un precio, alcanzado en subasta, de 382 millones de euros. Son, por ejemplo, unos 130 millones de euros más de lo que la aerolínea alemana Lufthansa ha ofrecido por comprar casi toda la flota de aviones de la italiana Alitalia y hacerse cargo de la mitad de su personal.

Da que pensar, porque al fin y al cabo al personaje retratado en la pintura lo vendieron hace 2.000 años por apenas 30 monedas de plata. Es lo que se pagaba como indemnización por un esclavo, que en la época era menos valioso que gran parte del mobiliario. Según el CNN Freedom Project, una iniciativa del canal internacional que lucha para abolir la esclavitud, el precio actual de un esclavo —que desgraciadamente los hay— oscila entre los 76 y los 2.500 euros. Curioso que al valor de hoy el original costara 152.800 veces menos que la copia. Judas llevaría la bolsa, pero era un pésimo negociante.

Una de las explicaciones que se nos dan para tan astronómica cifra —el mismo precio que pagará Serbia por el corredor Fruskogorski, una gigantesca infraestructura que forma parte del servicio de transporte paneuropeo— es que la pintura fue realizada por Leonardo da Vinci. Aunque por desgracia probablemente llegue el día en que se crea que es un personaje de Dan Brown, por ahora la figura del genio florentino sigue siendo indiscutible tanto por su obra como por su propia historia; rocambolesca, enigmática y, sobre todo, intensa. Y eso mismo ha contagiado a todas las obras de Leonardo; desde la archifamosa Gioconda, en el Louvre de París, a su La Virgen y el Niño con santa Ana y san Juan Bautista (el cartón de Burlington House), en la National Gallery de Londres, pasando por el Códice Madrid de la Biblioteca Nacional.

El Salvator Mundi —vendido por más dinero que los 340 millones de ingresos que tuvo Ruanda por turismo en 2016— parece que está bajo el mismo hechizo. Desde que el Cristo, que bendice con una mano mientras sujeta el orbe con la otra, recibió la última pincelada fue propiedad de la segunda esposa de un rey de Francia, cedido a la mujer de un rey de Inglaterra, vendido a un constructor como pago de unas deudas, devuelto a la Corona de Inglaterra, regalado por un rey a su amante, conservado celosamente por los descendientes de esta, desaparecido durante 200 años y reencontrado por un noble en una subasta y relegado a la categoría de copia —será vendido por 50 euros en un mercadillo—, desaparecido otro medio siglo cuando cruzó el Atlántico, redescubierto a principios de este siglo, rehabilitado como obra de Da Vinci, comprado sucesivamente por un marchante de arte francés, un millonario ruso y finalmente por alguien que no sabemos.

En cierto sentido, el cuadro de Da Vinci fue sucesivamente cuidado, admirado, protegido, olvidado, despreciado, resucitado y coronado. Como si el retrato hubiera ido mucho más allá del acto de pintar.

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