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Permanecer unidos en la era de la posverdad

No hace falta llegar hasta Kiev para encontrar mentiras que pretenden decantar la opinión pública hacia una determinada intencionalidad política

Una mujer pasa frente a un cartel que representa a Donald Trump y Vladimir Putin en Danilovgrad (Montenegro).
Una mujer pasa frente a un cartel que representa a Donald Trump y Vladimir Putin en Danilovgrad (Montenegro). REUTERS

La seguridad europea está hoy amenazada por tres factores: el terrorismo, la presión migratoria y las técnicas de guerra híbrida que Rusia practica en Ucrania y con las que también intenta desestabilizar nuestra democracia comunitaria.

Por haberles golpeado con dureza, acabar con el terrorismo es prioridad para países como Francia, Reino Unido, Bélgica y Alemania. Para los países fronterizos, por su parte, la prioridad es defender las líneas donde comienza nuestro espacio de libertad. Hablamos de Letonia, Lituania o Estonia. España, al ser tanto objetivo yihadista como frontera comunitaria, comparte ambas prioridades. Digno de mención es el trabajo de nuestras fuerzas de seguridad y autoridades locales en Ceuta y Melilla, como también lo es el que realizan los españoles responsables de coordinar la lucha antiterrorista a nivel europeo o los destacamentos militares que protegen la integridad territorial de nuestros hermanos bálticos.

Porque la Unión Europea es más que un conglomerado de países alineados siguiendo los ejes Sur y Norte -tan acentuado por la crisis económica- o Este y Oeste -de nuevo visible por el repliegue de países como Polonia-. La Unión Europea, como dijo el presidente Juncker en su discurso del 13 de septiembre, siempre fue una cuestión de valores. Y hoy, más que nunca, aspira a ser una verdadera Unión de Libertad.

Libertad que, en los tiempos que corren, necesita de la seguridad para ser real. De una seguridad que ha de estar garantizada en toda la Unión, desde Vilnius hasta Barcelona. No en vano cinco de nuestros F-18 y 128 militares del Ejército del Aire han estado monitorizando, desde los cielos del Báltico, las maniobras de (¿más de?) 13.000 soldados rusos y bielorrusos.

Así, el compromiso para forjar una verdadera Unión Europea de Defensa que proteja a 500 millones de ciudadanos va tomando forma. Pero somos conscientes de que el envite militar que soporta estos días nuestro flanco septentrional no solo se compone de piezas de artillería. Siguiendo la doctrina Guerásimov, Rusia ha construido su amenaza sobre una red de elementos híbridos que ha adquirido una potencia asombrosa gracias a las nuevas tecnologías. Asombrosa hasta el punto de que la desinformación, como táctica de injerencia política, es el arma no militar que mejor sirve a los ánimos expansionistas de Vladimir Putin. Así llevamos más de tres años viéndolo, por desgracia, en Ucrania. Y lo hemos visto también en sus intentos de influir en el resultado de las elecciones de Holanda y Francia.

El enfoque híbrido que emplea Rusia, a caballo entre la propaganda y los tanques que ensayan a las puertas de la Unión, consiste en intentar explotar nuestras vulnerabilidades por todas las vías posibles. Primero, librando una guerra informativa en la que la falsedad es su mejor arma. Cuando el Secretario General de la OTAN dijo que no queríamos una confrontación, la televisión estatal rusa tradujo, literalmente, que la OTAN estaba preparando una guerra contra Rusia. Y este es solo uno de los 1.517 casos de desinformación que el equipo East Stratcom, dependiente del Servicio de Acción Exterior de la Comisión Europea, identificó el pasado año.

Pero el problema no son solo los medios directamente vinculados al Kremlin, como Sputnik o RT. El fenómeno aún más difícil de desactivar es la red de cibernautas que se ocupa de que el mensaje oficial llegue a un público mucho mayor que el ruso... y que, haciéndose pasar por fuentes independientes, busca legitimar lo que es mero infundio.

Ante el grado de especialización que han alcanzado los propagandistas, modulando el mensaje según la fortaleza institucional y la exposición a Rusia que tiene cada uno de sus blancos, de poco sirve afanarse en diseñar una respuesta única. Sin embargo, sí existe una meta común que todos los europeos podemos abrazar para minar la amenaza rusa: aumentar la resiliencia de nuestra Unión.

El concepto de resiliencia alude a la capacidad de hacer frente a las dificultades. Y en sociedades expuestas a bombardeos propagandísticos, es un activo clave. Por ejemplo, a la hora de poner coto a las llamadas noticias falsas. En este sentido, nuestra meta en el medio y largo plazo bien podría ser mejorar los niveles ciudadanos de alfabetización mediática, capacidad que permite a una persona identificar qué información es veraz y cuál, por el contrario, solo intenta manipular. Apostar por este tipo de capacitación social ayudaría a desposeer de toda legitimidad a la propaganda y, por tanto, sería invertir en calidad democrática.

Pero no hace falta llevar la lupa hasta Kiev para encontrar mentiras que, revestidas de verdad, pretenden decantar la opinión pública hacia una determinada intencionalidad política. Lo estamos experimentando, por desgracia, en Cataluña, donde los líderes del procés se valen de las más deshonrosas técnicas de la tradición postfactual para legitimar su desventura. La manipulación de la narrativa es, sin duda, su mayor aliado fuera de nuestras fronteras. Y el peor enemigo de las garantías democráticas dentro de ellas.

De la misma manera que los objetivos de la propaganda rusa pasan por debilitar a la Unión Europea y a la OTAN, así como por distanciar a Europa y Estados Unidos, la propaganda secesionista pretende debilitar a las instituciones españolas -empezando por el propio Parlament catalán- y, además, distanciar a España del resto de Europa.

Revistiendo de antidemocrático lo que es legítimo (el cumplimiento de la Constitución) y presentando como legítimo lo que es antidemocrático (una consulta que no quiere conocer la opinión de la ciudadanía, sino reafirmar el pensamiento único del separatismo), las estrategias propagandísticas abrazan, de la misma manera que lo hace el Kremlin, un juego de vulnerabilidades que solo busca dividirnos.

Y es precisamente por esta razón que, ya hablemos de la seguridad de Europa o de la integridad territorial de España, en la era de la posverdad el gran reto es permanecer unidos. Unidos como lo estamos cuando protegemos las fronteras del Báltico o cuando pinchamos en el botón de “denunciar” al detectar noticias falsas en la red.

Unidos, como debemos estar también en España. Ciudadanía, Gobierno y clase política, forjando un frente común contra la mentira de la antidemocracia secesionista y en defensa de nuestra democracia constitucional, que es la única verdad que garantiza nuestras libertades y protege los derechos de todos. Los derechos, incluso, de los independentistas a tergiversar esta realidad.

Ramón Luis Valcárcel es vicepresidente del Parlamento Europeo y eurodiputado del PP.

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