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Fischer, la claridad de los genios

Un adolescente portentoso ataca a la bayoneta con la pericia y exactitud de un ilustre veterano

Blancas: Ta1, Ac1, Dd1, Te1, Rg1, Cd2, Ag2, Cf3; peones en a2, b2, c3, d4, e4, f2, g3 y h2.

Negras: Tb8, Ac8, Dd8, Tf8, Rg8, Ae7, Cc6, Cf6; peones en a7, b6, c5, d6, e6, f7, g7 y h7.

Que Bobby jugase genialmente ya en su adolescencia es uno de los argumentos para afirmar que el ajedrez es, junto a la música y las matemáticas, la actividad que produce más niños prodigio. Algo así es excepcional incluso hoy, cuando la enorme influencia del entrenamiento con computadoras de potencia descomunal acelera mucho la progresión de los jóvenes portentos.

El genial estadounidense produjo varias partidas maravillosas en ese periodo. Como la obra de arte que mostramos en el vídeo de la semana pasada, que Fischer ganó con 13 años a Donald Byrne. O esta de hoy, frente a James Sherwin, a los 14, con un ataque tan bello como ejemplar. O la joya que mostraremos la próxima semana, que produjo a los 15. Fischer y otros niños precoces confirman que en ajedrez la experiencia es menos importante que en la literatura u otras artes para que los genios brillen a edades muy tempranas.