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La utopía comodín

Cada cual puede hacérsela suya trasladándole los rasgos de su modelo de sociedad o sus aspiraciones frustradas

Uno de los carteles que pide ir a votar el 1 de octubre en el metro de Barcelona.
Uno de los carteles que pide ir a votar el 1 de octubre en el metro de Barcelona. AFP

La atracción por la independencia de Cataluña no obedece solo al impulso nacionalista por dotarse de un Estado propio. La socióloga Marina Subirats nos lo explicó bien cuando asociaba su expansión en medio de la crisis económica a una "utopía de repuesto" una vez enterradas las ensoñaciones de la revolución social tradicional. El buque llamado España se iba a pique y la creación de un nuevo Estado ofrecía a los catalanes la posibilidad de echar al mar su propio bote salvavidas y seguir a flote; por sí mismos podrían llegar a buen puerto. "Primero seamos independientes y luego ya veremos". Ahora no tocan las disputas. Los conflictos se aplazarían a otra ocasión.

Con el paso de los años y dejado atrás lo peor de la crisis, esta utopía ha ido desembocando en el imaginario social catalán en algo que recuerda a eso que H. Arendt veía como propio de los procesos revolucionarios, el proporcionar un "nuevo comienzo". Libres del lastre español, el Estado catalán podía fungir como la cristalización de cualquier sueño de transformación social. Para la CUP y sectores de ERC y Podem, el acceso a una verdadera democracia popular y asamblearia; para las feministas, el fin del odiado patriarcado; para los empresarios y sus economistas de cabecera, la ideal reorganización de su supuestamente coartado potencial productivo; para los inmigrantes, su reconocimiento pleno como ciudadanos; las élites podrían distribuirse ministerios y embajadas auténticas; etc. Este es el sentido en el que es una utopía comodín, cada cual puede hacérsela suya trasladándole los rasgos de su particular modelo de sociedad o sus aspiraciones frustradas.

En sociedades huérfanas de futuro lo lógico es que esta llama se propague como fuego en bosque de verano. En nuestro entorno no es habitual encontrarnos ante la posibilidad de apretar el botón de reset para abolir la corrupción, como decía Tardá, o la desigualdad, la desidia meridional, los residuos de franquismo y un largo etcétera. Introduzca sus deseos, cualesquiera que estos sean, que serán satisfechos en el nuevo orden, en la Dinamarca del sur. No hace falta ser nacionalista para caer rendido a los encantos de esta llamada a la arcadia feliz.

Dejando ahora de lado a la mitad de la población que nunca se creyó estas fábulas, sabemos ya lo suficiente sobre la organización social para ser conscientes de que los sueños de unos suelen ser la pesadilla de los otros, que los antagonismos no desaparecen por decreto o cambiando las fronteras, que la realidad es tozuda y nunca todo puede ser reconciliado. Hay muchas cosas que inquietan de la situación catalana. La primera es encontrar el reacomodo del sentimiento nacional diferencial. Pero no hay que perder de vista esta otra dimensión de la utopía frustrada para la que no tenemos respuesta institucional ni un relato equivalente que oponer. Preocupante.

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