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Nosotros inventamos, los militares lo aprovechan (y viceversa)

El ámbito de la defensa ha sido durante décadas impulsor de los principales avances tecnológicos para toda la población, pero podemos decir que la tendencia se ha invertido

Representación de la simulación antidrones del ejército estadounidense.
Representación de la simulación antidrones del ejército estadounidense. DARPA

Los satélites artificiales. El horno microondas. Los radares. El GPS. Internet. Los drones. Todos estos inventos surgieron gracias a la investigación militar, y luego han pasado a formar parte de la vida del común de la ciudadanía. El ámbito de la defensa ha sido durante décadas impulsor, por no decir creador, de alguno de los principales avances tecnológicos para toda la población. Los ejércitos inventaban y después todos lo aprovechábamos. Pero eso ya no es así. “Podemos decir que la tendencia se ha invertido. Ahora el trasvase tecnológico es más de lo civil a lo militar y, además, las líneas se han difuminado”, indica el capitán Carlos Calderón, de la Subdirección General de Planificación, Tecnología e Innovación (SDGPLATIN) del Ministerio de Defensa.

El cambio está claro. No hay más que fijarse en el gasto público: en 1994, los gobiernos invertían un 3,2% del PIB mundial en presupuestos de Defensa, según el registro del Banco Mundial. Desde entonces la cuesta abajo ha sido prácticamente permanente hasta el 2,2 actual. En España el descenso en el mismo periodo va del 2,2 al 1,2%. La tendencia es similar en países como Estados Unidos (del 5,4 al 3,3), Francia (pasa del 3,4 al 2,3) o de manera menos pronunciada en China (del 2,5 al 1,9). Los mismos registros apuntan a un aumento del gasto público en Investigación y Desarrollo: mientras el militar descendía, la innovación civil iba abriéndose paso hasta colocarse en un porcentaje casi parejo (2,1 mundial), especialmente en el caso de España, que en los 90 no superaba apenas el 0,7% del PIB y ahora está por encima del 1,8.

Esto sin incluir a las empresas privadas, las principales promotoras del avance tecnológico actual en prácticamente cualquier ámbito. Solo Microsoft invierte unos 10.000 millones de euros al año en investigación y desarrollo, más que todo el presupuesto de Defensa en España para 2017. Para estar al tanto de todas las innovaciones y evaluar su posible uso en el terreno militar, la SDGPLATIN cuenta con Sistema de Observación y Prospectiva Tecnológica (SOPT), una unidad en la que el capitán Calderón ejerce como jefe. El SOPT lo forman 14 observatorios tecnológicos, cada una especializada en un marco de actuación: armas y protección, electrónica, naval, terrestre, robótica, óptica… EL PAÍS ha hablado con sus miembros, pero sus nombres no serán incluidos a petición de la subdirección general, que esgrime razones de seguridad.

Simular a la masa

Una escuadra de infantería se encuentra ante una muchedumbre en plena escalada de tensión en una zona de conflicto. El cabo debe decidir cómo actuar, pero un error de planteamiento puede desencadenar la violencia. Menos mal que todo ocurre gracias a unas gafas de realidad virtual y, pase lo que pase, no habrá que lamentar ninguna tragedia. “La realidad virtual y aumentada está bastante desarrollada en el caso del adiestramiento militar. Se han desarrollado proyectos experimentales para simular comportamientos de muchedumbre o de los defensores. Pueden modelizarse distintas situaciones críticas y observar los resultados ante medidas disuasorias: infiltrar a una persona que mine la moral del grupo para que se vayan a casa, soltar perros, hacer que un helicóptero sobrevuele la zona…”, ilustran los responsables del SOPT en Tecnologías de la Información y Comunicaciones (TICs).

Los simuladores (con realidad virtual y aumentada, o no) son un ejemplo claro del estado actual del trasvase tecnológico: “Nacieron en el sector de Defensa y durante un tiempo se desarrollaron aquí. Pero el peso que han adquirido en el ocio y el tamaño de esta industria [la de los videojuegos] ha hecho que tenga una evolución mucho mayor por esa parte”, cuenta uno de los especialistas de TICs del SOPT. Bohemia Interactive, una compañía checa creadora de los títulos de la saga ARMA, tiene una filial encargada de adaptar los simuladores para el uso militar. Ahí es donde las fronteras se diluyen: “La capacidad de las empresas es tal que marcan el mercado. Otra cosa es la aplicación que se haga de la tecnología”.

La colaboración entre organismos militares y empresas o instituciones académicas para la investigación o la adaptación de innovaciones es constante. En Estados Unidos no se entienden entidades como la NASA o DARPA (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de la Defensa) sin la participación de universidades o grandes compañías. NASA trabaja con SpaceX, la empresa aeronáutica de Elon Musk. Y prácticamente cualquier proyecto de DARPA cuenta con socios privados, como por ejemplo sus últimas investigaciones en sistemas de defensa antidron, donde dos de los principales actores son la sueca Saab y la organización sin ánimo de lucro SRC, surgida de la Universidad de Siracusa (Nueva York). “En España también hay métodos de colaboración público-privada. Tenemos un programa de desarrollo I+D, el programa Coincidente [de Cooperación en Investigación Científica y Desarrollo en Tecnologías Estratégicas], que favorece y potencia la transferencia tecnológica entre lo civil y lo militar y en que se trabaja con Pymes y grandes empresas”, informa el capitán Calderón.

La última versión del simulador de Bohemia Interactive, que utilizan, entre otros cuerpos, los marines estadounidenses.

Precisamente en el marco de este programa se desarrolla el proyecto PIRVAM, que trata de formar a los soldados en coordinación de multitudes en situaciones de emergencia a través de realidad virtual (el simulador de comportamiento de muchedumbres), y en el que el Ministerio de Defensa colabora con un equipo investigador de la Universidad de Barcelona. La utilidad de la realidad virtual y aumentada no se queda ahí: “Por ejemplo en telemedicina se puede utilizar para adiestrar o guiar a alguien que está en una zona de operaciones y no domina un procedimiento. También para evaluar el comportamiento de los soldados, por ejemplo en paracaidistas: ver en qué momentos sienten más estrés [midiendo el sudor, la tensión, la frecuencia cardíaca] y si sus reacciones les permitirían actuar en zonas como Líbano o Afganistán”.

El radar que ve a través de las paredes

Coincidente tiene proyectos de aprovechamiento de tecnología civil para las Fuerzas Armadas en prácticamente cualquier sector de la innovación. Un ejemplo son los radares: “El radar nació en el ámbito militar, tras una gran investigación con el MIT [Instituto Tecnológico de Massachussetts] en la que se puso más dinero que en la propia bomba atómica”, recuerda la especialista en esta tecnología del SOPT, “ahora en el sector civil su aplicación es total, está en todas partes: navegación aérea o marina, control del tráfico en fronteras, control de velocidad, sistemas de teledetección… Pero también se sigue invirtiendo mucho desde Defensa porque tiene grandes posibilidades”.

El GXV-T de DARPA incorpora realidad aumentada e inteligencia artificial.

Los proyectos Coincidente con radares dan una noción de qué se busca con el trasvase tecnológico. El último trata de demostrar la eficacia de un radar persistente (que tiene mayor alcance que uno convencional) en la detección de drones. “También se usa el barrido electrónico para la protección de infraestructuras críticas como pueden ser centrales de energía o bases de tropas. Es una tecnología que, por ejemplo, puede penetrar paredes”. Combatir drones y proteger edificios de posibles ataques son tareas que pertenecen a un nicho en el que la inversión militar sigue siendo dominante. La adaptación de una determinada innovación suele conllevar transformarla en más segura (que no pueda ser robada ni pirateada), mejor preparada para seguir funcionando en situaciones extremas y pensada para aportar soluciones en escenarios que difícilmente va a vivir un ciudadano de a pie.

Los sistemas antidron no se necesitan en el ámbito civil porque (de momento) no representan una amenaza para, por ejemplo, la vida cotidiana de una ciudad. Tampoco los drones recreativos tienen que estar igual de preparados que los militares, aunque casi lo están: “En el caso de los drones la tecnología ha avanzado tan deprisa y se pone tan rápido en el mercado que estar a la altura es prácticamente imposible”, explica el experto en este sector del SOPT. La empresa china DJI controla más de dos terceras partes de la cuota de mercado civil de estos vehículos: “Te hacen un RPA (Aeronave Pilotada Remotamente) por 1.000 euros con una equipación bestial. Pero claro, en Defensa además se necesita que sea seguro”. Un invento militar que ahora crece y evoluciona en la empresa privada gracias a su uso civil, y que para seguir en el sector donde nació se tiene que fabricar más robusto, más resistente a climas extremos y a prueba de hackers. Y por tanto, más caro.

Imprimir el motor de un cohete

Los costes también son importantes. La impresión 3D es una tecnología que los miembros del SOPT consideran esencial en varias parcelas. “Si se rompe una pieza de algún vehículo, la fabricación aditiva nos puede ahorrar llevar repuestos a una zona alejada y de conflicto o pedirlos a la casa, con los consiguientes periodos de entrega”, sostiene uno de los integrantes del grupo. “Imprimir las piezas sobre el terreno resulta económico porque no se necesitará fabricar muchas. No se generan grandes volúmenes de producción”, apunta otro, que señala el impacto que podría tener en operaciones navales. De momento su utilización se ha planteado en maniobras y ejercicios internacionales (no en situaciones de acción real) y con repuestos y piezas que no son primarias y esenciales en el funcionamiento del dispositivo o vehículo que las recibe: “Una manecilla, un retrovisor, pero nada de engranaje”.

En Estados Unidos van más allá con la fabricación aditiva. El pasado julio DARPA —que maneja un presupuesto de 2.190 millones de euros en 2017, más del triple que, por ejemplo, el de todo el CSIC— adjudicaba un contrato de medio millón de euros a la empresa Rocket Crafters (literalmente “fabricantes de cohetes”) para imprimir el motor de un cohete.

“Paralelamente a la adaptación de la impresión 3D se trabaja mucho en la legislación, ya que estos métodos actualmente suponen un problema con el suministrador o el fabricante original de los dispositivos”, advierte uno de los observadores del SOPT que sigue esta cuestión. Esos diseños tienen derechos de propiedad. Se pretende dibujar un nuevo marco que permita la impresión en ciertas situaciones, o para determinados tipos de pieza o dispositivo, o hasta una cierta cantidad.

Una escayola en el frente de combate

Tanto DARPA como el Ministerio de Defensa español investigan además en los usos de la impresión 3D para tratar heridos, algo que también se desarrolla en el entorno civil. El objetivo es poder crear prótesis o férulas en muy poco tiempo, sobre el terreno y hechas a medida de cualquier soldado. “Se trabaja con el Hospital Central de la Defensa [el Gómez Ulla] en este sentido y también hay proyectos de impresión de material quirúrgico, que evitaría tener que ir cargando esos objetos hasta la zona de acción”, valora otro responsable del SOPT.

En el marco del programa Coincidente se han cofinanciado también proyectos como la adaptación de tecnologías civiles para la absorción de gases o de sustancias tóxicas: “Sobre todo en el ámbito textil. Hay varios trabajos con tejidos inteligentes que atrapen y destruyan agentes químicos nocivos. También se estudia la eficacia del CO2 supercrítico para descontaminar material contaminado con armas biológicas”.

Sin piloto por tierra y mar

El desarrollo de coches autónomos es actualmente una de las grandes esperanzas tecnológicas para el futuro, un objetivo para el que fabricantes de automóviles y gigantes de Silicon Valley como Google trabajan desde hace años. Su traslación al entorno militar es tremendamente compleja: no es lo mismo que un vehículo aprenda a desplazarse por calles y autopistas que por una zona irregular y llena de amenazas. Pero por ejemplo en el marco del programa Coincidente (proyecto Remote-DRIVE) se trabaja en conseguir que un vehículo de blindaje ligero (3.000 kilos) pueda ser guiado desde fuera de sus asientos, como un coche teledirigido. “Está bastante avanzado. La idea es que se pueda manejar más allá de la distancia visual, lo cual puede ser clave por ejemplo en zonas contaminadas, con minas o en estado catastrófico. El objetivo es lograr un sistema aplicable a cualquier vehículo, que se pueda activar y desactivar. Y que en una situación que pueda suponer un peligro para los conductores, les permita bajar y continuar la misión por teleoperación”, explica uno de los miembros del SOPT.

En el ámbito naval también se han desarrollado iniciativas para lograr vehículos autónomos de superficie y submarinos que puedan realizar labores de exploración. El proyecto NVSNTENE pretende dotar a pequeños submarinos de capacidad para desplazarse en entornos marinos no estructurados (naturales) para que puedan cartografiar zonas costeras, vigilar el cumplimiento de normativa medioambiental, encontrar minas u otros objetivos, buscar barcos hundidos o vigilar las rutas de acceso a puertos.

Coronel IA

El desarrollo de la inteligencia artificial, campo científico surgido entre la investigación civil y la militar, ha supuesto que en la actualidad haya máquinas que simulen los sentidos y sean capaz de procesar lo que les dice una persona y resolverlo con una respuesta, hablada o escrita, como lo haría un humano. “Combinado con otras disciplinas como la ciencia de datos o el Internet de las cosas [sensores, satélites, GPS…], por ejemplo se puede crear un sistema que determine si un convoy que se aproxima es aliado o enemigo por el ruido que realiza el vehículo, por la marca que deja en la tierra o por su peso estimado”, comenta un experto del SOPT. La capacidad para procesar información y predecir resultados hace de la IA un valioso consejero en la toma de decisiones que la hace estar presente en los sistemas de mando y control: “La inteligencia artificial en Defensa puede establecer modelos predictivos, como patrones de ataque del enemigo, que permitan que adelantemos sus movimientos, aumenten la consciencia situacional y se esté prevenido. Gracias a ella se establecen sistemas de alarma ponderados basados en los movimientos del adversario. Al llegar a cierto umbral, se puede determinar una acción a realizar”, cuenta.

DARPA tiene un programa que trata de aplicar la inteligencia artificial en vehículos, combinada con realidad aumentada. Su GXV-T es una concepto de boogie con realidad aumentada en el cristal frontal que permite entre otras cosas saber qué ruta debe seguir el conductor o identificar otros automóviles o tropas y determinar si son enemigas o aliadas, y a partir de ahí ofrece alternativas de acciones para llevar a cabo. Hace un año fue adjudicada a ocho empresas la primera fase de su desarrollo.

La red: el quinto dominio de combate

El programa Coincidente desarrolla además una iniciativa que trata de aplicar esos modelos predictivos a un nuevo campo de acción: Internet. “La ciberdefensa es un caso de tecnología que no se sabe muy bien dónde empieza y dónde acaba porque nos afecta a todos”, manifiesta el experto del ramo del grupo de observación. La red, explican estos analistas, es ya el quinto frente de batalla tras el terrestre, el marítimo, el aéreo y el espacial. “Cualquier cosa que se hace para uso militar necesita estar totalmente protegido y encriptado para evitar ser atacado”, confirman. Los sistemas de codificado, surgidos hace siglos en el ámbito castrense, son ahora habituales en aplicaciones tan utilizadas como Whatsapp o Telegram. La ciberseguridad es la confirmación de que las fronteras son cada vez más débiles: instituciones, gobiernos y empresas se mueven entre la luz y la sombra en un terreno prácticamente paramilitar.

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