CLAVES
Columna
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Colapso

El independentismo ha aprendido bien de aquello de lo que, en teoría, pretende separarse a toda costa

La diputada de la Cup Anna Gabriel esta mañana en el Parlament.
La diputada de la Cup Anna Gabriel esta mañana en el Parlament. Massimiliano Minocri

En España, si uno empieza a discutir con un desconocido sobre, por ejemplo, corrupción, pasados unos minutos no será difícil deducir su postura en otras muchas cuestiones: impuestos, feminismo, terrorismo internacional… Casi todo está relacionado entre sí. Este fenómeno no se da solo en España, por supuesto, sino que es propio de países con altos grados de polarización y partidismo. Al interlocutor le dará la impresión de que todos los temas colapsan en uno. Y esto es justamente lo que pasa ahora mismo con Cataluña.

El independentismo ha aprendido bien de aquello de lo que, en teoría, pretende separarse a toda costa. De hecho, ha perfeccionado el arte del colapso ideológico hasta el extremo. El ejemplo del debate posterior a los trágicos atentados en Barcelona habla por sí solo. Pero solo es el último caso en una tradición cada vez más larga que se basa en relacionarlo todo lo malo con el enemigo (Madrid), y todo lo bueno con la futura república catalana.

En realidad, esta es la única estrategia viable para una coalición que, por lo demás, es profundamente heterogénea: del anticapitalismo local al centroderecha burgués, del nacionalismo tradicional al independentismo basado en el penúltimo agravio. Es por ello por lo que necesitan de todos los símbolos unificadores posibles para conjurar sus propias contradicciones. El españolismo centralista no basta, sino que hace falta la monarquía, la corrupción, la austeridad, hasta la democracia misma. Según la postura independentista, todo está en juego.

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Así, lo que se busca es que, cuando uno empiece a discutir con un desconocido en Cataluña sobre corrupción, república, incluso terrorismo internacional, las posiciones correlacionen con la defensa del independentismo. El peligro de este juego viene cuando se acaba la partida. Sea porque se logra la independencia o porque el proyecto acaba por frustrarse: ¿qué harán para cumplir con una coalición tan dispar, forzada hasta la coherencia? Por eso, lo mejor para los jugadores es jugar la misma carta una y otra vez, alargando su mano hasta el infinito. Para que el colapso no acabe por engullirles. @jorgegalindo

Sobre la firma

Jorge Galindo

Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

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