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El turismo menguante nunca es bueno

El sector en España se benefició de la caída de visitas en destinos golpeados por las bombas. Hoy aspiramos a no seguir la suerte de Turquía, Egipto, Túnez o París

Turistas, este domingo en Éfeso.
Turistas, este domingo en Éfeso. Getty Images

Los análisis fríos y deshumanizados se pagan, sean para celebrar una disminución del paro que —pequeño detalle— deja en la cuneta bocados enteros de la población, sea para aplaudir el regreso del turismo a España frente a destinos mediterráneos que nos hacían la competencia hasta que estallaron las bombas. Sí, el sector del turismo y los analistas nos jactábamos de la remontada de España, que se basaba y se basa en parte en el hundimiento de otras playas por culpa del terrorismo. Qué paradoja.

Por ello, tal vez aprendamos a mirar ahora con ojos más solidarios las noticias ajenas que, desde el 17 de agosto, son un poco más propias. La foto sobre estas líneas recoge la visita este domingo de algunos turistas a Efeso, una antigua ciudad griega en la provincia turca de Izmir. Turistas valientes, porque, en 2014, Turquía era el sexto destino más popular del mundo, con 37 millones de visitantes. Y en 2016, tras la oleada de bombas, el golpe de estado y una represión política que aún continúa, solo fueron 25 millones. Francia perdió cerca de un 7% del turismo tras la cadena de ataques. España ha ido creciendo desde los 46,4 millones de turistas en 2000 a 75,4 en 2016. Y el sector y autoridades harán ahora lo indecible por retener el atractivo de Barcelona y todos los destinos que puedan verse perjudicados por los atentados con la venia de la CUP, que ha defendido los ataques a autobuses con una frivolidad perniciosa por la que aún no hemos oído ninguna dimisión. Ni ruptura. En junio, el turismo fue señalado como el principal problema de Barcelona en las encuestas. Hoy sería otro.

Túnez, Egipto y Turquía eran escenarios esperanzadores donde el turismo traía vientos de crecimiento y modernidad como los que soplaron en la España de los sesenta y setenta. Porque abrirse al mundo no solo aporta buenas porciones a la tarta del PIB nacional, sino también una cultura de acogida, de mestizaje y convivencia que también ayuda a la democracia. Por eso perder turistas es perder PIB, pero también perder posibilidades, esperanzas, apertura, el factor humano de una realidad macroeconómica que no es nada si no hay paz.

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