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¿Qué le pasa a la universidad española?

Carecemos de instrumentos ágiles y eficaces para incentivar la excelencia, y nos cuesta “discriminar” entre universidades

Estudiantes de la Universidad de Barcelona estudian en la biblioteca del edificio histórico de la UB.
Estudiantes de la Universidad de Barcelona estudian en la biblioteca del edificio histórico de la UB.

Como siempre, la aparición de algún ranking internacional, sobre todo si nuestros resultados son malos, facilita que prestemos atención a cosas que apenas asoman en el espacio público. Es lo que ha ocurrido con el último del Shanghai Ranking Consultancy, donde al parecer es un “escándalo” que no tengamos ninguna universidad entre las 200 primeras del mundo. Lo que debería ser motivo de escándalo es que nos escandalice. ¿Acaso a alguien le importa la educación superior? ¿Recuerdan algún gran debate público donde se ponga en cuestión nuestro modelo, si es que hay alguno? O, ¿por qué se habla tanto de los resultados de los estudios PISA y nada de los equivalentes universitarios?

No es un tema para una columna, pero desde aquí al menos podemos incitar a que se produzca el debate. Provoquemos con algunos brochazos.

1. En España la creación y gestión de las universidades ha sido el juguete de determinadas élites políticas, que han pensado siempre más en su rentabilidad política que en los fines que esta institución está llamada a cumplir. Lo importante es que estuvieran “a mano”; o sea, una como mínimo en cada capital de provincia, y con tantas especialidades como sea menester. Costara lo que costara, como con el AVE.

2. El subsistema científico es hoy ya absolutamente global y, por tanto, se hace en inglés. Bajo estas condiciones no es casualidad que compitan mejor los anglosajones, pero también otros países que llevan años haciendo casi toda su vida académica en inglés, como Holanda o Israel, los escandinavos y algunos asiáticos. En otros más cercanos a nosotros, como Francia, muchos departamentos disponen de fondos para traducir los trabajos de sus miembros a dicha lengua.

3. Carecemos de instrumentos ágiles y eficaces para incentivar la excelencia, y nos cuesta “discriminar” entre universidades, departamentos y profesores. Impera el “café para todos”, salvo por la vía indirecta de los proyectos de investigación. Mucha “funcionarización”, que no tiene por qué estar reñida con la estabilidad –tenure-, poca movilidad, y subversión de figuras como la de asociado.

4. Los profesores, sobre todos los jóvenes, se encuentran con que tienen que dedicar gran parte de su tiempo a labores de gestión por la palmaria falta de apoyo administrativo. Es como competir con un brazo atado a la espalda. Nos come la hiperburocratización y el exceso de docencia provocado por nuestra versión de la reforma de Bolonia.

5. Otro hecho diferencial: escasísima implicación del sector privado. El esfuerzo en investigación recae casi exclusivamente sobre fondos públicos. Además, la mayoría de las universidades privadas, con dignas excepciones, son un mero negocio organizado sobre la docencia.

Resultado: en efecto, podríamos estar mejor, pero para eso haría falta que tuviéramos claro para qué queremos las universidades y el esfuerzo social que estamos dispuestos a hacer en ellas. Por ahora sólo impera el silencio y las inercias.

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