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La ciencia es cosa de mujeres

Cinco generaciones de investigadoras se resisten a la invisibilidad y animan a las jóvenes a descubrir el porqué de la vida

Las mujeres suman el 39% del total de la comunidad científica.
Las mujeres suman el 39% del total de la comunidad científica. Pixabay

Corre la falsa creencia de que en España no hay mujeres científicas. Un mito que se difunde a la velocidad de los rumores. Y que, en gran medida, descansa en la desigualdad de género, en la famosa invisibilidad femenina. Cinco investigadoras reconocidas en diferentes disciplinas científicas y de cinco generaciones distintas nos explican los porqués de este erróneo convencimiento social.

“Yo reivindico que somos muchas las mujeres científicas. Pero se nos ignora, como ha pasado siempre", afirma Teresa Rodrigo, catedrática de Física Atómica en la Universidad de Cantabria, donde dirige el Instituto de Física, y pionera española en el Comité de Política Científica del CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear). “Somos muchas, muchísimas”, apoya María Vallet Regí, catedrática de Química Inorgánica en la Universidad Complutense de Madrid y referencia mundial en el desarrollo de biomateriales para uso médico, quien enseguida tercia “aunque porcentualmente somos menos que hombres y eso nos hace invisibles”.

Las mujeres suman el 39% del total de la comunidad científica, según el último informe Científicas en cifras 2015, elaborado por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad en 2017. Quizás esa sea un argumento.

Laura Masgrau.
Laura Masgrau.

Pero hay muchas más. Laura Masgrau, investigadora en el área de biotecnología, apunta hacia otras dos razones: “Pese a que hay muchas mujeres científicas, otra cosa es quién acabe liderando los grupos de investigación, que suelen ser hombres”. En los organismos públicos de investigación españoles, el 75% de las escalas superiores las ocupan hombres, indica el citado informe, y ni uno solo de estos entes es dirigido o presidido por una mujer. Si se contabilizan además las universidades, esas tres cuartas partes suben al 79%. El techo de cristal también explica la creencia de que España carece de mujeres científicas.

Masgrau ejemplifica en carne propia las dificultades para ascender en su carrera y los efectos devastadores que ha tenido la crisis en la investigación. Durante cinco años, esta doctora en Química Computacional ejerció como subdirectora del Instituto de Biotecnología y Biomedicina de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde trabaja. “Pero lo tuve que dejar por falta de tiempo”, dice. A sus 41 años, no tiene un contrato estable todavía y debe buscar proyectos para mantener un nivel alto de investigación que le permita hacer currículo para lograr esa seguridad. “Cada tres años me paso mucho tiempo buscando trabajo y financiación. Es un desgaste importante e inútil”, denuncia Masgrau.

“La crisis ha afectado mucho a la ciencia. Las universidades tenían que haber abierto plazas de investigador, pero no lo hicieron por falta de recursos y ahora se ha acumulado mucha gente y salen muy pocas plazas”, explica. Según María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) los recortes en la financiación pública han superado el 30%, lo que ha provocado problemas para conseguir personal. “La inestabilidad laboral es resultado de la crisis, que ha propiciado que la edad de estabilización haya subido, desde los 32-35 años a los más de 40 actuales”, se queja la investigadora de la Universidad Autónoma de Barcelona, que trabaja en el desarrollo de inhibidores del cáncer de colon. Otro de los hándicaps para que haya tantas mujeres científicas como hombres y alcancen los mismos puestos de responsabilidad.

Esther Ibáñez.
Esther Ibáñez.

La matemática Esther Ibáñez, de 29 años, está contratada en un centro de investigación italiano desde hace un año para estudiar modelos basados en topografía algebraica a fin de descubrir, a través de algoritmos, cuáles son las diferencias en el cerebro entre las personas sanas, enfermas o afectadas por las drogas, y detectar enfermedades neurodegenerativas. Es un proyecto prorrogable a tres años y ha sido la solución que ha encontrado, como muchas otras investigadoras, para continuar con su vocación: abandonar el país. “En España es muy difícil tener un puesto fijo en investigación antes de los 40 años. En otros países resulta más sencillo”, asegura.

“La crisis de la ciencia es un freno para despertar vocaciones. La mayoría de los científicos tienen que emigrar. Yo, por ejemplo, estoy más tiempo trabajando en Oporto que en La Coruña. Si te tienes que ir fuera del país para investigar, te desmotivas, se te quitan las ganas de emprender una carrera científica”, indica Vanessa Valdiglesias, doctora en Biología por la Universidad de La Coruña especializada en toxicología genética de 37 años. Trabaja en dos proyectos: cómo afecta a la salud la exposición a los nanomateriales y en la búsqueda de biomarcadores que permitan detectar patrones de envejecimiento saludable de manera precoz. Y lo hace entre España y Portugal.

Vanessa Valdiglesias.
Vanessa Valdiglesias.

Pero no se rinden ante esta necesaria emigración, ya que creen que “hoy se valora en las empresas a las personas que han hecho investigación. El movimiento start-up está cambiando las cosas”, dice Ibáñez, doctora en biología computacional y matemática por la Universidad Politécnica de Cataluña.

Y claro que la situación ha cambiado. Así lo cuenta María Vallet Regí, que sabe que pocas mujeres científicas pueden tener su perspectiva de 71 años, ya que entonces estudiaban menos chicas que ahora. Ella rememora cómo los seis grupos que en su colegio de niñas cursaban Bachillerato, pasaban a convertirse en uno en el último curso y en la prueba preuniversitaria se quedaba en tan solo medio. “De ese medio grupo, sólo tres acabamos la carrera. Yo estuve a punto de dejar Químicas varias veces porque había cosas que eran infumables y no estaba excesivamente motivada. Compatibilicé la carrera con Decoración. Y fue en el postdoctorado que fui a hacer en verano a Grenoble donde descubrí que lo que hacía me gustaba muchísimo porque servía para algo y, desde entonces, la investigación se convirtió en prioritaria”, señala.

María Vallet.
María Vallet.

Vallet Regí es una referencia mundial en el uso de materiales mesoporosos para llevar fármacos a las células tumorales. Ahora está investigando en nanotecnología, usando partículas de sílice para atacar el cáncer. Y, aunque reconoce que “la situación actual de la ciencia en España es muy mala porque no le importa un bledo a nadie”, ha recibido 2,5 millones de euros de financiación del Consejo Europeo de Investigación (ERC por sus siglas en inglés) para continuar con sus proyectos, lo que ha hecho posible que contrate a 10 personas más para su equipo, de 40 miembros.

Las cinco científicas de diferentes generaciones coinciden en que nunca se sintieron raras avis en sus carreras por ser mujeres y en que su vocación surgió ante su curiosidad por explicarse el porqué de las cosas. Y no lo dudan, es la profesión más vibrante que existe.

Si es así, ¿por qué no se apuntan más jóvenes a las ciencias? Porque existe la percepción de que estas carreras tienen pocas salidas y son muy duras, opina Vallet Regí, además de porque en la investigación se gana poco dinero. La científica más joven, Esther Ibáñez, lo tiene claro: “Las mujeres no debemos infravalorarnos. No tenemos que hacer caso a quienes nos dicen que las matemáticas o la química son difíciles. Aunque hemos de demostrar más que los hombres por el mero hecho de ser mujeres, no dejes que te quiten tu idea de la cabeza”. Además, según Laura Masgrau, cada día hay más salidas laborales, ya que las empresas se han apuntado al carro de la investigación. Y también proliferan los programas de apoyo científico, como los lanzados por la ONU o la UE de cara al Horizonte 2020 para acabar con la desigualdad de género, indica Teresa Rodrigo, jurado de los premios L’Oréal-UNESCO For women in science.

Teresa Rodrigo.
Teresa Rodrigo.

Rodrigo, investigadora en el acelerador de partículas europeo del CERN, cree que hay que actuar más que hablar para corregir la brecha de género en la ciencia, “ayudando al desarrollo de las carreras profesionales femeninas y en los puestos de dirección. Las mujeres que estamos en estos cargos tenemos menos sesgos que los hombres para hacerlas prosperar”.

A sus 61 años está convencida de que “este universo tiene muchos retos que sólo se resolverán si ponemos un gran esfuerzo en el desarrollo de la ciencia. Hace falta que muchas nos dediquemos a ello porque somos fundamentales y no podemos permitirnos perder el conocimiento de la mitad de la población”.