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Eso de los derechos

Hay que explicar los beneficios de la propiedad intelectual y su aportación

a la sociedad

El secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo (c), durante el reciente Foro Edita que trató de la lucha contra la piratería.
El secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo (c), durante el reciente Foro Edita que trató de la lucha contra la piratería. EFE

Eso de los derechos ha sido en España un asunto combatido, a veces desterrado y otras veces enquistado en prácticas de país aislado y abandonado a su suerte. Me estoy refiriendo a los derechos intelectuales.

Los derechos intelectuales solo suelen ser populares en nuestro país por un plagio, una corruptela o un intermediario listillo que se aprovecha a perpetuidad del trabajo ajeno. No pocas fortunas se construyeron de los sueños de los creadores y los inventores y de la expropiación de los derechos de su talento. Cómo olvidar que, al final de la Guerra Civil, muchas tesis doctorales o creaciones originales no fueron firmadas por sus creadores verdaderos.

No hemos de olvidar que en España, históricamente, la figura del creador, del investigador o del maestro se asociaba a una suerte de malvivir dando sablazos, rogando adelantos y siendo una especie de inquilino moroso de 13 Rue del Percebe. Nada de lo citado anteriormente ha surgido ayer. Ni el descrédito actual ha surgido de la nada. Baste recordar un dicho español vigente hasta hace poco: “Pasa más hambre que un maestro de escuela”.

Cuando yo estudiaba y coqueteaba con la propiedad intelectual, un conocido catedrático me decía que qué iba a hacer en la vida con eso del derecho de los cómicos. Esta era la idea que subyacía en la sociedad y en la universidad. Eso de los derechos intelectuales es cosa de los cómicos o de silbadores.

La pregunta es otra: ¿cómo había podido pasar esto en un país que había estado en todas las vanguardias del derecho de autor? Nunca se ha sabido explicar que el conjunto de estos derechos y que sus manifestaciones creativas y artísticas conforman el alma y el espíritu de un país.

Eso de los derechos intelectuales no es un mundo extraño, complicado, limitado o de unos pocos. Más bien al contrario. ¿Cuántas veces no hemos escuchado que millones de contenidos nos los podemos descargar a toda velocidad con un solo clic? Pues bien, todo ese contenido tiene su origen en una obra y en una creación original, y en un derecho intelectual.

Repensar el papel de los derechos en la transformación digital es esencial para nuestro país y también dejar de lado los enredos de los sectores implicados en sus torres de marfil. Repensar para configurar un sistema adaptado a las nuevas realidades.

No se trata de hablar de Europa o de lo que pasa en Europa, sino de ser Europa, con su armonización y sin asimetrías, con el cumplimiento de las directivas, y construyendo una posición consensuada políticamente ante los nuevos desafíos regulatorios de ámbito nacional, internacional y multilateral.

Las manifestaciones creativas y artísticas conforman el alma y el espíritu de un país

La creación de un nuevo sistema implica no tener miedo a abrir debates, romper inercias, perpetuadas en sistemas de viejos privilegios y a construir consensos. El último consenso claro y compartido y con implicación social y política data de 1987, año de la modernización de la Ley de Propiedad Intelectual, y que suplía a la de 1879.

Es el momento de explicar a la sociedad eso de los derechos. Explicar sus beneficios y su aportación al patrimonio común. Es el momento de explicar que la creación debe ocupar los 360 grados de un sistema cultural con derechos basados en la proporcionalidad y no en la precariedad.

Hablar de los derechos intelectuales y de su evolución es abrirnos a un nuevo horizonte, donde la política no debe estar ajena. No podemos estar ausentes como país en la configuración del mercado único digital. Debemos repensar el nuevo papel de los derechos intelectuales en la sociedad tecno-digital. Repensarlo para dejar de tratarlo como un asunto aislado y desconectado de la agenda educativa, social, digital, cultural y política.

Tenemos que ser dinámicos, crear una estrategia colectiva justo ahora, cuando es una realidad la desmaterialización de los soportes, pero también lo es que es más que nunca necesaria la presencia de una comunidad creativa viva, donde nuestro patrimonio artístico tiene un gran papel que jugar.

Eso de los derechos no es un asunto vintage. Es un derecho del yo colectivo, de un nosotros como país, que limita al norte con la tecnología, al sur con la creación, al este con el humanismo y al oeste con el conocimiento.

Con la suma de estos pilares básicos merece la pena mirar al futuro, cuidar, mimar y ver crecer estos derechos y los otros… todos fundamentales.

José Manuel Gómez Bravo es abogado experto en propiedad intelectual.

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