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Cuando la Unión Europea hace el ridículo

Los diputados se desentienden del balance que hace Malta de sus seis meses de presidencia

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, saluda al primer ministro maltés, Joseph Muscat, el pasado día 4 en el Parlamento Europeo de Estrasburgo.
El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, saluda al primer ministro maltés, Joseph Muscat, el pasado día 4 en el Parlamento Europeo de Estrasburgo.

Cualquiera de las tres primeras acepciones que el diccionario de la Real Academia da a ridículopuede servir para entender lo que quiso decir Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, el pasado martes en la Eurocámara. Le tocaba al primer ministro de Malta, el laborista Joseph Muscat, hacer balance de los seis meses en que su país ha estado al frente de la Unión, y frente a él se alzaba, infinito e inabarcable, el desierto de los tártaros. No había nadie. Cuatro gatos.

Y Juncker estalló. “El Parlamento Europeo es ridículo. Muy ridículo”, dijo. O lo que es lo mismo, y según los académicos de la lengua: “1. Que por su rareza o extravagancia mueve o puede mover a risa. 2. Escaso, corto, de poca estimación. 3. Extraño, irregular y de poco aprecio y consideración”.

Un pésimo diagnóstico. Hace ya años, y con su habitual ánimo provocador, Hans Magnus Enzensberger escribió un breve ensayo —El gentil monstruo de Bruselas— en el que arremetía contra la clase política de la Unión, denunciando su obsesiva afición por dictar puntillosas normas sobre las cuestiones más diversas y advirtiendo que iba distanciándose a velocidad de vértigo de la Europa real. “Resulta difícil juzgar si lo que aquí predomina es la escrupulosidad, la estupidez, la arbitrariedad, las ganas de poner trabas o tal vez la voluptuosidad, de inspiración sádica, de emitir órdenes y prohibiciones”, decía allí en tono incendiario.

Juncker se enfadó porque fueron muy pocos los que escuchaban el balance de la presidencia de Malta al frente del proyecto europeo. Igual no acudieron a la cita simplemente porque solo iban a oír una larga lista de “órdenes y prohibiciones” y, claro, no querían aburrirse. La excusa, más o menos oficial, es que los europarlamentarios no tienen tiempo. Muchas reuniones, ruedas de prensa, trabajo a destajo: no pueden estar en todas partes.

Juncker dijo otra cosa el martes: “Si Muscat fuera Merkel o Macron esto estaría lleno”.

En Postguerra, un fascinante recorrido por lo que ha ocurrido en Europa desde 1945 hasta ya entrado el siglo XXI (se publicó en 2005), el historiador británico Tony Judt aborda las enormes complicaciones a las que va a enfrentarse la Unión tras sus sucesivas ampliaciones. La idea que cada país tiene de Europa “siempre ha dependido de dónde esté uno situado”, observaba allí. Y más adelante subrayaba dos ideas a propósito de los nuevos países que se incorporaban al club. Una, que “la identificación con ‘Europa’ no tenía que ver con un pasado común”; la otra, que “tenía que ver con la reivindicación de un futuro común”. Temía que, con tantos socios, hubiera algunos más europeos que los otros. Temía las humillaciones.

Ahora, cuando a uno de estos nuevos países le toca gobernar el barco de Europa, y explica el balance de su presidencia, la respuesta de la mayor parte de los europarlamentarios ha sido diáfana: nos la suda. ¿Es ridículo el término que mejor sirve para definir ese Parlamento vacío?

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