LA PUNTA DE LA LENGUA
Columna
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Palabras para luchar

Con ‘man­spreading’ estamos a tiempo. "Despatarre" se entiende a la primera y censura lo que nombra

Cartel en un autobus de la EMT con la nueva prohibición de "despatarrarse".
Cartel en un autobus de la EMT con la nueva prohibición de "despatarrarse". GERARD JULIEN (AFP PHOTO)

Algunas batallas muy justas se han impulsado con palabras raras. Pero una comunicación eficaz ha de usar vocablos reconocibles por aquellas personas a quienes van dirigidos, de modo que los acepten con mayor facilidad.

Con todo el apoyo y la solidaridad que merecen las “políticas de género” y la lucha contra “la violencia de género”, podemos preguntarnos si “género” no habría tenido en su día una alternativa más clara para la comunicación pública y la comprensión general, un vocablo más directo y contundente.

Cuando alguien mira dentro de ese neologismo de significado —traído del eufemismo gender en inglés, destinado en su día a evitar la palabra sex—, quizás observa en él cierta ambigüedad (por ejemplo, una silla tiene género, pero no sexo). Para comprender las razones que se alientan con este término, hace falta entonces un discurso adicional que lo precise, algo poco conveniente en la venta de un producto o de una idea. Además, el vocablo “género” cambia su polaridad según el contexto: “políticas de género” puede equivaler a “políticas de igualdad”, y por tanto ese “género” adquiere un tinte positivo. Todo lo contrario de lo que sucede en “violencia de género”, donde “género” sustituye a “machista” y refleja una idea opuesta a la anterior.

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No habría ocurrido lo mismo, a mi entender, con expresiones como “políticas contra el machismo”, “discriminación machista” o “violencia machista”. Si uno mira dentro de estos vocablos, hallará la raíz “macho”, y por tanto una evocación de la irracionalidad, además de una larga tradición como voz sancionadora de comportamientos indeseables.

Por su parte, los expertos en los métodos para obtener combustibles mediante fracturas hidráulicas llaman a eso fracking, y esta misma palabra se ha adoptado para combatir tal práctica. Pero tampoco les resultará fácil a millones de hispanohablantes mirar dentro del término fracking y ver algo ahí.

Los romanos ya usaron esta técnica, y la llamaron ruina montium (derrumbe de los montes). Cabría suponer por tanto una mejor comunicación general del fenómeno si en vez de fracking se hubiera elegido ahora un término como “destrucción” (sinónimo parcial de “ruina”), o “arruinamiento” (acción y efecto de arruinar) o “destrozo” (destrucción), desechando quizás el más técnico “derrubio” (erosión mediante el agua) y sin olvidar las alternativas más neutrales “hidroinyección” o “hidrofractura”.

Otra elogiable campaña parece avanzar en estos días basada también en un vocablo oscuro (por muy global que resulte). El colectivo Mujeres en Lucha ha lanzado la etiqueta #MadridSinManspreading --secundada por el Ayuntamiento de Madrid con #manspreading-- contra esa costumbre de muchos hombres que suelen ocupar en el asiento del transporte más espacio del debido… y que no siempre sabrán inglés.

Tal vez aquí sí estamos a tiempo de mejorar. Puesto que manspreading se forma sobre man (hombre) y spreading (extenderse, desparramarse), eso se puede traducir como “invasión” junto con los adjetivos “masculina” o “machista”, según se prefiera. Pero quizá convenga más la opción “despatarre” (aportada por la Fundéu en 2015), que se entiende a la primera y censura con claridad lo que nombra.

Ojalá las luchas más justas comunicasen sus ideas con las palabras más eficaces: las que ayudan a mirar en su interior, descubrir al instante su sentido y alinearse de inmediato con su propósito.

Sobre la firma

Álex Grijelmo

Subdirector de EL PAÍS y doctor en Periodismo. Presidió la agencia Efe entre 2004 y 2012, etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades. Es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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