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MIRADOR
Columna
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Silencios

El accidente del Metro de Valencia nos ha hecho ver que la corrupción también provoca muertos

David Trueba
La portavoz de las víctimas del accidente de metro de Valencia, Beatriz Garrote, secándose las lágrimas en las Cortes Valencianas.
La portavoz de las víctimas del accidente de metro de Valencia, Beatriz Garrote, secándose las lágrimas en las Cortes Valencianas.Mónica Torres

El nuevo cierre de la causa judicial sobre el accidente del metro de Valencia que costó la vida de 43 personas ha coincidido con la emisión del documental que repasa el calvario de víctimas y familiares por hacerse oír. El título de La estrategia del silencio apunta hacia la versión oficial impuesta a golpe de amenaza, opacidad y desprecio en esa Valencia en vísperas de recibir al papa Benedicto, cuando el uso propagandístico de los actos emparentaba la religiosidad con valores de la fórmula 1 y las copas de vela.

Luego hemos sabido que los responsables del gobierno utilizaron las ceremonias de creyentes para robar y desviar fondos desde las arcas públicas al bolsillo privado. Al día de hoy no ha habido reacción de la alta jerarquía eclesial española, siempre atenta a descalificar las actitudes políticas que le son inamistosas, pero no tanto los comportamientos anticristianos de quienes rentabilizan en su acción política un supuesto abrazo de esos principios morales.

Curiosamente, el documental ahonda en una veta inhabitual en la denuncia social: la responsabilidad de los medios. La reapertura de la investigación, que aportó datos escalofriantes, se produjo gracias a la potencia mediática que alcanzó uno de los espacios de Jordi Évole. De manera casi azarosa, los espectadores disfrutaron de esa mítica llamada telefónica donde Juan Cotino presuntamente se volatilizó en su hermano y, en continuidad guiñolesca, optó por el vergonzante silencio que recomendaba la estrategia bendecida por mayorías absolutas. Con anterioridad, los medios públicos, en particular la televisión valenciana, protagonizaron uno de los actos de sumisión y ausencia de responsabilidad que tanto daño hacen en la profesión. Las coacciones se amparan en la precariedad laboral y el poder chantajea con el empleo público, convertido en ciertos sectores en premio o castigo a las fidelidades.

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Hoy sabemos que la corrupción mata. Que la cuenta en Suiza, el desvío de fondos, la apropiación de lo público, la mordida concursal, la financiación ilegal del partido y la impunidad en sociedades tejidas por el clientelismo no provocan tan solo enriquecimientos personales obscenos y un desgaste institucional bien dañino. Provocan también muertos, víctimas de los recortes, el abandono y la rapiña, que afectan a los sistemas de protección, seguridad, infraestructura y bienestar social. El silencio es el ecosistema ideal para que se fortalezcan estos desmanes. La justicia es la otra pata coja del asunto. ¡Ay!, la justicia, señor ministro.

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