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Fatiga

Sorprende la incapacidad de los partidos tradicionales para entender que ellos por sí solos ya no transmiten, ya no conectan con la sociedad

El presidente francés Emmanuel Macron en rueda de prensa el 15 de mayo en Berlín.
El presidente francés Emmanuel Macron en rueda de prensa el 15 de mayo en Berlín. EFE

Puede que no hayamos valorado lo suficiente que Emmanuel Macron haya alcanzado la presidencia de Francia desde una plataforma personal ajena al poderío organizativo de los grandes partidos. Hasta las siglas que lo acompañaban no eran tanto un lema originalísimo, En Marcha, como un guiño a las iniciales de su nombre, a la idea de liderazgo personal, innegociable, no sometido a los dictados de un aparato difuso y marchito. Está pasando en otros lugares y en muchas democracias fatigadas, donde el partido es más un lastre que un trampolín. En España, quizá dos ejemplos de esa potencia del carisma personal y la vinculación del votante con personas que proceden de la sociedad civil, sin estar ensuciados por la vileza del escalafón de partido, sean las alcaldesas Carmena y Colau, que alcanzaron los Ayuntamientos de las dos ciudades más pobladas de España con la dulce música del verso libre.

Es evidente que esta tendencia puede acoger también peligrosos personalismos, una visceralidad de lo individual es tan dañina como el mal que pretende combatir. Sin ir demasiado lejos a buscar un ejemplo, Trump representa un revolcón al aparataje de los dos grandes partidos norteamericanos, y se lleva la presidencia por ser el más ajeno a las componendas y la estampa tradicional del político de carrera. Sorprende pues la incapacidad de los partidos tradicionales para entender que ellos por sí solos ya no se bastan, ya no transmiten, ya no conectan con la sociedad. No pueden representar la renovación ni creerse por un día que liderarán esa cierta tendencia antisistema tan expandida en la sociedad. La mediocridad de sus liderazgos, su incapacidad para generar desde dentro personas con ideas, con instinto renovador, con visión de conjunto, les obliga a virar sus hábitos organizativos.

Mientras no lo hagan, ni entiendan cómo hacerlo, van abocados a la catástrofe, especialmente los partidos con vocación progresista, pues sus votantes son exigentes, críticos y más idealistas que pragmáticos. Es harto complicado imaginar que de la oscura militancia, que se mueve con una dinámica propia en la pelea por un sitio en las Administraciones salga el liderazgo futuro de tantos países sumidos en una crisis de identidad, de fe democrática, de confianza en la capacidad de la política para cambiar a mejor la vida cotidiana de los ciudadanos. La personalidad, el talento, la fuerza creadora y el poder de seducción son cada día virtudes más escasas, por eso los partidos tienen que salir a buscarlas en la sociedad y atraerlas para la política y dejar de parodiar con sus recursos de antaño una nueva piel que está vieja y cuarteada.

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