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El candidato ‘ni-ni’

El reto en Francia no será instituir un Gobierno, sino impedir que Le Pen sea su única oposición viable

Emmanuel Macron el pasado domingo en Paris.
Emmanuel Macron el pasado domingo en Paris. REUTERS

Mientras el Frente Nacional sigue atrayendo hacia su imparable escalera mesiánica a los “insumisos” de izquierda y derecha, miramos entre escépticos y esperanzados el todavía endeble dique de ese nuevo “centro radical” capitaneado por el enfant Macron. El candidato ni-ni (ni de izquierda ni de derecha, ni partido ni primarias) ha roto él también algunas reglas sagradas de la République: pasa al segundo tour sin apenas trayectoria política y con menos canas que Luis Bonaparte. Omitiendo las angustias de la renovada nostalgia estatalista, desconocemos si, victoria mediante, será una especie de Tony Blair bis o un verdadero innovador.

De momento, ha sido el único aspirante capaz de salir del marco nacionalista definido por Le Pen. Su proyecto no coquetea con la moralizante y reaccionaria propuesta de la soberanía y el repliegue patriótico, sino que apuesta explícitamente por llenar de contenido soberano una Europa supranacional.

Frente al conflicto soberanía/democracia, Macron apuesta por el eje pasado/futuro: apela a una revolución democrática que nutra en positivo el porvenir, reempoderando a una entidad que no se detiene en los límites del Estado nacional. Hasta Habermas (¡quién lo diría!) asoma la nariz en su discurso, que anima a reformular el capitalismo global fortaleciendo Europa frente a la melancólica búsqueda de lo perdido. Si cala, quizás podamos comenzar un nuevo relato menos maniqueo que enfrente el miedo con cierto grado de esperanza cosmopolita.

Pero no conviene caer en triunfalismo alguno. Si la salida “postribal” incluye a izquierda, derecha y centro, y Macron reina, ¿quién será su oposición? La apuesta es ciertamente arriesgada, y subestima la potencia futura, cargada de paciencia, del frente lepenista. Porque no hay gobierno democrático posible sin alternativa democrática. El reto no será instituir un Gobierno, sino impedir que Le Pen sea su única oposición viable. Sin alternativa política, todo tornará de nuevo en esteticismo existencialista, sublimando cualquier confrontación de ideas o propuestas en la búsqueda de un nuevo Dreyfus, ese eterno “otro” al que odiar. @MariamMartinezB

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